Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 21 de junio de 2021
  • Actualizado 15:02

‘Estación Zombie 2: Península’, muertos vivientes para un virus letal

Aunque rodada antes de la aparición de la pandemia, la secuela de ‘Tren a Busan’, de nuevo dirigida y coescrita por Yeon Sang-ho, ofrece impresiones bien distintas. El filme se encuentra disponible en Netflix y en el mercado pirata.
Imagen de ‘Península’.NEXT ENTERTAINMENT WORLD
Imagen de ‘Península’.NEXT ENTERTAINMENT WORLD
‘Estación Zombie 2: Península’, muertos vivientes para un virus letal

Cuando en el año 2016 se estrenó Tren a Busan, las sensaciones del espectador ante semejante festín de muertos vivientes, surgidos tras la aparición de un virus letal expandido por el territorio de Corea del Sur, eran de efervescencia, de jolgorio descacharrante por su acción desmesurada, la adrenalina originada, la excentricidad de las insólitas situaciones y el sentido del humor de una película torrencial en su imaginería visual.

Aunque rodada antes de la aparición de la pandemia del coronavirus, su secuela, Península, de nuevo dirigida y coescrita por Yeon Sang-ho, ofrece impresiones bien distintas, al menos en sus primeros minutos, con un prólogo de matices dramáticos que lleva a lugares mentales cargados de amargura: cierre de fronteras, la imposibilidad del abrazo con los tuyos, la última mirada antes de la muerte, las restricciones, el deber de dejar en la intemperie a los contagiados de la familia, el extremo cuidado con los que te quieren y a los que quieres. No es más que una película de acción y terror de zombis, pero las circunstancias externas pueden cambiar la visión que se tiene de una determinada obra cinematográfica. La aflicción subyace entre el entretenimiento.

Ahora bien, tampoco es necesario ponerse demasiado serios porque lo que viene después sigue siendo una locura semejante a la de Tren a Busan, aunque esta vez con una ambientación más abierta que el reducido espacio del ferrocarril. Yeon, forjado artísticamente en la animación, vuelve a componer unas piezas de acción y, en este caso, unas persecuciones automovilísticas que en su visualización están más cerca del videojuego y del dibujo que de la realidad física palpable. Y, como eje de actuación en la península del título —lugar al que ha vuelto un grupo de mercenarios con el objetivo de hacerse con un cargamento de dinero abandonado junto a un rosario de contagiados—, un universo de bandas criminales de distopía punk que remite directamente a 1997: rescate en Nueva York, de John Carpenter.

Si en el relato de Carpenter su estrecho centro de actuación era una apocalíptica isla de Manhattan, aquí lo es un abandonado Seúl, a merced de los zombis y de las pandas de proscritos y salvajes. Un sitio donde juega un papel primordial el alucinante circo romano que han formado las pandillas, donde todos se divierten frente a una lucha en la que los leones son muertos vivientes y los gladiadores, inocentes aún no contagiados. Y un escenario delirante donde Yeon se mueve bien entre la intrascendencia de una historieta pulp y la grandilocuencia de una aventura épica, hasta una última secuencia donde la dilatación del tiempo alcanza un divertido paroxismo.