Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 29 de noviembre de 2021
  • Actualizado 16:43

Flores y bujías: sobre ‘Miles de ojos’ de Maximiliano Barrientos

Una reseña de la nueva novela del escritor cruceño, publicada por Editorial El Cuervo, en cuyo stand de la XIV Feria del Libro de Cochabamba está a la venta.
Flores y bujías: sobre ‘Miles de ojos’ de Maximiliano Barrientos

Tuve un novio metalero, más bien ex metalero, si es que puede haber tal cosa. Era de los que hablaban del metal con el fervor de la adolescencia perdida. Un tiempo mágico, místico, cargado de una energía que había tenido que abandonar por las exigencias de la adultez. Debajo de su camisa de oficinista, con la que yo lo conocí, se ponía la polera de Slayer.

Lo cierto es que no hace falta escuchar heavy metal para percibir la pasión de sus fans. La pasión es la pasión y está ahí, palpitando, viva. Indiferente a quienes no la entienden.

El recuerdo de esa intensidad, es lo primero que me provocó leer «Miles de ojos» (Ed. El cuervo, 2021) de Maximiliano Barrientos. Volvió el interés por conocer un mundo absolutamente singular, del que uno se sabe ajeno y con el que puede conectarse a través de la lectura, en su sentido más amplio, y de una gran curiosidad.

Pero es poco decir que solo hace falta curiosidad para entrar a «Miles de ojos». Lo que se necesita, como le sucede a los personajes principales del libro, es entregarse. Rendirse. La novela es una historia en cuatro partes donde convergen la realidad y un mundo decadente de ciencia ficción, que tiene al heavy metal como música de fondo y que termina modificando lo conocido hasta el paroxismo.

Para lograr eso, Barrientos toma algunos elementos cercanos: un lugar, Santa Cruz; unos personajes, dos hermanos; acción, una pelea de colegiales y va deformando todo contorno conocido hasta desdibujarlo por completo. Los grandes acontecimientos: el nacimiento, el dolor, el amor, la muerte. Todo, es otra cosa en esta novela.

Pero ¿cómo se logra esto en el libro?. Una combinación inteligente entre lugares y personas conocidas con escenarios de pesadilla, donde poco o nada queda de la humanidad tal como la conocemos. La primera parte del libro, por ejemplo, sucede en un tiempo indeterminado apenas entendible por un hombre que huye en un road runner, tiene que cumplir una misión. Estas primeras cincuenta páginas son casi un resumen, un atisbo confuso, cargado de elementos que nos engañan, no hacen creer que es solo un libro de ciencia ficción.

La velocidad gatilla la violencia, cobra fuerza y sentido en la segunda parte del libro, donde el autor desarrolla todas sus estrategias para invitarnos a ver el mundo de tres adolescentes metaleros. Tienen los problemas de jóvenes promedio, pero los indicios de una presencia maligna pronto impregnan la historia. Las preguntas que se hacen los personajes, son las mismas que tiene el lector.

Y es que hay mucho por entender: bujías de las que salen ramas y flores, brotes que pueblan el pecho de uno de los personajes, el amor al metal fusionado con el miedo. Durante toda esta segunda parte el lector sólo tendrá preguntas, ensayará teorías. Un concierto de black metal en el campo, será el detonante para mostrar algunos caminos, para comprobar hipótesis. El libro podría terminar ahí, pero la tercera parte es donde todo lo sembrado explota.

Las escenas violentas se exacerban, hay mutilaciones, violaciones, envenenamientos. El horror está presente en cada página. Un nuevo personaje, Eli, tendrá en común con los protagonistas anteriores, estar en camino a cumplir una misión.

Cada uno, en su tiempo, huye de un destino que no comprende. Son elegidos por un ente superior para cumplir un fin, siempre trágico, violento, impulsados u obligados por un grupo que cree que la inmolación de ellos es la salvación. Esta lógica de héroe que se sacrifica por una colectividad, es cercana a tantas. Sin embargo, la entidad a la que se venera, de la que espera misericordia: el sueño (encarnado en un pez gigante que tiene ojos en la barriga) es despiadada, no es una entidad salvadora, sólo una fuerza que puede destruir el universo, crear engendros, fusionar máquinas con humanos y plantas. Así toda lógica que establezca lo divino como sinónimo de bondad, queda anulada, y con eso, es imposible tener una lectura simple de este libro.

No hay una lección moralizante, no hay buenos ni malos, más bien solo personas que no pueden hacer nada sobre sus destinos y esto, no tiene nada de ciencia ficción. Barrientos retoma un elemento esencial y complejo que ya había tocado en «En el cuerpo una voz»: una búsqueda por el no sentido, la liberación a través de vaciar los significados.

El libro parece una apuesta por la deformación. El mundo tal como lo conocemos sufre una transformación que busca vaciarlo, volcarlo por completo, al punto que sea una liberación lo que se experimente. Un alivio por medio de la destrucción, consecuencia de la velocidad.

Un camino ambicioso que solo cada lector puede recorrer.