Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 05 de diciembre de 2020
  • Actualizado 14:11

Los fantasmas del Chaco

Una reseña sobre Chaco, filme boliviano del director Diego Mondaca, que se encuentra disponible para su visionado en línea a través de la página de Multicine. 

Un fotograma de la película boliviana del director Diego Mondaca.
Un fotograma de la película boliviana del director Diego Mondaca.
Los fantasmas del Chaco

La guerra del Chaco, se ha dicho muchas veces, fue un episodio crucial en la historia de nuestro país para poder entender su devenir en buena parte del siglo XX. Episodio bélico, que, como muchos historiadores afirman, funcionó, entre otros artefactos macabros, como espejo de nuestras propias miserias y mezquindades, espejo que hasta el día de hoy podría encontrar algún tipo de correlato. El cine boliviano no ha sido muy generoso en retratar las diferentes facetas de esta guerra, no como lo fueron la literatura o la música, entre otras artes. Esta especie de panorama erosionado –similar al chaqueño– de representación en nuestro cine, puede deberse a diferentes factores, los más obvios, escasez de presupuesto para desarrollar una puesta en escena bélica, suponiendo que las pretensiones aspiren a emular el género bélico hollywoodense. Otros factores menos obvios, podrían estar relacionados a ciertos vacíos o brumas que, de vez en cuando, sufre nuestra memoria colectiva, mismos vacíos que nuestra visión cinematográfica suele acompañar, especialmente en el género de ficción.  En el año 2015, Tonchy Antezana y su equipo, se lanzó, cual ejército boliviano en sus peores momentos de la guerra, a una empresa suicida, representar en pleno la batalla de Boquerón, una de los hechos más emblemáticos de ese infausto enfrentamiento entre bolivianos y paraguayos. Los resultados no pudieron ser más desastrosos, sin embargo, nos encontrábamos ya en pleno periodo de un renovado interés en la guerra del Chaco, periodo en el que se produjeron, especialmente, documentales con un enfoque novedoso.

Creo que Chaco, primer largometraje de Diego Mondaca, es una especie de corolario de estos casi 15 años en los que venimos redescubriendo, desde la imagen en movimiento, la dimensión simbólica, cultural y especialmente política de esta guerra que nos desangró entre 1932 a 1935. Mondaca, en Chaco, es inteligente al optar por lo mínimo, elegir el conflicto interno, antes que la acción grandilocuente, es una decisión narrativa que facilita mucho el trabajo de un diseño de producción creíble. También evita otros pesos, pues no pretende ser históricamente rigurosa. Si bien se hace alusión a un militar alemán, el “capitani” que dirige la tropa de la película, un personaje inspirado en el tristemente célebre comandante de las fuerzas armadas bolivianas en 1933, Hans Kunt, o se mencionan lugares conocidos como una Nanawa de difícil acceso, el objetivo de la película es convertirse en una especie de fábula imaginada de la faceta más patética de la guerra, una en la que abundaron actos fallidos, suicidas y absurdos, que acompañaron paralelamente a otros que consideramos más gloriosos. La película juega al inicio con un dilema conocido: seguir adelante a riesgo de morir y perder todo lo avanzado o retirarse y esperar. Ambas opciones se enfrentaban a un enemigo aún más peligroso que los paraguayos: la sed. Partiendo de esa premisa narrativa, emparentada en su dimensión alegórica con obras literarias como El Pozo, de Augusto Céspedes, o Laguna H.3 de Adolfo Costa Du Rels, Mondaca se plantea uno de sus más importantes objetivos, mostrar a la tropa como una pequeña replica de las desigualdades y contradicciones de la sociedad boliviana.

Este gesto político en el discurso que se quiere imprimir en la película, aparece encarnado en la relación que sostienen Liborio, el soldado raso ascendido luego a cabo, su capitán alemán y el teniente Rogelio. Liborio, como muchos soldados de la tropa, habla quechua y es del campo, come con sus paisanos en un círculo apartado de los blancos y citadinos con rangos más altos, carga las herramientas, bultos y sillas para sus superiores que constantemente lo hostigan. Liborio es servil como modo de supervivencia, así logra una extraña relación de confianza con el capitán alemán, al que Liborio lanza una frase que rebela al enunciador de la película: “usted y yo no somos de aquí, estamos perdidos”. Todo este panorama es una especie de micro ecosistema colonialista que aprovecha las lógicas jerárquicas militares.  

Chaco se aleja de cualquier patriotismo optimista, de hecho, va a contracorriente de la épica heroica e idealista, vaciando, poco a poco, cualquier vestigio de anhelos o causas por las que luchar, cerrando la historia con un pesimismo abrumador. No hay enemigo al frente, al menos no uno real, al principio de la película queda claro: “no hemos disparado balas en meses”, le dice Rogelio al Capitán. Los pocos rastros del enemigo que se encuentran son cadáveres, tropas diezmadas por la sequía y no por las balas, una especie de augurio de lo que sufrirán. Esta especie de anemia de esperanza y profunda visceralidad, va diluyendo, escena tras escena, los conflictos planteados en una primera instancia: no es ya el problema el enemigo, o la desconfianza en la tropa, ya ni siquiera importan los rangos –militares y de clase– ya solo importa sobrevivir. Esta inercia parece afectar al relato en sí mismo, que cae a momentos en una especie de somnolencia o letargo, que revive y sobreviene contundente en el tramo final.

Chaco ya tiene un sitial importante en la corta filmografía que tenemos sobre los hechos hostiles que enfrentaron a bolivianos y paraguayos en una guerra paradójica, “sin vencedores ni vencidos”. Chaco es también una de las películas bolivianas más premiadas del año, con importantes premios en el Festival de Valdivia, presencia en el Festival de Rotterdam, entre otros circuitos de los que, en mayor o menor medida, proviene y es heredero, narrativa y estéticamente. Frente a la fotografía cuidada y estética que contrasta con la aridez de la narración, es importante destacar el meticuloso trabajo en la edición y mezcla de sonido, importante, no solo en lo técnico, sino como decisivo recurso connotativo, algo que oímos/vemos poco en nuestro cine.

El Chaco boreal hoy, sigue siendo un territorio poco habitado, esquivo y estéril, como solo algunos lo supieron antes de la guerra. De ese lugar nos llegaron historias de terror, rumores de un verdadero infierno, imágenes dantescas que suenan a pesadilla, fantasmas que intentamos ahuyentar invocando el honor y el patriotismo, muchas veces, sin éxito. Chaco es algo de ese conmovedor infierno. 

Realizador audiovisual y crítico de cine – [email protected]