Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 19 de mayo de 2024
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Sobre la etnografía de un club de tenis

Prólogo del libro ‘Elites y deporte: Formas de diferenciación y distinción social’, de Andrés Calla Cárdenas, publicado por Plural Editores y presentado en la FIL de Santa Cruz

Sobre la etnografía de un club de tenis.
Sobre la etnografía de un club de tenis.
Sobre la etnografía de un club de tenis

Sería poco preciso decir que las élites son un tema nuevo de estudio en Bolivia. En cambio, sí es más difícil encontrar un dimensionamiento fundado empíricamente de cómo son estas élites. El problema radica en que ha sido muy fácil asimilar las élites bolivianas a las élites en general y derivar que las nuestras son, aunque un poco más pequeñas, como el resto de las élites en el mundo. Andrés Calla, muy pronto en su libro, señala que no es así. Al relatar cómo el Club de Tenis de La Paz tuvo que abrir sus puertas a nuevos miembros de manera amplia para poder afrontar costos de los predios, enseña las limitaciones de los grupos económicamente más acomodados. Este pulso que el autor toma a la élite en las páginas que desarrolla, arroja varias reflexiones que permiten justamente entender a las élites bolivianas en una más justa dimensión.

Las élites bolivianas no son tan poderosas ni tan acaudaladas como otras élites regionales, digamos las de Argentina o México, que logran establecer amplios espacios propios e incontestables. En eso Bolivia es una sociedad menos segregada y menos dócil a las segregaciones -y baste recordar que cuando el MegaCenter se abrió, la gente de distintos barrios populares no tuvo empacho en bajar a ver y también consumir en ese centro comercial-. Entonces las clases opulentas de Bolivia no pueden, o les cuesta muchísimo, vivir en una burbuja. Esta afirmación corre el riesgo de ser malinterpretada, porque si se exagera, se podría creer que en Bolivia no hay separación entre ésta y las clases populares. Como muestra Andrés Calla, ser parte del Club de Tenis La Paz es muy costoso en términos de dinero así como de roce social, pero no tan costoso como para estar fuera del alcance de los más exitosos comerciantes populares. Como lector del texto arriesgaría que las élites bolivianas no mantienen, porque no pueden, distancias sociales máximas del resto de la población, pero sí distancias sociales generalmente eficientes que les permite demarcar su espacio y privilegio. 

En el último tiempo hay autores que han entrado en este tema, nunca fácil de abordar por razones de ubicación del investigador. Suele ser más común que el investigador ocupe una posición social mayor o igual a aquellos que estudia, básicamente porque la mayor parte del tiempo los financiamientos de investigación privilegian los temas que tienen que ver con pobreza -y por ende se estudia a grupos de recursos escasos- o a poblaciones etiquetadas -que en Bolivia significa estudiar pueblos indígenas-. Estas poblaciones usualmente -pero no siempre- son más fáciles de ser contactadas, de hablar con ellos, de negociar una entrada. Con las élites no ocurre del mismo modo porque hacen patentes y efectivas las distancias sociales que existen entre los investigadores y ellos. No es sencillo acceder a sus urbanizaciones privadas, que son vigiladas por guardias de seguridad que impiden aproximarse cándidamente a tocarles el timbre como no es fácil llegar a las puertas de la oficina de los gerentes de los bancos para robarle 20 minutitos de charla. La distancia social con las élites es pronto y materialmente una distancia y barrera física.

En el tiempo reciente hay un trabajo de Pablo Barriga (2016) titulado “Nos reservamos el derecho de admisión” que trata sobre los espacios de socialización de la clase alta de Sucre. Este trabajo es muy eficiente en mostrar cómo hay espacios que si bien no están segregados, hacen jugar mucho capital social para poder sentirse a gusto en ellos. O en otras palabras, si no eres parte de la red de relaciones que ocupa estos espacios, te van a hacer sentir incómodo y fuera de lugar. Así la pertenencia a ciertos colegios, las alianzas familiares vía matrimonio, la acaparación de posiciones laborales y de cargos públicos se enlazan con la movilización de recursos de afinidad social para acaparar bienes económicos.  En esto Barriga pone en clave etnográfica algunos aspectos que también son desarrollados por Fernando Molina en “Modos de privilegio” (2019) o por Lorgio Orellana en “Resurgimiento y caída de la gente decente” (2016), pero que resultan más seductores en la medida que es posible entender la micropolítica de las relaciones entre chicxs de clase alta.

No estoy seguro si Barriga o Calla fueron influenciados por Shamus Rahman Khan, quien en 2012 publicó “ Privilege: The Making of an Adolescent Elite at St. Paul's School” en el que examina su propio colegio de élite para describir cómo se aprende a desplegar una forma de ser élite y cómo se justifican las posiciones del privilegio con el discurso del mérito. Khan, Barriga y Calla cruzan caminos en el hecho de haber sido parte de esos mundos y de haber desarrollado los marcos críticos que les permiten tomar distancia de lo que les es natural para problematizar de manera sociológica la experiencia nativa. En ninguno de los tres casos encontramos, no obstante, ejercicios posmodernos de autoreferencialidad y de un discurso que se agote en el sujeto que escribe. En cambio, lo que hallamos es una implacable reflexión en la que poner en tela de juicio el mismo piso en el que ellos se paran es la condición para sacar a la luz los acuerdos tácitos de las posiciones privilegiadas.

Yo compartí experiencia de trabajo de campo junto a Andrés Calla más de una vez -además de una larga amistad desde las aulas de la carrera de sociología en la UMSA-. Uno de los aspectos recurrentes en nuestras discusiones era la insistencia de Andrés en reconocer las motivaciones de los actores sociales aun cuando a primera vista sean abyectas. No para justificar ni darle razón a los actores racistas, clasistas, patriarcales, conservadores o lo que fueran, sino en el afán de entender que los actores tienen intereses en comprometerse con ciertas posiciones políticas. Este espíritu empapa su texto sobre élites, distinción y prestigio en el Club de Tenis La Paz. 

No faltan los textos que presentan una imagen monolítica de las élites paceñas, y que les achacan ser señoriales, clasistas, racistas, etc. algo que seguramente hay en buena medida, pero no existen como estereotipo. Las formas del clasismo actual, por ejemplo, no son las formas del clasismo de inicios del siglo XX ya que los marcos sociales en el que se produce no son los mismos. De ahí que el Club de Tenis sea un espacio en el que las relaciones entre los miembros y el personal de servicio estén eufemizadas y al mismo tiempo sea el espacio donde se aprende cómo desenvolverse como un miembro respetable de la élite; miembro que sabe cómo ponderar la importancia del dinero pero también de un modo de ser. De ahí que aparezca una tensión entre miembros del Tenis: los miembros antiguos que reivindican un nombre y una estirpe frente a los nuevos miembros que actúan como si el dinero fuera la única fuerza eficiente en el medio. Que se espere que los niños aprendan a llevar la posición sin demostraciones vulgares de opulencia es parte de esa dinámica.

En cierto modo el Tenis se convierte en espacio de antroponomía en el sentido dado por Daniel Bertaux, es decir, de la producción de sujetos sociales con ciertas características y habilidades. 

Los estudios sobre la élite por supuesto no podrán dejar de lado los temas de acaparamiento de recursos, de distinción, separación y distancia social, pero la mirada que proporciona Andrés Calla sobre cómo se aprende a ser de la élite es una arista que igualmente deberá ser considerada de aquí a futuro.