Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 17 de enero de 2020
  • Actualizado 15:04

ENTREVISTA CON ALÉXIS ARGÜELLO, REPRESENTANTE DE UNA ESPECIE EN EXTINCIÓN

El extraño caso de un librero boliviano

El extraño caso de un librero boliviano



Hay algo que Charles Darwin optó por llamar selección natural. En términos concretos, hay especies que tienen ínfimas probabilidades de sobrevivir a determinado medio ambiente si no tienen las suficientes cualidades de adaptabilidad. En la hostilidad del siglo XXI y su hábitat virtual, hay seres que inevitablemente están condenados a la extinción, uno de ellos es el librero. Pero hay especímenes tercos y empeñados en perdurar más allá de los dictados de la naturaleza o la tecnología y entre ellos encontramos a Alexis Argüello Sandoval, gestor del proyecto Libros que Desesperan (LQD).

Uno lo imagina en un hangar incómodo en el pasaje María Núñez del Prado en la ciudad de La Paz. Se lo imagina rodeado de libros, apenas con espacio para desplazarse, pasando ágilmente de la lectura al teclado, del hermetismo que produce cualquier tienda a la universalidad agobiante del internet, y de ahí al gozoso, tortuoso, infinito placer de la literatura y el conocimiento. Ontológicamente un anfibio y más aún. Pero esas son meras idealizaciones, propiciadas quizás por el corrosivo humor que Alexis despliega en sus tweets, sus agudos comentarios críticos, sus siempre ponderables sugerencias literarias o el, ya de por sí, “idealizable” catálogo que exhibe en su emprendimiento. Pero éstas son construcciones arbitrarias a partir de fragmentos que se desprenden de las redes sociales* y el blog** que administra.

Hay sin embargo un momento en el que la esfera virtual se quiebra y es cuando llega a nuestras manos el primer Yerubia, casi artesanal, de Jesús Urzagasti, o cuando recibimos del mismo autor la primera edición de En el país del silencio, con dedicatoria del mismísimo chaqueño o cuando podemos acceder a una antología imposible de Poesía Francesa, con traducciones de Alfonso Reyes, entre otros. Puede irse más hondo todavía al conversar con Argüello y descubrir que sus padres también se dedicaron a la venta de libros, e incluso llegaron a fundar la Asociación de Expositores de Libros “Tupac Katari” en la ciudad de El Alto, y que sin heredar el oficio del todo acabó por abrazar el fetiche, como él mismo define, de la bibliofilia, o que otra de sus grandes pasiones es el márketing online y que trabaja en una tesis al respecto para licenciarse en la carrera de Turismo. Quedan entonces rotas las posibilidades especulativas y tenemos, a secas, a un muchacho entre los 20 y los 30 años que un día decidió ampliar su biblioteca con excéntricos títulos y reliquias bibliográficas para finalmente quedarse, en un gesto que el mismo califica de egoísta, con lo imprescindible.

Aunque se define como un amante de causas perdidas, al intentar relatarnos el origen de su proyecto deja de lado poses y habla en términos concretos. “Se debe a que tengo una biblioteca que quiero personalizar, una de la que quiero que salgan algunas cosas y entren otras. Es entonces una intención egoísta. Para comprar otros libros necesito de dinero, dinero que consigo mediante la venta de los libros que tengo y que no releeré; dinero que consigo mediante la venta de los libros que releeré pero que tengo duplicados”.

Pero cual bola de nieve, el ánimo de “personalizar” su biblioteca lo ha conducido a establecer un negocio que tiene como base de operaciones las redes sociales. El portal de Facebook de LQD cuenta con más de mil seguidores, una cifra muy alta para un sitio que se dedica a la venta de libros de segunda mano “para gente que ha asumido el placer de la lectura como estilo de vida en Bolivia”. Este crecimiento está precedido principalmente por el trabajo de Argüello en la promoción de su sitio. Contrariamente a lo que uno podría imaginar, este joven librero no identifica internet como un potencial enemigo, todo lo contrario. “Los perfiles de aquellos que sólo descargan libros son diferentes a los de aquellos que han asumido el placer de la lectura como estilo de vida. Para mí internet no es mi enemiga, es mi aliada. ¿Cuántos de los importadores de libros, por ejemplo, hacen uso de las redes sociales para establecer una comunicación bidireccional? Simplemente estoy llenando un espacio vacío que otros no han identificado. Hago uso de lo que tuve y fortalecí tanto en capacidades como en conocimiento”.

Pero más allá de los guiños comerciales e individualistas que se puedan desprender, esta labor lleva un condimento altruista que a veces Alexis se niega a aceptar. “Si bien tengo clientes bibliómanos y son los que mejor pagan, ellos no son los que más me interesan, ya que los bibliófilos en su mayoría no son más ni menos que coleccionistas imbéciles. Me interesan los lectores que no se consideran mejores que los demás. De otra forma no tendría una mesa de saldos de libros que tienen un precio de Bs. 10. Tampoco utilizaría memes en la página de Facebook ni organizaría noches de trueque y subasta ni transcribiría textos que no son míos en el blog. Pero sería mentir si digo que hago tales cosas por tener un brazo social. Mis objetivos son egoístas, el lugar que tengo es lo más cercano a mi biblioteca personal, otra cosa es que lo haya logrado monetizar con algo de trabajo y suerte”.

Cecilia de Marchi, traductora y escritora cochabambina, dice que Argüello quizás sea el único librero en Bolivia. Por suerte, a diferencia de otros rótulos, Alexis se reconoce como tal y él mismo aclara que lo primero que debe hacer un librero es reconocerse como tal, claro luego de haber leído como poseso. Luego, descubrir que el oficio excede el sugerir y proveer. “El librero es lo más parecido a un antologador. Puede que tu criterio de selección no sea del agrado de todos, pero habrá un grupo de personas esperando sus recomendaciones y esperando reunir algo de dinero para visitarlo. El librero sabe o cree saber lo que estás buscando y te lo ofrece, a veces con cierta pena porque sabe que hay libros que nunca más volverán a caer en sus manos. El librero recibe encargos y se pone en contacto para decir: He conseguido lo que me ha encargado. El librero revisa mínimamente ese libro porque puede ser lo que él también necesita, lo que él también está buscando”.

Las sorpresas que deja esta labor también son incontables. “Anécdotas hay muchas. La vez que encontré un libro de Carl Gustav Jung que perteneció a Jaime Sáenz (llevaba su firma y sello, sus apuntes y dibujos) en la Feria 16 de Julio. La vez que un amigo librero de Arequipa me trajo la primera edición de Cerco de penumbras con la dedicatoria y firma de Cerruto. Los trueques y negociaciones de tira y afloje con amigos y clientes asiduos. Locos que se llevan libros a la nariz para olerlos y luego lamerlos. Visitas con ron en mano. Periodistas desubicados que buscan bibliografía para tal tema, propuestas de matrimonio de estudiantes de literatura... En fin, da para el libro que no escribiré”. Esa es la vida de un librero.

Después de comprobar los vínculos casi adictivos a la lectura y leer la prosa de Argüello en el párrafo anterior, uno supone que él además escribe. Y se supone bien. Es este punto el que parece incomodarlo y se muestra reticente a aceptar este otro “rótulo”. “Todos son escritores hasta que demuestran lo contrario. Personalmente, todavía no me encuentro en condiciones de decir. He escrito algunas páginas válidas. Me conformo con los pocos lectores que tengo. Creo en el trabajo, creo en las obras que se defienden por sí solas y en los que publican poco pero bien. Creo en mí, pero no tanto. Será porque soy fan de casi nada y me burlo, sepan disculpar, de los que lo son de casi todo. En síntesis, si me llaman escritor me rayo”.

Este es, en resumen, el extraño caso de un librero boliviano. Dicho sea de paso y a repetición, una especie en extinción.

*facebook.com/librosquedesesperan

**librosquedesesperan.blogspot.com

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