Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 03 de diciembre de 2021
  • Actualizado 07:04

El gato que está

Este texto fue leído en la presentación en Cochabamba de la novela ‘El rehén’, de Gabriel Mamani Magne, publicado por Dum Dum Editora. El título está a la venta en el stand que esta editorial comparte con Nuevo Milenio en la XIV Feria del Lbro cochabambina.
El gato que está

Es un gato joven, el personaje de El Rehén. Un niño de trece años, moreno, de pelo crespo, los ojos grandes (la dote de genética que (su) mamá (les) había aportado); un gatito que camina en el inestable tejado del mundo de los adultos; un tejado que no termina de caerse sobre el desorden de la casa de adobe donde vive con su papá minibusero y su hermanito puro corazón; un desorden que descascara las paredes, llena de moscas la mesa del comedor y esparce medias hechas bolitas en la sala y la cocina; unas paredes pobres, carentes de huellas de un fantasma urgente que no volverá jamás; un fantasma al que el gatito llama mamá; una mamá que dejó paredes, desorden, techo, casa y papá por borracho, mujeriego, mentiroso y perdedor. Lo de siempre. Un fantasma mujer, que sola, se hizo carne y hueso. “Que quiso conducir sola por siempre. Y no estoy hablando de minibuses”, que sí lo hizo también.

Cuando los gatitos crecen o son adoptados, mamá gata vuelve a ser solo gata.  

Chuño, el padre —gracias a las formas breves del lenguaje del autor—visto por el hijo, es así: “Tu cara es dura. Rígida. Como tu cabello: una brocha intratable que ni doscientos ruleros podrían encrespar. (…) En sus ojos hay algo, en qué ojos no lo hay. ¿Fuego? Un volcán que una vez quiso hacer erupción pero que se congelo gracias al hielo de un invierno que nunca tuvo fin. Igual que el Illimani. Papá es un Illimani sin la vaina poética. Frío, grandote, collísima, distante. Papá es la anticumbia.”   

Tunta, la madre, en cambio, se mueve. No es montaña ni anticanción. Es movimiento, es viento del altiplano, es un minibús anaranjado que pasa a toda velocidad, es “MAMÁ CHOFER, MAMÁ abandono”, es una advertencia, una incitación a la manada escrita en el parabrisas trasero de su vehículo: “Mientras llega el indicado, a disfrutar del equivocado”. El papá “siempre que lee el mensaje, siente como si un cuchillo le rebajara tres centímetros a su verga”. 

El lenguaje de Gabriel Mamani Mange (La Paz, 1987), el autor de El Rehén, estalla en la brevedad para liquidar emocionalmente al lector. Su apuesta por la concisión, tanto en la extensión de esta su tercera novela como en la frase corta y condensada de sus párrafos anticipa el ritmo de los acontecimientos que se vendrán y con ellos otro ritmo, el del reino animal. 

El personaje de El Rehén, es un niño preadolescente que, junto a su inseparable hermanito siamés, Tavo, es víctima de un simulacro de secuestro que su padre finge de algún modo torpe —porque no está pensando bien, porque le duele que a la madre de sus hijos le vaya bien sin él, porque gran parte del tiempo la pasa borracho y porque es torpe no más— para pedir un rescate de diez mil dólares a su ex esposa. Los días de actuar al secuestro, los hermanos lo pasan ronroneando y deambulando en una casa en algún lugar “secreto” en las afueras de La Paz, cuya dueña, una mujer grande, morena y con la “ropa (que) despedía ese olor inconfundible del pis de gato”, los recibe en un cuarto humilde con dos camas, el frío traspasando las paredes y una frase que hizo aletear el corazón de Tavo: “Harta wawa hay en esta casa. Van a tener con quien jugar”. 

Los felinos se desarrollan muy rápido. Con solo seis meses, ya llegan a la edad adulta.

A una velocidad inmedible, como es la de la infancia, esas wawas se hacen amigos, cómplices, rivales, hermanos, socios de juego y negocio, una pandilla, un gaterio; todo en diez días de secuestro. Todo gracias a que Tavo rompe la regla de no salir del cuarto, al salir se enamora de Chikorita, la gata del bueno de Abel, el más chico de todos y que como el Abel hermano de Caín en la Biblia “todavía no conoce la verdadera maldad”. La gata pronto es una más de la pandilla. 

“El gato es el único animal que vive con los humanos en términos de igualdad, si no de superioridad. Se domestica a sí mismo si quiere bajo sus propias condiciones.” (extracto de El tigre en casa. Carl Van Vechten)

Se la pelean, la alimentan, está siempre en escena. Y para suerte del falso rehén, Chikorita acapara toda la atención de su hermanito siamés. En esos días de cautiverio, más que nunca, como un felino enjaulado el sentimiento de desprenderse de su hermano menor comienza a arañarlo por dentro; quiere separarse de esa extensión de él que lo jala a la delicadeza, al corazón, a la casa, a la niñez y la obediencia. 

“Jugar con ellos hacía que me sintiera menos parte de Tavo; era como si, durante los instantes en los que nos divertíamos con los otros, alguien cortara con una tijera ese vínculo casi siamés que me unía a mi hermano. Solo en ese escenario se podía ver cuan diferentes éramos, solo en ese contexto, con esos espectadores, era posible sentirnos Caín y Abel, Esaú y Moisés. (…) Como para establecer su nuevo nivel de dulzura, decía que Chikorita era su hijastra y que con el tiempo la trataría como su propia hija.” 

Tiene razón el falso rehén cuando dice que este plagio de secuestro “no fue el momento más importante de (su) mi vida, es cierto; pero si el que marco el fin de (su) mi infancia”. Y pasó cuando dejó de ser el hermano bueno, el chico que solo lee, Moisés y las leyes, el falso profeta; cuando cruzó el umbral de ser el falso rehén al secuestrador. 

“Acerca de la crueldad gatuna, es cierto que estos animales pueden ser, y la mayoría lo es, muy crueles. En su favor debo decir que para mantener en forma los hábitos de caza se requiere de cierta práctica, y la práctica con un animal vivo es mucho mejor.” (extracto de El tigre en casa. Carl Van Vechten)

Como todos los niños que juegan a ser grandes, a ser pilotos, astronautas, vendedoras, futbolistas, momias, mamás y papás, perros y gatos, como los mayores, la pandilla un día secuestra a la gata Chikorita para pedir lo que quisieran a Abel. Cada uno pide: Tavo pide otro gatito solo para él, Yumiciel 100 pesos, Maicol ropa de hombre para botar sus vestidos, el falso rehén que Abel lo lleve una madrugada a dar un paseo arrabalero por el barrio que no conoce. Entre otras cosas menos inocentes y secretas que Edson pedirá. 

Suplantado por el verdadero rehén, el protagonista ahora puede jugar a cazar al ratón, descabezar al líder, o ser el gato desapegado que escapa de la casa por los tejados y muros de adobe para ir a conocer el mundo, los alrededores. 

“El amor del gato por el hogar es una exageración. Este afecto por el territorio se considera un rasgo prestigioso, moral y satisfactorio cuando se trata del humano, especialmente cuando toma la forma del patriotismo. Pero cuando es el gato el que ama su casa, el pueblo lo mira con horror.” (extracto de El tigre en casa. Carl Van Vechten)

Mamani Magne aborda lo animal no ya como la categoría opuesta al hombre y la cultura; lo animal como lo salvaje. Aquí, lo animal es lo íntimo. Está dentro de la casa, no en el campo, no en el zoológico o la pampa; está en la casa, en la cama. Como el insecto en Metamorfosis de Kafka, Gregorio Samsa no es solo que se transforma en cucaracha sino que se siente como una; ajena a la institución familia, burocracia, religión. De manera parecida, con su escritura Mamani establece un parentesco entre el personaje que se siente un león enjaulado, preso de un rol que lo aleja de lo que es: un niño (no un adulto, no un falso rehén, no el padre y madre de su hermano) y la gata Chikorita presa de las ambiciones de unos niños que la privan de hacer lo que hacen los gatos: caminar, cazar para comer, pelear con otros gatos, aparearse. 

El personaje preadolescente de Mamani, este gatito siamés, pertenece a la misma pandilla de la literatura boliviana que la colegiala en el oriente boliviano que en pleno monte en el Chaco vio, en una poza de aguas calientes, echado sobre una roca, un pulpo que con sus tentáculos “envolvía a un cachorro de zorro” en el cuento Chaco (2016) de Liliana Colanzi; o que Mar, la bachiller un poco perdida, en El sonido de la H (2014); o que Genoveva de dieciséis años que vive en el culo del mundo, en Montero, y que tiene un perro Thor, que según su maestro “puede ser un alma básica, nuevita, una expresión de la energía del universo, una especie de Elemental” en 98 segundos sin sombra (2014) de Giovanna Rivero; o que Alicia Soriano taxidermista y tecladista y que a falta de voz humana puede entender a los perros en Hablar con los perros (2018) de Wilmer Urrelo; o que la señorita Alicia que es llevada por su Nana a un ritual en el altiplano donde vierten sangre animal a la tierra para sanarla de un trauma en el cuento “Ajayu”(2021) de Magela Baudoin; o que el joven naufrago Elías Coronado y Amador, que lo sobrevive, y que susurra mientras mastica una tortilla con hambre voraz: “soy pez, soy tortuga, soy agua, soy red, soy buitre” en el cuento Pez, tortuga, buitre en el libro Tierra Fresca de su Tumba de Giovanna Rivero. Entre muchos otros. 

Todos textos que se enmarcan de alguna manera en el género de la bildungsroman, historias sobre el proceso de maduración, el fin de la inocencia, pero son también textos que revelan esta doble fascinación por la infancia, por un lado y que la escritora y ensayista María Negroni fundamenta así en una entrevista: “los niños tienen un germen revolucionario: están en contra del pensamiento domesticado, dicen lo que es inconveniente. Son amorales en el sentido que le damos los adultos a lo que debe hacerse, debe decirse, debe pensarse. Y por otro, la presencia animal que es lo que posibilita en la literatura salirse de la norma, del rol. Es, en la novela de Gabriel Mamani, la instancia de resistencia. El animal se convierte, como dirá el crítico Gabriel Giorgi en Excesos de vida, “en un campo expansivo, una zona de interrogación ética, una zona de indistinción.” 

Más que una bildungsroman, El Rehén despliega esa articulación entre el mundo infantil y el reino animal que le permite a su autor cruzar, con el lenguaje, el umbral de las certezas establecidas (una madre nunca abandona a sus hijos para ser chofer), cuestionar lo real de la realidad (el simulacro del secuestro, ¿es en verdad un simulacro?), repensar la veracidad de los discursos repetidos hasta el cansancio y desestabilizar el orden de nuestro mundo controlado, adulto y civilizado.