Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 16 de junio de 2024
  • Actualizado 19:40

El fuego que abraza

La plataforma MUBI acaba de estrenar ‘Fuego interior: réquiem para Kathia y Maurice Kraft’, un documental del legendario cineasta alemán Werner Herzog que recupera los archivos audiovisuales de un matrimonio francés que vivió y murió cazando volcanes
El fuego que abraza
El fuego que abraza
El fuego que abraza

Werner Herzog lo ha hecho otra vez en su documental Fuego interior: réquiem para Kathia y Maurice Krafft (The Fire Within: A Requiem for Katia and Maurice Krafft, 2022), ha encontrado las imágenes olvidadas y con ello ha descubierto a cineastas detrás de esas imágenes. En 2005, en su película Grizzly Man, realizó un retrato de un ambientalista, Timothy Treadwell, que vivió con los osos grizzly en las montañas por 13 años, filmándolos y filmándose. Su historia es conocida porque su amor por la naturaleza y los osos era tan grande que muere, a manera de inmolación, en las fauces de unos de esos grandes seres que él se ocupaba de filmar con un enceguecido amor. 

La historia por supuesto cautivó a Herzog porque tiene, como principales personajes, a sus grandes amores el hombre y la naturaleza. Restos de ellos en este caso, lo que quedó de ellos, las “ruinas”, diría Benjamín. Herzog como el documentalista que es revisa, pone play, rewind, fast forward, pausa, zoom a esas ruinas que son las grabaciones de sonido e imágenes que ha dejado Treadwell. Herzog escarba, ordena, busca un sentido a estos restos cinematográficos, a esas vidas que solo en la naturaleza encuentran su sentido. Herzog es un cineasta que busca la revelación, la gloria, el júbilo de por fin comprender qué se oculta en las imágenes, ya sean pintadas en una cueva, selladas en la tierra, registradas en una cámara o en fotografías. 

En 2016 asistimos a otra de sus hazañas cinematográficas, cuando estrena Into the Inferno, un documental que hace junto al vulcanólogo y co-director Clive Oppenheimer, recorriendo los volcanes activos en Antártida, Indonesia, Corea del Norte, Islandia y otros pocos para descifrar nuevamente qué es esa fuerza, ese imán casi divino que acerca a los humanos al fuego de los volcanes. La naturaleza ejerciendo su poder de hipnotizar, de atraer a los humanos a las profundidades, hablándole directamente al alma. Durante este documental Herzog se topa con la historia de la pareja francesa más famosa de vulcanólogos, Katia y Maurice Krafft. Famosos, como Treadwell, por haber perecido en las fauces de un volcán en Japón. Abrazados por el fuego de su pasión, los volcanes. 

Es una historia tan terrible y a la vez enternecedora que es imposible no seguir ahí, escarbando, haciendo zoom para comprender cómo estos dos “especialistas” vulcanólogos no midieron su cercanía al fuego. Consumidos por su amor, siguen al fuego hasta el mismísimo centro del infierno. Herzog los sigue también como un obseso. En el camino descubrimos con él que el mundo está hecho de fuselajes abandonados, autos hundidos en el lodo, cuerpos sudorosos y frágiles, tierras cubiertas de ceniza, una tetera cubierta de polvo caliente, de sonidos de fondo que apenas se escuchan pero que de cerca resuenan como agua negra y pesada hirviendo, de rumores de lava y piedra, de pueblos cubiertos de lodo, de gritos ahogados bajo toneladas de tierra y agua, de palmeras y vacas con medio cuerpo enterrado esperando la muerte, de piedras estallando y gritando, de ruinas y de historias con un sol sucio que se derrama entre las partículas piroclásticas escupidas por los volcanes. 

La historia de Katia y Maurice está harto documentada. Mi propio encuentro con el poder abrazador y fascinante de los volcanes fue en mi niñez cuando en la National Geographic veía imágenes de montañas negras, de bosques reducidos a nada, de pequeños brotes verdes saliendo entre la negra ceniza, de grandes tractores amarillos aplastados como si un dinosaurio los acabara de pisar en el Monte Santa Helena de Washington. En esas fotos caminaba una mujer menuda y delgada con pelo corto alado de su pareja, un hombre fornido con una cabeza grande y amorosa, Katia y Maurice en 1980. Sus caras negras cubiertas de ceniza dejaban ver sus ojos alucinados como dos estrellas recién nacidas al asombro del universo. Cuando vi Strómboli, tierra de Dios (1950), de Roberto Rossellini, y las piedras escupidas por el volcán caían sobre las casas de la isla y nadie se iba de allí intentaba imaginar el miedo que estaría sintiendo el que filmaba, el peligro, la inconciencia de estar ahí parado con la cámara esquivando la temperatura del Dios de Strómboli. Fuego interior no pretende ser una biografía, lo aclara el propio Herzog. El documental es la historia de un deslumbramiento por lo que está detrás de las imágenes de los volcanes, ríos de lava, nubes piroclásticas y cenizas y dos personas con sus cámaras para mirar de cerca, para registrar ese fuego que no se apaga y que es la señal de un fondo, de un hondo pozo bullendo en el centro de la tierra al que jamás podremos acercarnos. Es una historia hermosa y un poco demencial. 

El fuego que abraza.
El fuego que abraza.

El destino final de la pareja Krafft es ya conocido, así que Herzog hace lo que Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada: empieza su película con los momentos previos a la muerte de la pareja para quitarnos la venda espectacular y centrarnos en lo que queda de ellos, en las ruinas, las imágenes más impresionantes que se hayan filmado de los volcanes. Nadie como ellos se ha acercado al centro de los volcanes, a los ríos de lava, a esas imágenes hipnotizantes de la piedra derretida, bolas anaranjadas que rompen su costra negra para tomar otra forma, el fuego corriendo rojo, ardiente, envolviendo un pueblo de casas blanca dejando solo sus techos humeantes al descubierto. Herzog nos cuenta la historia de esas imágenes “divinas” de los cineastas que emergen del fuego de los vulcanólogos. El fuego que abraza hecho cine. 

Werner Herzog, con su voz y su acento creado por él mismo, nos presenta la erupción de dos cineastas que creían que eran científicos. Dos cineastas curtidos en el movimiento que hace el corazón de la tierra. En un documental Werner Herzog, un soñador radical (2022), realizado por Thomas von Steinaecker, Herzog señala que todos tenemos con un paisaje interior, un lugar en el que crecimos y al que siempre volvemos. Katia y Maurice, después de sus incursiones a los volcanes, volvían siempre al lugar de donde salieron en Alsacia en Francia, una campiña verde, pacífica, en el que el único temblor era el que hacían los serenos campos de flores. La película prueba que ese no era el paisaje interior de esta pareja, su paisaje era uno inabarcable, inescapable, indescifrable, un paisaje que consume, abraza y quema.