Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 19 de septiembre de 2019
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El fantasma del tiempo (II)

Segunda y última parte de un ensayo del escritor Guillermo Ruiz Plaza, Premio Nacional de Novela 2018. <br>
El fantasma del tiempo (II)

El misterio del presente
El magnífico ensayo de Borges “Nueva refutación del tiempo” (Otras inquisiciones) termina con la constatación del carácter irreversible del flujo temporal. La física contemporánea parece refrendar este carácter definitorio a través de las tres flechas del tiempo. Nunca veremos a un viejo hacerse niño. Nunca veremos una taza caída y hecha añicos rehacerse y volver a su sitio en el borde de la mesa. “Hay al menos tres flechas del tiempo que distinguen, de manera efectiva, el pasado del futuro”, afirma Stephen Hawking en Una breve historia del tiempo. “Son la flecha termodinámica, dirección del tiempo que incrementa el desorden; psicológica, dirección por la cual recordamos el pasado y no el porvenir. Y cosmológica, dirección del tiempo en la cual el universo se dilata en lugar de contraerse.”    
Que el tiempo sea irreversible confirma la irrealidad del pasado y del futuro. Más arriba dijimos, con San Agustín, que el presente –el único tiempo real– no es divisible. No es divisible porque si no constaría de una parte que fue y de otra que no es todavía. Significa, entonces, que el presente es indivisible; pero basta con examinar esta idea para sospechar que hay algo que no cuadra. En efecto, si el tiempo es indivisible, ¿cómo se vincula con el pasado o con el porvenir? Si el presente no tiene extensión, ¿cómo es que tiene principio y fin? Si no los tuviera, no transcurriría; sería la eternidad.
Digo presente y el presente ya ha pasado. Baudelaire lo dice mejor: “Tres mil seiscientas veces por hora el segundero / murmura: ¡Recuerda!” El presente es en teoría lo único que tenemos; pero ¿cómo? Sería como apretar un copo de nieve y asegurar que es nuestro. No resisto aquí la tentación de transcribir el final del estremecedor soneto de Quevedo: “Ayer se fue; mañana no ha llegado;/ hoy se está yendo sin parar un punto:/ soy un fue, y un será, y un es cansado./ En el hoy y mañana y ayer, junto/ pañales y mortaja, y he quedado/ presentes sucesiones de difunto”.
“Presentes sucesiones de difunto”. Si seguimos a Quevedo, el presente –el recién nacido incesante– nace muerto. Así los estados sucesivos que forman mi identidad. El yo nace y muere a cada instante; solo un artificio indispensable mantiene una continuidad esencial en mi interior tras el movimiento hormigueante, el susurro de pieles que se rozan, la algarabía de una multitud secreta. “Vivimos en el olvido de nuestras metamorfosis” (Eluard, El duro deseo de durar).
Así, el presente, lejos de hacernos reales, parece tendernos como un arco imposible entre dos nadas. También ese precioso peldaño entre lo que ya no es y lo que no es todavía parece afantasmarse.
En realidad, el presente no se convierte en pasado; el presente es siempre idéntico a sí mismo. Es la conciencia la que, al percibirla, transforma la presencia en recuerdo, como una especie de rey Midas que deshiciera todo lo que toca, mientras teme o ansía lo que no ha tocado aún, el porvenir.
Por suerte para nosotros, la conciencia del tiempo –lo que Bergson llama “la duración”– trasciende el instante. Por suerte para nosotros, el instante es siempre más que el instante. Bergson toma el ejemplo de la música: para escuchar una melodía, es necesario percibir la nota presente a la vez que se retiene la nota inmediatamente anterior –lo que resultaría abusivo llamar memoria– y presiente la nota que llega. De otra manera, solo oiríamos notas aisladas.
La música ilustra cómo, gracias al poder de dilatación de la conciencia, el momento presente –a diferencia del instante indivisible, que niega el tiempo lineal– corresponde a un solo acto de atención. Un solo acto híbrido e impuro en el que lo inmediatamente anterior, lo presente y lo inminente se enlazan para erigir la música del tiempo.
Quienes han grabado una canción en estudio saben que, a fin de parchar un fragmento –por ejemplo, reemplazar un acorde erróneo por el correcto–, no basta con sustituir el acorde: hace falta grabar el acorde que antecede, el que deseamos reemplazar y también el que sigue. Si no, el oído percibiría la áspera costura en el flujo y se percataría del engaño. Eso mismo sucede con el tiempo. Por virtud de la conciencia, el instante se dilata y nos permite disfrutar del presente como de una fase musical. Ahora comprendemos mejor la boutade de Georges Perec: “Vivir es pasar de un espacio a otro sin golpearse”. Vivir es, pues, encarnar una música sin cortes ni parches. La música del tiempo.
Sin embargo, no todos los espacios que atraviesa nuestra conciencia son idénticos. Como la música, el tiempo nos depara intensidades indecibles. Nos otorga instantes que se abren como cavernas o flores carnívoras o aguas erizadas igual que el lomo de una fiera, dándonos una nítida impresión de eternidad. No se trata de una ilusión: si el tiempo es la conciencia del tiempo, nuestra vivencia temporal es insustituible y real, aunque contradiga –o justamente porque contradice– el tiempo exangüe y uniforme del reloj.
Es por esta razón que, en ciertas ocasiones –por ejemplo en el súbito regreso a las calles que nos vieron crecer, cuando el pasado se derrite como un reloj de Dalí bajo el sol abrasivo de la infancia–, nos invade la extraña sospecha de que nunca nos fuimos. Y de golpe encuentra sentido lo que, según he podido comprobar, le sucede a muchos migrantes: nos cuesta soñar con un lugar que no sea el del origen. Cambian los actores y los escenarios; no la sensación de que el espacio es el mismo. Parece como si los sueños alumbraran con luz terrible y única el fondo polvoriento de nuestro yo, lo inmóvil que hay en nosotros, el latido inconfundible enterrado bajo las mudas de piel y las capas de los años. El yo, esa sustancia ficticia, esa niebla, ese fantasma sagrado que nos permite vivir.

El tiempo y la muerte

De la contradicción entre la eterna renovación del presente y nuestra caducidad nace el sentido trágico del tiempo, el llanto de Heráclito frente al río. Pero ¿no es arbitraria esa melancolía? Podemos ver en el presente un recién nacido o un cadáver; una ola que crece o una ola que se desmorona; un goce o una pérdida.
El sentido melancólico del tiempo tiene más que ver con la muerte que con el tiempo. La conciencia de nuestra condición mortal determina y estructura nuestra relación con el tiempo, observa Heidegger. Así, el tiempo sería solo un nombre más aceptable o menos angustiante de la muerte.

Pero ¿son el tiempo y la muerte la misma cosa?
Pienso que se trata de una confusión persistente. El tiempo es la única forma que tenemos de habitar el mundo, no “el revólver de cabellos blancos” –que imaginamos apuntándonos a la sien– de André Breton. Y sin embargo, cómo nos place vestirlo de negro, dotarlo de guadañas, pintarlo decrépito o cadavérico. Qué bien suena cuando decimos que el tiempo destruye todo

Pensar el tiempo a partir de su fin es tan arbitrario o tan válido como pensarlo a partir de su principio. Decir “el tiempo es la muerte” no es menos absurdo ni menos veraz que afirmar: “el tiempo es el nacimiento”. Este tipo de arbitrariedades –totalmente comprensibles, por lo demás– tienden a erigir el pasado y el futuro como realidades palpables que perderíamos al morir. Sin embargo, como hemos visto, el tiempo que realmente vivimos carece de tiempo; lo único que perdemos, al morir, es el presente: “lo que perdemos, entonces, aparece como algo infinitesimal”, observa Marco Aurelio (Meditaciones). “¿Cómo perder, en efecto, el pasado o el porvenir?; lo que no tenemos, ¿cómo podrían quitárnoslo?”
El físico francés Étienne Klein –en una conferencia de 2017 sobre la muerte–, nos recuerda que nuestras células no dejan de renovarse y que “nuestro cuerpo es como el barco de Teseo: aquel barco reparado sin descanso del cual los sofistas atenienses solían preguntarse, a medida que las piezas eran modificadas o reemplazadas, si se trataba realmente del mismo.” Nuestros cuerpos son renovados sin cesar, de tal forma que el conjunto de nuestras células hoy no tiene nada en común con las células que nos constituían en la niñez (aunque, sin duda alguna, no haga falta ir tan lejos). Durante muchos siglos se pensó que la desaparición de nuestras células, como nuestra propia muerte, era el resultado de un desgaste, de la incapacidad de resistir el paso del tiempo. “Moriríamos”, dice Klein, “por el desgaste de las piezas que nos constituyen.” Luego añade: “Ahora bien, desde hace tiempo sabemos que las cosas no son tan simples: nuestras células tienen, a lo largo de toda su existencia, el poder de autodestruirse en unas cuantas horas.” Tienen el poder de autodestruirse, pero no lo hacen; ¿por qué? Porque –explica Klein– son capaces de percibir en su entorno las señales emitidas por otras células que los incitan a reprimir su autodestrucción: “nuestras células están siempre al borde del suicidio, y si no se suicidan, es porque su entorno les pide que no lo hagan.” Vivimos así en una especie de prórroga permanente. Ese continuo aplazamiento de lo inevitable –que vivimos en el plano biológico como una continua renovación celular y, en el psicológico, como el fluir de la conciencia– es lo que llamamos tiempo.
Hay una analogía en la física que puede ilustrar esta idea, añade Klein. El núcleo del átomo está constituido de protones y de neutrones. Los protones tienen un tiempo de vida tan largo que nunca se ha podido medir; los neutrones, en cambio, desaparecen al cabo de quince minutos. También en los átomos que componen nuestro cuerpo encontramos neutrones. Klein se pregunta: “¿Cómo es posible que haya neutrones en nuestro cuerpo si estos solo tienen una esperanza de vida de quince minutos?” “Nuestros átomos fueron formados en las estrellas hace billones de años”, recuerda Klein. “Entonces, ya no debería haber neutrones en los núcleos de los átomos.” Este ha sido un verdadero problema durante siglos hasta que los físicos comprendieron que los neutrones son “eternos a tiempo parcial”. En efecto, en el núcleo atómico tienen lugar interacciones que transforman a los protones en neutrones y viceversa: los neutrones, al transformarse en protones, “se vuelven inmortales”. Esto muestra que somos seres estables constituidos de entidades inestables. ¿No es precisamente lo que decíamos sobre el tiempo? El tiempo, cuya inestabilidad constitutiva nos permite ser quienes somos. El tiempo, cuya fuga implacable nos devuelve una y otra vez a nuestro origen, a nuestro centro, a nosotros mismos.
“La muerte es la fuente de nuestras representaciones ordinarias del tiempo, ya que nos impide constituirnos en un orden más vasto” (Heidegger, Ser y tiempo). Sin embargo, como hemos visto, el instante nos permite adentrarnos en un orden más amplio y más hondo que el de la extensión imaginaria y polvorienta del tiempo. Y es que tal vez, como los neutrones, seamos eternos a tiempo parcial. Nous naissons de partout / nous sommes sans limites, dice Eluard con una estimulante música verbal imposible de traducir: “Nacemos dondequiera / somos ilimitados”.
Habría que reemplazar, entonces, el “todavía-no” (todavía no muero) de Heidegger, por un “todavía-sí” (estoy vivo todavía). Habría que reemplazar el cadáver por el recién nacido; la ola que se desmorona por la ola que crece; la pérdida por el goce; el deseo de la vida eterna por el de la eterna vivacidad (Nietzsche). Habría que sentir cada día que “el sufrimiento no tiene más sentido que la felicidad” (Camus).  
Sin embargo, por mucho que meditemos el problema, nuestra relación con el tiempo seguirá siendo irracional e indócil. Vivir es zambullirse sin remedio en el oleaje del presente, el desierto del pasado y la niebla del futuro. Cada persona es un flujo temporal único y, a la vez, una pluralidad incomunicable de tiempos. Una duración personal hecha de memoria, percepción y espera, y una ramificación de tiempos sutilmente articulados; un presente multitudinario, pero también agua simple y cotidiana.
Ser el tiempo nos obliga –como esa voz maliciosa que pierde a Baudelaire– a amar con ternura el mar y el desierto, a reír en los entierros y a llorar en las fiestas, a encontrar un gusto exquisito en el vino más agrio, a caer en pozos profundos cada vez que miramos al cielo. Somos las extáticas víctimas de nuestra clarividencia. Somos el fantasma del tiempo: nuestro sueño más hermoso y también el más atroz.
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