Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 25 de enero de 2022
  • Actualizado 10:53

ENTREVISTA AL CINEASTA BOLIVIANO HOMENAJEADO EN EL 1ER FESTIVAL DE DOCUMENTAL “A CIELO ABIERTO”, QUE CONCLUYE ESTA NOCHE EN EL CENTRO PATIÑO

Eduardo López: “En mi cine las identidades son poderes”

Eduardo López: “En mi cine las identidades son poderes”



No pocos protagonistas tuvo el 1er Festival de Cine Documental Latinoamericano “A Cielo Abierto”, que concluye esta noche con la proyección de los filmes Tarata (Alan Ferzt, Bolivia), El destello (Gabriel Szollosy, Uruguay) y Tiempos de arena (Gustavo Fernández, Colombia), en funciones gratuitas que arrancarán a las 18:30 en el Teatro al Aire Libre del Centro Patiño (Calle Potosí Nº 1450, casi Portales). Desde luego, uno de los grandes protagonistas fue el público asistente, que, ignorando el frío invernal de agosto, acudió religiosamente cada noche a ver las cintas que, desde el martes pasado, se proyectaron en el Palacio Portales. Fueron también protagonistas los realizadores bolivianos y extranjeros que llegaron para presentar sus trabajos y/o dictar talleres y conferencias magistrales. También lo fue el Centro cultural y pedagógico Simón I. Patiño, la institución organizadora que, con todos sus representantes y trabajadores, llevó exitosamente esta primera versión de un festival acertadamente dedicado al cine documental. Lo fue, cómo no, Sergio Estrada, ganador del fondo de 10 mil dólares otorgado por los organizadores para apoyar su proyecto de documental Con la noche adentro. Y por si hiciera falta decirlo, fueron también entrañables protagonistas las noches a cielo abierto en los jardines del palacio que, con su pantalla gigante, sus butacas y fogatas, cobijaron a todos los otros protagonistas del festival.

Pero si hubo un protagonista cuya presencia cinematográfica marcó esta primera edición del Festival “A Cielo Abierto”, ése fue Eduardo López. El realizador paceño (1955) fue homenajeado en el acto inaugural del evento, en virtud a su trayectoria documentalista, y su obra fue objeto de una retrospectiva que incluyó la reposición de los cortometrajes El camino de las almas y Martín de las Crujías (1992) y el estreno en Cochabamba del largometraje Inal Mama, sagrada y profana (2010). Por si fuera poco, su trabajo pudo ser también apreciado en Las banderas del amanecer (1983), el documental realizado por Jorge Sanjinés y Beatriz Palacios para el que hizo la fotografía. Así pues, la ocasión no pudo ser más propicia para entrevistar a López, más conocido como “Chichizo”, un cineasta formado en Filosofía e Historia en Bolivia y en Antropología Visual en México, que, al margen de su trabajo como realizador, fue también director del Consejo Nacional de Cine (Conacine) en cuatro periodos. Sin embargo, lo que debió ser una entrevista periodística convencional, devino en una larga y muy amena charla en la que el documentalista se dio a la tarea de reflexionar sobre lo que significa el homenaje recibido, pasar revista a su trayectoria, lamentar por el material audiovisual que ha perdido a lo largo de más de 25 años de carrera, rememorar las circunstancias que lo condujeron a trabajar con Sanjinés, celebrar el protagonismo que está ganando el cine documental en Bolivia y en el mundo entero y, por último pero no menos importante, evaluar la crisis que atraviesa el sector audiovisual en el país. En lo que sigue, más que una entrevista rigurosa, compartimos fragmentos de la charla sostenida con López, un interlocutor lúcido, amable y de un gran sentido del humor, cuyas intervenciones, aunque inevitablemente mutiladas –eso sí, con su propia anuencia- para ajustarse a este espacio, aparecen en forma de respuestas a las preguntas formuladas por el entrevistador, pero también organizadas en función a algunos importantes tópicos que emergieron durante la conversación (ver recuadro).

-¿Qué significa para su carrera el homenaje que recibió en el Festival de Documental “A Cielo Abierto”?

Lo que piensas cuando te hacen un homenaje, es que se te está acabando el tiempo (risas). Pero esto me pilla en un momento muy especial, porque, después de mucho tiempo, he empezado a rodar, a volver al documental, a escribir, a armar proyectos que uno sabe si podrá lograrlos. Hay proyectos de ficciones grandes, pero no grandes en el sentido de costo, sino porque están largamente inscritos en lo que voy pensando y construyendo en los últimos años. Pero, volviendo a la pregunta, cualquier homenaje que se me haga mí, es un homenaje a la banda, al grupo de gentes que hemos hecho, en las mismas condiciones, contra viento y marea, trabajos independientemente, ya sea de forma individual o colectivamente.

Eso sí, cuando Alba (Balderrama, coordinadora general del festival) me propone una retrospectiva de mi trabajo, de lo primero que me doy cuenta es de que he perdido material. Por ejemplo, hicimos varios proyectos con Unesco, gran parte de los cuales se han perdido, así como se han perdido gran parte de los trabajos iniciales que hice en la escuela en México (cuando estudiaba cine) o los que hicimos independientemente en Súper 8. Esto es muy duro, porque los autores, por su relación con la obra y la vida misma, suelen ser poco cuidadosos, aun que hay excepciones, autores que cuida perfectamente su obra y algunos excesivamente (risas). Pero, en mí caso, no; creo que he perdido mucho más de la mitad de las cosas que he hecho, y eso suele, friega.

-Al momento de elegir las películas para la retrospectiva programada en el festival, debió volver a ver muchos de sus trabajos, algunos relativamente antiguos. ¿Cómo fue esta experiencia? ¿Ha encontrado continuidades y/o rupturas entre estos trabajos anteriores y obras más recientes como Inal Mama?

Sí, pues hay cosas como Ganar la calle o Destinos de tierra que yo no las veía desde hace veinte años, y las he visto ahora hemos logrado materiales de segunda y tercera generación para digitalizarlos con cierta calidad. Ha habido un sacudón muy fuerte al ver esas obras, ver su degradación, pero me he dado cuenta también, con mucha mayor claridad, que hay autores, entre ellos yo, que se repiten. Los que han visto Martín de las crujías, se habrá dado cuenta que termina cuando empieza Inal Mama. Si ves El camino de las almas o Destinos de tierra o las otras, hay cosas comunes que están en unas y en otras. Hay una continuidad, hay una búsqueda. Hay dos o tres temas que, tanto en antropología como en cine de documental y ficción, a los que vuelvo todo el tiempo.

-¿Cuáles son esos temas?

Creo que hay una búsqueda de temas que tienen que ver con identidad y poder en todo lo que he hecho. En lo poco que he escrito, en lo poco que he filmado, en lo poco que he propuesto académicamente, siempre el tema de identidades y poderes ha estado en juego, y voy a seguir en ello. En lo que estoy haciendo ahorita, que son cinco historias de mujeres muy diversas, he encontrado nuevamente esa veta y no me zafo. Mi relación con los personajes individuales o colectivos es una construcción que está buscando los procesos de configuración y de depuración identitaria. Para mí, las identidades son poderes, como las culturas son poderes. Las identidades son manifestaciones reales mediante los cuales las colectividades y los individuos se construyen. Dentro de esta veta tengo un par de ficciones en la cabeza. Realmente me siento honrado de que se me haga un homenaje, pero me doy cuenta de que este homenaje llega en un momento de parte aguas, en un momento en el que estoy decidido a empezar a trabajar seriamente el resto de mis días en lo que quiero hacer (risas). No es fácil, porque el cine, el cine independiente, documental o de ficción, no te da para vivir.

-Este festival ha debido ser adicionalmente especial para usted, porque se inauguró con Las banderas del amanecer, un trabajo de Jorge Sanjinés y Beatriz Palacios en el que hizo la fotografía. ¿Qué recuerda de esa experiencia? ¿Cómo ha sido volver ver este documental?

Es fuertísimo, la historia con Jorge, y con Beatriz, parte de un encuentro en México, encuentro fortísimo porque se da una cristalización muy rápida de una amistad, de un compromiso, de una militancia. Entonces, no nos separamos años. Y, cuando pudimos volver a Bolivia al final de la dictadura de Banzer, Beatriz tenía un proyecto en desarrollo, un guión en desarrollo. Y Jorge estaba súper entusiasmado con eso. Entonces, nos lanzamos a armar el proyecto, nos fuimos a las minas a trabajar en una película, una ficción que reconstruía la historia de las mujeres mineras que iniciaron la huelga que tumbó a Banzer. Pero ahí nos comió la historia, nos comió el proceso, nos comió la vorágine de los procesos y de la violencia y la tremenda movilización que hubo el 79 - 80. Si bien no nos sacábamos la idea de ir a hacer la película, estábamos haciendo otra, porque no podíamos dejar de registrar, dejar de seguir los acontecimientos y de darnos cuenta además de lo que sucedía. Ya para esa época, por el olfato e intuición, sabíamos que se venían tiempos durísimos. Todos los días era entonces viajar, no parar. Hay un enorme material registrado de esto. Se hizo un primer corte, lo hizo Jorge y a mí me gustaba muchísimo. Después él ya con tiempo, cuando otra vez nos invitaron obligatoriamente a salir del país (risas), se dio un tiempo de montaje un poco más grande y el resultado es una película mucho más extendida, más comprensiva de muchos aspectos, pero a mí se me antoja el corte que hizo en principio Jorge. Era tremendamente potente y a mí me gustaba mucho.

Al verla ayer (por el lunes), yo tuve la sensación muy profunda de volver a vivir aquello, de hacer el balance que eventualmente tienes que hacer en la vida cuando vives en un país como el nuestro, que es ingobernable, tremendamente dinámico en sus procesos. Yo celebro profundamente y me siento orgulloso y privilegiado de vivir este país, con todo lo difícil que es. De repente, para mí hubiera sido mucho más fácil quedarme en México, en Brasil, en Colombia o en cualquier lado, y estar un poco más holgado, más cómodo, más seguro. Pero no, pues, Bolivia es muy fuerte y los procesos aquí y lo que hemos vivido el último tiempo con todas las contradicciones que ahora vivimos, son nutrientes muy poderosos para seguir adelante.

-En el festival pudo mostrar su último trabajo, Inal Mama, un documental en torno a la coca y la cocaína en Bolivia que, en mi criterio, tiene la enorme cualidad de que no se adscribe al discurso excesivamente milenarista ni al discurso descaradamente criminalizante del tema. ¿Cómo logró sortear estos lugares comunes?

Una cosa que ha pasado con Inal Mama, no solo aquí, sino en diferentes partes del mundo, es siempre que me preguntan por qué no hice uno u otro tema. Lo que siento entonces es que hay una necesidad de hacer varios abordajes sobre ese tema. Por ejemplo, a mí se me antojaba mucho hacer la historia de la manipulación y del uso que ha hecho la Coca Cola sobre esta suplantación simbólica de la coca, y finalmente una exitosa y brutal tergiversación de los hechos en ciertos planos, porque ellos han patentizado por ejemplo el saborizante, y la bebida nos llega a nosotros con cierto desconocimiento y cierta sumisión a los hechos. No asumimos cosas que vienen siendo lentamente instauradas en el imaginario. Otra de las cosas que se me antojaba está en el propio cine. Veo el cine contemporáneo norteamericano o el europeo -éste tiene otros matices-, pero en el cine de las grandes industrias gringas tú tienes a todo el star system, a los más respetados actores y actrices, en películas donde hay drogas, consumo, uso tráfico, emulación, en algunos momentos autoflagelación con las drogas. El cine se convierte ciertamente en un mecanismo poderosísimo para neutralizar las miradas, los acercamientos y la acción crítica que deberían tener las sociedades sobre temas tan complejos. Lo mismo hacen con la guerra o con la prostitución, entonces la industria del entretenimiento tiene mucho que ver en la neutralización, en la pacificación de la posibilidad de abordajes críticos que debemos tener frente a temas que nos colocan frente a una enorme desventaja.

Somos productores de materia prima con mano de obra barata y una degradación impresionante en muchos aspectos. Por más sagrada que sea la coca, simultáneamente es lo contrario. Y por más profana que sea, está siempre como vinculada a otra situación y a una diversidad de manifestaciones. Estamos en un tejido crítico y en un tejido contradictorio y muy duro al abordar ese tema. Y para mí ha sido un desafío y el proceso ciertamente ha sido muy duro. Lanzaron la convocatoria de DocTv, que es donde empieza todo el tema, cuando yo estaba haciendo una larga estadía de restauración en Brasil, de donde sale además todo el trabajo que después logré hacer para producir la restauración de Wara Wara, una película de Velasco Maidana. Decidí inmediatamente hacer Inal Mama y lo primero que me sale, una noche todavía en Brasil cuando escribí una cosa, es algo que debería haberse orientado muy rápidamente hacia una ópera. Y yo me di cuenta de mi absoluta incapacidad para escribir una ópera. Dejé las ingenuidades del caso, pero dije que iba a dejar esa veta que fue muy inspiradora. Por eso la película es una suerte de cantanta. Es un rodaje que tiene 7 mil y tantos kilómetros, son dos rodajes largos, porque uno fue para la versión del DocTv, el otro vino complementariamente. Al mismo tiempo, yo ya andaba trabajando en formas para darle sentido a un tejido que homenajease la diversidad, que demostrase además un profundo orgullo mío de ser boliviano, y de generar un producto sin pedir permiso a nadie, que pueda escocerle a quien sea.

-Y que ha debido escocer a más de uno, seguramente…

Escuece, es una película que tiene problemas, no es una película fácil. Yo le decía a Diego Mondaca que me encantó lo que pasó, porque su película (La Chirola) e Inal Mama más o menos coincidieron en épocas, en festivales. La Chirola arrasó e Inal Mama estaba muy bien colocada en Sarajevo, Madrid, Sidney, México, en muchos lugares. Me doy cuenta que hay muchas películas festivaleras y otras que tienen otra ruta. Pienso que Inal Mama”tiene esa otra ruta, una un poco más larga, dilatada. Lamentablemente no ha habido los recursos para difundirla bien, ha tenido un buen momento de estreno en La Paz, pero después un tiempo muy efímero de exhibición. Obviamente, yo no solamente ya estaba quebrado, sino que tenía que trabajar en otros proyectos para sostenerme a mí mismo. Y se pone difícil, porque no puedo ni siquiera hacer unas buenas copias en DVD. Yo, sabiendo donde piso, donde existo y cómo funcionan las cosas, abriría la película a que sea pirateada, tanto como se pueda (risas). Pero espero que haya tratamiento más bucanero, más respetuoso (más risas). No estamos en Bolivia, ni en América Latina, en una posición de decir “Yo dirijo y produzco”. Como director me encantaría que la película esté en todos los puestos de la piratería. Como productor pensaría que, si lo hago, no conseguiría ningún recurso para hacer la siguiente película. Es una contradicción que vivimos casi todos, sobre todo productoras y realizadores independientes. Pero no es la muerte, es una parte del oficio. Este es un oficio muy cruel, pero el único que yo podría tener y ejercer hasta el último día de mi vida, ojalá con la satisfacción de hacer lo que realmente quiero. Creo que puedo hacer todavía varias cosas y no voy a abandonar la posibilidad de seguir.

-Hacía referencia a esta coincidencia entre La chirola e Inal Mama, que, para mí, marcan los puntos más altos des esta suerte de revitalización que está atravesando el documentalismo, en general, y el documentalismo boliviano, en particular. En este sentido, ¿cuál es su valoración del panorama actual del documental dentro y fuera de Bolivia?

Creo que el documental va a ser cada vez más potente en este tiempo. Los documentales bien facturados, y no hablo de que tengan que ser de lenguaje clásico o de cierto formato, de absoluta libertad en su creación, tienen una gran disponibilidad de consumo. Hablo del buen documental, del documental que te sacude, te emociona, te identifica, te transporta, te entrelaza con otros procesos culturales. Las sociedades de este pequeño y sucio planeta están muy ávidas de reflejar y de reflejarse y de conocer cada vez más otras realidades. Es un tema de globalización mediática, sí, pero también de situación cultural de la especie.

Creo que en Bolivia siempre ha habido documentaleros fuertes, siempre ha habido cine documental bien colocado, y eso no es porque haya autores brillantes, sino porque la realidad es muy poderosa. Trabajar con esa realidad, hacer de ese trabajo un documental de intervención, un documental proceso, te acerca a esa realidad y, al mismo tiempo, te ubica en un intercambio planetario de información sobre los procesos de las sociedades. Y en cuanto al consumo, hay que decir que nuestras culturas son culturas orales, de una enorme receptividad y de absorber el audiovisual en sus propios códigos. Creo que el documental podría tener un gran impacto en Bolivia con un buen sistema de difusión.

-Finalmente, no podíamos dejar pasar la oportunidad de apelar a su experiencia de gestión en el sector audiovisual, dentro el Conacine u otros estamentos, para conocer su mirada sobre la crisis que estamos atravesando en términos justamente institucionales, pero también a nivel del mercado local del cine boliviano, que cada vez parece más reducido…

Hay temas muy sensibles en esto, pero soy un convencido de que estamos entrampados en un congelamiento de los procesos. Las instituciones del sector audiovisual deberían tener una mucha más rápida de renovación, reestructuración y articulación a la plataforma real en la cual nos movemos. Hay una crisis institucional extendida, una crisis del sector, que la podemos abordar desde muy distintos puntos de vista. Hay nuevas generaciones de realizadores de la imagen, no una, sino dos. Y nos toca a tres generaciones, pero, sobre todo, a las dos últimas, poner las cosas en su lugar. Se tienen que resolver los temas sensibles y críticos, los temas de estancamiento; se tienen que dinamizar los mecanismos para tener una mucho más amplia y democrática participación de la sociedad civil en la construcción de políticas públicas en torno al audiovisual.

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