Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 15 de abril de 2021
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Francisco Tito Yupanqui en la narrativa boliviana

Una mirada a los distintos estudios iconográficos, históricos y literarios que hacen mención a la fantástica historia del escultor a cargo de la imagen de la Virgen de Copacabana.  
Portada del libro Francisco Tito Yupanqui- historia y milagros de Nuestra Señora de Copacabana (1953), del autor Claudio Cortez. CORTESÍA DEL AUTOR
Portada del libro Francisco Tito Yupanqui- historia y milagros de Nuestra Señora de Copacabana (1953), del autor Claudio Cortez. CORTESÍA DEL AUTOR
Francisco Tito Yupanqui en la narrativa boliviana

El personaje Francisco Tito Yupanqui (1535-1608) adquirió popularidad en el ámbito religioso y cultural por su labor artística. Las múltiples miradas a la obra de Yupanqui están ligadas a la imagen que esculpió de la Virgen de Copacabana. Según Alonso Ramos Gavilán (1570-1640) y Fray Antonio de la Calancha (1584-1654), la escultura de Yupanqui fue fruto de un milagro, de un acto de fe. Relatan que el devoto Yupanqui carecía de talento artístico para crear una escultura digna de devoción. A falta de aptitud, Tito Yupanqui interpuso oraciones, ruegos y ayunos pidiendo gracia divina para que sus manos crearan una imagen santa para la población de Copacabana. Ambos agustinos señalan que Yupanqui fue un instrumento sobrenatural y su obra es un testimonio divino por el cual Dios venció a las deidades andinas valiéndose precisamente de un indio. Esta apreciación clerical se fue afianzando en el subconsciente de sus creyentes, por esa razón, los distintos estudios iconográficos, históricos y literarios hacen mención a la fantástica historia de Francisco Tito Yupanqui.  

En el campo de la literatura, se puede mencionar por ejemplo, al escritor Armando Chirveches (1881-1926) quien publicó la novela La Virgen del lago. Crónica de una romería a Copacabana (1920). El protagonista del relato es Renato Urdaneta. Es descrito como un hombre que vive acompañado de su madre. Chirveches lo retrata débil y consternado: un convaleciente que sufre de tifoidea. Pero el verdadero mal que aqueja a Urdaneta son sus visiones terroríficas, sus constantes delirios o sus carcajadas sordas y siniestras como las de un enajenado. La angustiada madre, afectada por los padecimientos continuos de su hijo, rinde culto a la Virgen de Copacabana con la esperanza de recibir un milagro. Urdaneta es de creencia incrédula, pero, el sufrimiento interno y la angustia de su madre lo impulsan a viajar a la población de Copacabana. En su estadía, Urdaneta retrata la vida cotidiana de este mundillo provinciano. Los habitantes del lago sagrado tienen ingenuas inquietudes y sencillas preocupaciones existenciales, una de ellas es la difusión de innumerables relatos de tinte milagroso. Según sus creyentes –escribe Chirveches–, la primera patrona de Copacabana fue Santa Ana. La Virgen de la Candelaria vino después, gracias a la constancia y a la admirable fe de Francisco Tito Yupanqui. Los moradores de Copacabana viven reunidos en torno al Santuario, viven de ello y trabajan para él. Esta apreciación parece no haber variado mucho con el paso del tiempo.  

Décadas después, el escritor Claudio Cortez A. (1900-1954) puso en circulación la novela intitulada Francisco Tito Yupanqui: historia y milagros de Nuestra Señora de Copacabana (1953). El relato se enfoca en retratar la vida íntima de Francisco Tito Yupanqui, que va entre frustraciones, delirios, rezos y esperanzas. Según narra Cortez, había una necesidad imperiosa de los habitantes de Copacabana para rendir culto a la imagen de la Madre de Dios: “Queremos una imagen de la Virgen María, a cuyos pies podamos decir nuestras quejas y llorar pidiéndole su amparo contra todas las injusticias”. El clamor de la población llegó a los oídos de Yupanqui, quien conmovido por los ruegos de su pueblo se preguntó así mismo: “–Si yo pudiera tallar una imagen de la Virgen… si yo fuera pintor”. 

A partir de ese momento, los afanes de Tito Yupanqui fueron dominados por esa insólita ilusión: “Un sueño descabellado y loco”. Claudio Cortez puntualiza que Yupanqui ya era un hombre de edad avanzada para aprender el oficio de pintor: “Tal vez podría aprender los oficios de carpintero, de albañil, pero tallar la imagen de la Madre de Dios, imposible”. En distintos periodos –semanas, meses, años– Yupanqui fue ensayando varias imágenes. Uno de sus bocetos fue calificado como un atrevimiento: “Pintar de ese modo la imagen de Nuestra Señora (…). Más le valía a este infeliz dedicarse a pintar una mona”. 

La persistencia artística de Yupanqui llegó al agrado de los clérigos, uno de ellos sentenció: “Tal vez no puedas entenderme, pero te digo que tus manos de pecador han ejecutado una imagen excelsa, a la cual Dios Nuestro Señor ha iluminado con su divina gracia (…). Esta Señora es propia de vuestra raza nacida de estas Indias de España no podía ser sino morena, de ojos negros y bellos”. A partir de ese momento, fueron ocurriendo “milagros” de la Virgen de Copacabana; sus habitantes andaban gritando a los cuatro vientos que cada ruego, cada suplica, era escuchada por la Virgen: “–Es un milagro… El hecho es patente. Esta Señora escucha  –decían unos y otros”.

Se puede advertir, que el legado artístico de la Virgen de Copacabana fue una preocupación constante dentro de la intelectualidad boliviana, esto se ve reflejado en la historiografía religiosa. Por ejemplo, la obra del historiador Víctor Santa Cruz (1902-1978) que llegó a publicar una Historia de Copacabana (1949), también, el Fray Julio María Elías con su texto intitulado Copacabana (1981), entre otros. En el caso de Yupanqui, la construcción cultural se encuentra unida con creencias localistas de un determinado periodo que lograron trascender varias generaciones. 

Hasta el día de hoy los devotos de la Virgen de Copacabana testifican que recibieron milagros sobrenaturales, “todo es cuestión de fe”; por esa razón sobrenatural, es que año tras año concurren a romerías y visitas al Santuario de la Virgen de Copacabana, este indicador nos da algunas pistas del comportamiento de algunos segmentos de la sociedad boliviana, que buscan apaciguar deseos humanos en la tierra, como prosperidad, justicia, salud, protección y bienestar. Esto debido a la fragilidad del Estado boliviano, en donde las instituciones estatales no lograron proteger y satisfacer a sus pobladores con un buen servicio médico, empleo, justicia, entre otros. Es por esta razón, que las creencias premodernas del siglo XVI siguen vigentes aún en el siglo XXI, por encontrarnos con un Estado anómico, laxo y carente de normas, un Estado que constituye una fuente particular de desorden e inseguridad para sus ciudadanos.