Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 21 de enero de 2022
  • Actualizado 19:55

Esplendor

Al salir del cine, tras ver ‘El poder del perro’, de Jane Campion, sentí que la grandeza del mundo no tenía por qué ser pasajera. Por muchas horas no lo fue. El filme se encuentra disponible en Netflix
Benedict Cumberbatch (izquierda) y Jesse Plemons,  en ‘El poder del perro’. NETFLIX
Benedict Cumberbatch (izquierda) y Jesse Plemons, en ‘El poder del perro’. NETFLIX

Leo una frase de John Cage y me quedo pegada: “Mi pensamiento requiere cierta sensación de no-saber”. Pocas veces he sabido menos cosas que en los últimos dos años. Me aglutiné en torno a un núcleo duro de hostilidad e ira, un pájaro con las mandíbulas apretadas y el pico sangrante. No sé si eso me dejó ganancia. Traigo a la superficie pensamientos más acordes con esta fecha. Vi hace poco en Madrid El poder del perro, de Jane Campion.

La sala del cine estaba repleta y caliente y, aunque creí que iba a distraerme elevando plegarias a mi vacuna contra la covid, muy pronto empecé a flotar. Directora de Un ángel sobre mi mesa, de El piano, este es su primer largo en años. ¿Se puede ser mejor siempre? Alejandro Zambra escribió una novela genial llamada Bonsái en 2006 y 14 años después, en 2020, publicó Poeta chileno, un clásico contemporáneo, una superación expansiva de su obra, distinta a todo lo que había hecho antes. Hay gente que puede ser mejor siempre, y debemos suponer que eso se debe a su talento y al coraje de cometer lo inesperado. El poder del perro no se parece a ninguna película de Campion y, sin embargo, es idéntica en su ADN: personajes sin pasado aunque de enorme espesor; erotismo inseminado como una descarga voltaica.

Si en sus obras anteriores suceden cosas todo el tiempo, en esta se registran solo los ecos de sucesos que no se nos permite ver, parsimoniosos, incendiarios, inervados por una sustancia inquietante y escondida. Cuando salí, en la plaza de España el bullicio era atroz, las luces una infección, pero todo lo sórdido resultaba afable y la ciudad parecía a punto de echarse a volar. Pensé que esos versos de Louise Glück —”En su grandeza y su esplendor, el mundo/ estaba al fin presente”— se habían hecho realidad, y que el esplendor del mundo no tenía por qué ser pasajero. Por muchas horas no lo fue.