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  • Diario Digital | miércoles, 01 de febrero de 2023
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Elisa Rocha, precursora del modernismo artístico en Bolivia

A finales del siglo XIX y principios del XX, la afamada artista cochabambina desarrolló una obra academicista que en ciertos aspectos anticipa la llegada de las vanguardias artísticas a Bolivia
Elisa Rocha, precursora del modernismo artístico en Bolivia

El nombre de Elisa Rocha de Ballivián (1865-1966) aparece en el conjunto de la historiografía del arte boliviano como el de una de las primeras mujeres artistas del país por una obra academicista desarrollada entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX.  Las fuentes también coinciden en señalarla como fundadora, en 1905, de una academia privada de arte en La Paz, institución que precedió en más de 20 años a la fundación de la Academia Nacional de Bellas Artes. 

Poco más se sabe de esta notoria artista. En su diccionario biográfico, Elsa Paredes consigna que nació en Cochabamba y que habría comenzado a practicar la pintura desde muy joven, realizando una obra de temática religiosa que se encuentra distribuida en iglesias rurales de su departamento natal. Rigoberto Villarroel informa que a finales la década de 1880 estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes de Chile, bajo tutela del importante artista academicista Pedro Lira. Mesa y Gisbert refieren muy brevemente que Rocha también habría sido discípula del pintor autodidacta Zenón Iturralde, con cuya familia se habría emparentado posteriormente.  

El resto de la información certera sobre la artista es provisto por el análisis de sus pinturas distribuidas en colecciones públicas de La Paz.  La más conocida de estas es el “Prometeo” (19__) del Palacio Legislativo, una obra que de acuerdo a Mesa-Gisbert entra en dialogo con “La Prometeida o las Oceánides” de Franz Tamayo, representando “una alegoría de Bolivia atada a las montañas frente al mar perdido”.  Sea o no adecuada esta asociación, lo cierto es que a pesar de su temática clásica y de su tratamiento academicista, esta resulta altamente vanguardista en el arte boliviano primero por tratar un asunto contemporáneo en clave simbolista y segundo, por ser acaso la primera pintura del arte nacional en mostrar un desnudo masculino desplegado en cuerpo entero a lo largo del lienzo. 

Otra obra muy conocida de Rocha es “El bobo del hospicio” (1912), perteneciente también a la colección del Palacio Legislativo. De acuerdo a Mesa y Gisbert, esta pintura entra en la moda de la época de “incluir, tanto en la temática pictórica como en la poética, a los desamparados de la sociedad”, criterio coincidente con el de Salvador Romero que vio en el lienzo “la intención moderna de sacudir a sus contemporáneos, a su clase, retratando a los caídos de la vida ordinaria, los marginales”.   Al respecto, puede complementarse que, aunque la representación de personajes marginales tiene sus antecedentes en el barroco, esta temática es inédita en los primeros cien años de la república quizás solamente pudiendo relacionarse con el “Mendigo” (1915) de Ángel Dávalos. En este sentido, en nuestro contexto específico, “El bobo” actúa como un antecedente directo a un arte de crítica social como el que décadas después desarrollaría Arturo Borda, así como a una corriente fundada en la intención de visibilizar al “otro” de la sociedad local como el Indigenismo de las décadas de 1930 y 1940. 

Una de las obras de mayores cualidades técnicas del arte boliviano es el “Retrato de la Señora Esslinder” (1897), un óleo de Rocha pintado sobre una placa de vidrio opalino que hoy se conserva en la colección del Museo Nacional de Arte. Por su preciosísimo y por sus materiales especiales esta es prácticamente una obra de arte suntuario muy difícil de comparar con alguna otra anterior o posterior de nuestro arte. A la vez que muestra un virtuosismo academicista de la artista equiparable al de sus contemporáneos Avelino Nogales, José García Mesa y Zenón Iturralde, da esperanzas de encontrar más retratos de la artista en colecciones privadas de Bolivia.    

La pintura de Rocha también es muy importante en el establecimiento de la iconografía cívica nacional.  De la artista el Museo Casa de Pedro Domingo Murillo resguarda dos cuadros: el “Altar alegórico con el retrato ideal de Pedro Domingo Murillo” (1909) y el “Retrato de Pedro Domingo Murillo” (1915), ambos seguramente encargados con el propósito de consolidar la iconografía del protomártir paceño.  Por su parte, el Museo del Litoral Boliviano conserva de Rocha un retrato alegórico del presidente Hilarión Daza, en el cual, al modo del Altar de Murillo, al busto del personaje se añade un entorno simbólico, esta vez, compuesto por dos figuras de pie: un soldado colorado nostálgico junto a una figura femenina vestida de azul, acaso una alegoría del litoral perdido.   

Lo poco hasta aquí visto nos muestra a una de las más importantes pintoras de la historia del arte boliviano cuya valiosa obra permanece indemne hasta nuestros días. Si bien no fue, como afirman ciertas fuentes, “la primera mujer pintora en Bolivia” – Chacón y Mesa-Gisbert han identificado artistas de la segunda mitad del siglo XIX como Teresa Torres Tagle y Julia Sandoval, –  Rocha fue probablemente la primera mujer que asumió la pintura como profesión y medio de vida, hecho corroborado en los encargos públicos y privados que le fueron comisionados y en la apertura de su propia academia privada que funcionó por cerca de 15 años.  

Investigaciones de Pedro Querejazu consignadas en su libro “Pintura en Bolivia del siglo XX” también descartan que Rocha haya sido la fundadora de la primera academia de arte en el país, como señalan erróneamente ciertos textos biográficos, pero ello no quita mérito alguno a esta mujer que supo abrirse espacios en un medio enteramente masculino como el del arte boliviano del siglo XX.  

En todo caso, es innegable que Rocha haya sido una precursora del arte desarrollado por mujeres artistas en nuestro país, antecediendo a creadoras de relevancia internacional como Marina Núñez del Prado, María Luisa Pacheco y, a su propia nieta, María Esther Ballivián, entre muchas otras.  Como precisa la historiografía del arte boliviano, Rocha desarrolló ciertamente un arte romanticista abocado a la alegoría y la recreación histórica, pero también debe considerarse en su obra el tratamiento primicial en el medio local del simbolismo y de temas sociales que la aproximan también a las vanguardias del siglo XX.   En esto, probablemente Rocha sea una figura un tanto infravalorada que precisa de mayores indagaciones y un nuevo análisis.  

Como complemento a lo hasta aquí recolectado, debe señalarse también la difusión de muchas informaciones erróneas sobre la artista. El Diccionario Cultural de Elías Blanco consigna, por ejemplo,  que la misma habría recorrido Perú y España en la década de 1930 (¿a los sesenta años y en plena Guerra Civil del reino europeo!) y que habría sido discípula del pintor lituano Juan Rimsa, 38 años más joven que ella. Estas informaciones, mal tomadas por Blanco del libro “Arte boliviano contemporáneo” (1952) de Villarroel, corresponden a la nieta de la artista, María Esther Ballivián, y resultan, sin necesidad de corroboración, ilógicas y absurdas. Lamentablemente, estos datos han sido repetidos acríticamente por textos posteriores sobre la artista, lo cual nos muestra la importancia de la investigación en artes y del uso del sentido común.  

Investigador en artes y artista