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  • Diario Digital | viernes, 22 de noviembre de 2019
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El reino es de un niño

Mientras el mundo estaba conmocionado con las imágenes del incendio parisino, a unos 4.666 kilómetros de allí ardía la mezquita de Al-Aqsa. <br>
El reino es de un niño

Visitar París puede ser una experiencia traumática. La vivencia sensual de una ciudad de cafés legendarios, bulevares llovidos como espejos, grandiosos perfiles arquitectónicos y vanidosos pórticos dorados que brillan en la niebla a menudo es reemplazada, en cuestión de horas, por la angustia de una ciudad colapsada, un nudo de nervios, una selva gris que parece moverse con mayor soltura en el mundo subterráneo y maloliente del metro, en medio de una muchedumbre resignada a una rutina opaca y más bien triste.

Y sin embargo, en el corazón de la ciudad, en una isla rodeada por las aguas oscuras del Sena, se levanta una joya del tiempo, la catedral de Notre-Dame, que de forma indefectible nos devuelve la imagen soñada que tenemos de París. Poco importa que a diario la invadan miles de turistas: sus pensativas gárgolas reciben a todos con la misma majestuosa indiferencia con la que presenciaron cómo, en 1971, Philippe Petit cruzaba sin permiso ni seguridad un cable tendido entre sus dos torres, a sesenta y nueve metros de altura.

Testigo de más de ochocientos años de historia –guerras, coronaciones, epidemias, atentados, funerales–, emblema de Francia y aun de Europa, Notre-Dame parecía eterna. A su lado, todos éramos como Petit: funámbulos suspendidos en la breve cuerda floja de nuestras vidas. Por eso, me digo, nos fascinan las catedrales. Antes que la fe en Dios, simbolizan la fe que mantenemos en nosotros mismos, en nuestra pervivencia, en nuestra civilización. Qué importa la caducidad de las vidas individuales si somos capaces de edificar maravillas que perduran, que nos trascienden y que simbolizan, de forma indirecta, la grandeza que hay en nosotros, seres pequeños y frágiles.

Así, en la lista actual del Patrimonio Mundial de la Unesco –cuyo principal objetivo es el de proteger sitios específicos del planeta– figuran 845 sitios culturales contra solamente 209 naturales. Así, ya han llovido sobre las cenizas de Notre-Dame donaciones muy superiores a las enviadas para ayudar a cualquiera de las poblaciones afectadas por desastres naturales en las últimas décadas. Así, el prestigio de esta catedral se debe menos a su pionera arquitectura gótica que a su resplandor literario. En efecto, fue un sueño de la literatura –la famosa novela de Victor Hugo publicada en 1831– lo que llevó a los parisinos a valorizar y tal vez a salvar Notre-Dame en una época en la que se demolían regularmente, con una aversión febril, edificios y fachadas de la época medieval.

Por su inmovilidad de piedra y la laberíntica huella del trabajo de generaciones sucesivas que se han dejado las manos y la vista, que han dado la vida muchas veces por hacer un pórtico primoroso o una techumbre deslumbrante, una catedral traduce mejor que cualquier otro monumento (para decirlo con una línea de Paul Éluard) nuestro duro deseo de durar.

Sin embargo, esta inmovilidad es solo aparente. Como la gran mayoría de los monumentos antiguos, Notre-Dame ha sido renovada en incontables ocasiones. Ahora deberá ser reconstruida: solo resistieron al incendio la estructura y las torres. El barco de Teseo era reparado sin tregua y, a medida que las piezas eran modificadas o reemplazadas, los sofistas de Atenas se preguntaban si se trataba realmente del mismo barco. Podemos hacernos la misma pregunta respecto de los monumentos que transformamos con el fin de que perduren. Poco importa cuánto dinero se invierta en su reconstrucción: Notre-Dame, sin duda alguna, nunca volverá a ser la misma. En cambio, la idea de Notre-Dame permanecerá. La idea de Notre-Dame es más sólida que la catedral en sí misma. Los símbolos son más reales y duraderos que los referentes que los suscitan.

Mientras el mundo estaba conmocionado con las imágenes del incendio parisino, a unos 4.666 kilómetros de allí, en Jerusalén, ardía la mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado para el Islam. En ambos casos se cree que el origen del fuego fue accidental: en Notre-Dame, debido a un cortocircuito en las obras de renovación; en la Mezquita, por culpa de unos niños que se encontraban en la zona.

Esta última imagen –la de unos niños que por jugar provocan el incendio de un valiosísimo retazo de Historia– es tan inquietante como significativa. Inquietante, porque sugiere que aun nuestras obras más grandiosas están destinadas a desaparecer y que la forma en que esto suceda es apenas anecdótica; significativa, porque actualiza con inesperada frescura una intuición antiquísima: “El tiempo es un niño que juega a los dados”, decía Heráclito; “el reino es de un niño.” Cruel inocencia, irremediable levedad del devenir del mundo.

“Todo se destruye, todo perece, todo pasa; solo queda el mundo. Solo dura el tiempo”, escribió Diderot en 1767, intuyendo cenizas y ruinas tras las grandes catedrales y los palacios espléndidos, pero también tras los cuadros, las sinfonías, las obras maestras de la literatura; tras todo lo que, con su aparente hondura e inmovilidad, traduce nuestra vocación de infinito.

El deseo de durar es duro porque es ineludible y al mismo tiempo vano. Si la edad del universo correspondiera a un año terrestre, toda la historia humana ocuparía los últimos veintiún segundos del calendario cósmico: un parpadeo. Las estremecedoras llamas de Notre-Dame y de la mezquita de Al-Aqsa nos recuerdan que la humanidad entera es solo un funámbulo que, tratando de no mirar hacia el abismo, avanza por la cuerda floja de los siglos y el filo vertiginoso de sus sueños.

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