Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 17 de octubre de 2019
  • Actualizado 07:50

La extraña materialidad del verde

Sobre Wiñay, la nueva película del director cochabambino Álvaro Olmos que se exhibe en el cine Prime (Hupermall), a las 14.20 y 18.35 horas.
La extraña materialidad del verde


Ya son varias décadas desde que el cine boliviano, renuente a los géneros de ficción, fue consolidando en su repertorio de argumentos las peculiaridades de las denominadas road movies. Ya trabajos de análisis formal, como los de Andrés Laguna, diagramaban líneas comunes desde la icónica Mi socio (1983), de Paolo Agazzi, a películas contemporáneas, en las que una carretera o paisaje se convertía en personaje, y el viaje en una metáfora. Wiñay, la nueva película de Álvaro Olmos, podría inscribirse sin problemas en esta tradición como un trabajo importante que merece ser visto.

Wiñay tiene en ese sentido una estructura narrativa muy clara: contar las peripecias que sufren (y celebran) dos mujeres que deciden viajar a los yungas del noroeste cochabambino, a través de un camino alternativo. Los montañosos y verdes paisajes (parque Tunari e Isiboro Sécure incluidos), poco vistos en el cine nacional, son el marco para esta aventura agridulce, tensa y, en cierta medida, anticlimática.

Olmos, guionista y director de la película, diseña la hoja de ruta de sus personajes otorgándoles a cada uno un matiz: por un lado, Susane, tímida, afectada por una pena que es latente en casi toda la película, y por el otro Soledad Paz (nombre y apellido de evidente referencia a la afección y el objetivo inicial de los personajes respectivamente) chispeante, corporal y jubilosa. El contraste dinamiza la relación de ambas y las decisiones que toman a lo largo del viaje coadyuvan a entenderlas y descubrir los sutiles cambios que van experimentando. En esta dinámica y tándem de intensidades, el viaje tiene una serie de dificultades (auto roto, un robo, la introducción de nuevos personajes) que nos anuncian cambios o giros en la historia, aunque rápidamente se reacomodan las piezas, como si Olmos tuviera en sí, como voz narradora dos objetivos que luchan, una, por mantener la trama dinámica, evitando que el ritmo decaiga, y otra, la mejor lograda, la de sugerir en todo momento, bajar el énfasis y dejar que otros elementos hablen, como la música, el paisaje, o el rostro de las protagonistas.

La historia es por momentos recurrente e introduce personajes secundarios desconcertantes (como el marido de Soledad) y, por otro lado, logra tejer finamente las contradicciones y deseos de sus dos protagonistas, esto último consigue un consistente desenlace, destacando tanto el trabajo de dirección como el actoral de ambas (Marie Soriano, como Susane y Sarah Tamayo como Soledad). En sus propios registros y técnicas, nunca decaen en la intensión de darle cuerpo y especialmente alma a sus personajes, lo que, en esta especie de subgénero, es clave.

En un principio, el tono de la película sugiere cierta ingenuidad, como atribuir a la ayahuasca la solución a toda una serie de problemas psicológicos, sociales o de entendimiento con el otro o creer en el cliché de escapar de la modernidad y refugiarse en la pureza del campo. El director es consciente de ello, y estas ideas empiezan a relativizarse incluso con cierto humor, dando pie a emociones y búsquedas más profundas y trascendentes, aunque en un tono igual de sutil.

Como un tercer y silencioso personaje está el espacio. En esta idea de espacio Wiñay condensa todo lo que aparentemente es extraño a Soledad y Susane, el paisaje rural, sus pobladores y sus costumbres. En las primeras escenas, el entorno, en imagen y sonido, parece extraño a los personajes, una especie de marco anecdótico, ejemplo de eso es la escena en la chichería en la que Susane y Soledad conversan en un contexto siempre desenfocado y una mezcla de sonido en donde apenas se escucha el ambiente o las voces de los comensales, por ahí se inserta alguna escena pintoresca o costumbrista que se ve igual de ajena. Este extrañamiento continúa presente a lo largo del camino, en mayor o menor medida, la mirada de las protagonistas y la mirada del director en ese sentido son las mismas. Lo que transforma y aporta definitivamente a la historia es la materialidad de la naturaleza como tal, el verde intenso, vibrante como el carácter de Soledad y agobiante o aprensivo como Susane, se va poco a poco incorporando a ellas, se va haciendo parte de su fisonomía, es decir, en cada escena parecen ser más parte del entramado selvático al que se dirigen, y si al principio parecía que nuevamente el marco bucólico de lo rural, idealizado al extremo desde la ciudad, iba a ser opio en las vicisitudes de las protagonistas, este se transforma en una especie de lienzo (verde) en la que ellas empiezan a mirarse, un final inteligente que suma fuerza cinematográfica a la película.



Realizador audiovisual, docente y crítico - [email protected]