Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 23 de septiembre de 2019
  • Actualizado 11:54

Edmundo Paz Soldán: “La violencia en los Estados Unidos se ha exasperado, de modo que lamentablemente la novela sigue vigente”

El escritor cochabambino presenta la reedición de su obra Los vivos y los muertos el 7 y 11 de agosto en el Centro Cultural Simón I. Patiño y la Feria Internacional del Libro de La Paz, respectivamente.
Edmundo Paz Soldán: “La violencia en los Estados Unidos se ha exasperado, de modo que lamentablemente la novela sigue vigente”

La obra Los vivos y los muertos, del escritor Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), conmemora 10 años de su publicación original. La novela ha sido reeditada por la editorial Nuevo Milenio e invita a nuevos lectores a introducirse y conocer la vida, pérdida, tragedia y muerte de los habitantes de Madison, en Estados Unidos. Los jóvenes habitantes de este pueblo han construido un mundo de aspiraciones truncadas, secretos inconfesables y pasiones desatadas. En un breve espacio de tiempo, las muertes de varios adolescentes convertirán la aparente armonía de esta localidad en algo semejante a una maldición.
Con motivo de la reedición de su novela, el escritor retorna al país para participar de la presentación de esta obra en dos eventos. El primero se realizará el 7 de agosto a las 19.00 en la biblioteca del Centro Cultural Simón I. Patiño de Cochabamba (C. Potosí No. 1450), mientras que el segundo se llevará a cabo el 11 de agosto, a las 20.00, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro de La Paz (Campo Ferial Chuquiago Marka).
Basado en hechos reales que sucedieron en Dryden, un pueblo cercano al estado de Nueva York, y sus propias vivencias personales de ese entonces, Paz Soldán construye una novela íntima que gira alrededor de la pérdida, un retrato sobre la violencia que, 10 años después, aún permanece y se ha intensificado en Estados Unidos, donde toma lugar la ficción. En esta entrevista con LA RAMONA, el escritor rememora cómo fue el proceso creativo de su obra, sus intenciones respecto a incursionar en el género de no ficción, además de realizar una lectura sobre la figura de Evo Morales y el imaginario estadounidense respecto al inquilino del despacho oval en la avenida Pensilvania 1600, Donald Trump. 

Han pasado 10 años de la publicación de Los vivos y los muertos. ¿Hay temáticas del libro que aún se pueden extrapolar al día de hoy?

Cuando escribí la novela la enmarcaba en una suerte de trilogía de la violencia sobre los Estados Unidos: Norte era la primera, Los vivos y los muertos la segunda, y luego venía Iris, que comenzó como un proyecto realista y terminó como ciencia ficción (Estados Unidos quedó como algo espectral). En Los vivos y los muertos me enfocaba en la violencia en los colegios, pero también en la psicopatía conectada a las guerras imperiales (Webb, uno de los personajes, es un exsoldado). Con esa novela también me interesaba contrastar la adolescencia en Bolivia, que trabajé en Río Fugitivo, con la norteamericana. Hoy la violencia en los Estados Unidos se ha exasperado, de modo que lamentablemente la novela sigue vigente. Por otro lado, hace diez años no teníamos la conciencia de los feminicidios que tenemos hoy, y ahí no se trata de extrapolar, sino, al revés, de ver cómo una novela de hace diez años se lee a partir de esa óptica.

Mencionaba que la obra se inspiró por un dossier periodístico sobre una serie de muertes de adolescentes en Dryden, cerca de Ithaca, donde vive en EE UU. De inicio cuenta que quiso hacer una investigación periodística, hasta que la novela fue cambiando por una serie de revulsivos. ¿Cómo influyeron estos elementos en la evolución y versión final de la obra?

Cuando leí el dossier periodístico me di cuenta del potencial narrativo de esta historia. Sabía que quería desarrollar un proyecto al respecto, pero no cómo encararlo. Pensé en un libro de investigación, pero me di cuenta que mi temperamento no es periodístico. Un día comencé a escuchar las voces de los personajes de la historia; mi imaginación los estaba transformando, adquirían otras facetas. Ahí tomé la decisión de escribir una novela respetando lo más posible la cronología de los hechos, pero inventándome la psicología de los personajes (e inventando personajes también). En algunos casos –en Amanda, por ejemplo– esa invención fue con conocimiento de causa, a partir de lo que sabía de ellos, y en otros fue algo más libre porque sabía poco o nada.

Si bien la historia podría parecer distante por sus personajes y el contexto, uno de sus grandes ejes gira alrededor de la pérdida. ¿Cómo confeccionó un relato que puede parecer lejano, y hasta ajeno, para que se convierta en algo personal? 

La estructura inicial era la de una novela policial, y ahí el tono emocional era más distante. En ese período yo me estaba separando, mis hijos se fueron a vivir al otro extremo de los Estados Unidos –de Nueva York a California–, y pensé que si incorporaba ese desgarro personal la novela podía convertirse en un proyecto más íntimo para mí. 

Existe un juego de narración a varias voces en la obra, como en un vaivén de los personajes que coquetean con la muerte y que guía el hilo conductor de la historia. ¿Qué fue lo más difícil, desafiante y satisfactorio de este proceso?

 Pensé en una obra teatral: la novela tendría diez monólogos, y cada monólogo sería de un personaje diferente. Un modelo posible sería Mientras agonizo, de Faullkner. Al escribir descubrí que esa estructura era un poco rígida y que algunos personajes debían aparecer más de una vez contando su historia. Traté de separar cada monólogo a partir de ciertos recursos narrativos: Webb, por ejemplo, usaría frases cortas y contaría chistes. Quizás Webb fue el personaje más difícil. ¿Cómo escribir de un asesino sin convertirlo en una caricatura, sin deshumanizarlo, o sin imponer mi propia postura moral, lo que pensaba de sus actos criminales? Asumí que todos los lectores rechazaban visceralmente a un asesino, y que por lo tanto no debía preocuparme del juicio moral sino de representarlo de una manera verosímil, tomándolo lo más seriamente posible.    

La obra cuenta con una lectura y contextualización muy precisa a referencias culturales de la década del 2000, casi que se crea un universo paralelo con todos los detalles que la ilustran. ¿Cómo fue la revisión de cada elemento de la cultura pop como parte de la construcción de la historia?

Lo más interesante fue meterme en un mundo que no era el mío. Las referencias pop debían ser parte fundamental de la historia, el mundo en que los personajes nadaban, no simplemente elementos accesorios. Ahí, por ejemplo, descubrí la música emo, que estaba de moda por entonces. A mí me parecía muy melancólica, muy lacrimógena, pero sentí que me ayudaría a crear el clima de la historia, a darle sustancia a la atmósfera.   

¿Ha revisitado esta obra? ¿Qué sensaciones le genera?

La he vuelto a leer cuando preparaba la nueva edición. Fue como viajar a otro país en el que alguna vez estuve, y sorprenderme de un paisaje que supuestamente conocía y que ahora me parecía muy desconocido. Vivo rodeado de nieve, pero esa nieve ya no tiene la cosa tan saturada de depresión de la novela. Eso fue lo que más me sorprendió, el estado de ánimo que atrapa el libro, cómo ese estado de ánimo está ahí desde la primera página. 

Su estilo lleva la marca de la literatura escrita en español, sin embargo la novela está ambientada en EE UU. ¿Cómo fue adaptarse y mostrar un estilo más directo como el de la literatura en inglés?

Yo comencé escribiendo cosas muy directas, en la época de los cuentos breves de Las máscara de la nada y Desapariciones. Y tenía mucha admiración por los autores de novela policial, por su capacidad de lograr que la trama esté avanzando siempre, de que ocurran cosas en todo momento. El desafío para mí consistió en ver cómo podía unir ese interés en una prosa directa y en una historia compacta con un mayor desarrollo emocional de los personajes. 

Daniel, el periodista en el libro, se ocupa de escribir las crónicas sobre las muertes en Madison. Considerando los antecedentes de la obra, ¿Es este personaje una proyección de su interés por incursionar en el género de no ficción? ¿Por qué no se animó a dar el salto?
Sí, de hecho cuando se me ocurrió el personaje es que la novela se hizo más personal. No me animé porque respeto mucho el periodismo de investigación y me di cuenta que no era suficiente la buena voluntad para ello; se necesitaba también un tipo de temperamento para hacer ciertas preguntas, para construir una historia sin inventar nada, y mi viaje es otro. 

En una entrevista de hace 10 años contaba que cuando llegó a la universidad en Estados Unidos, el gran héroe de alguno de sus compañeros era Donald Trump, ¿Hay paralelismo frente a esa anécdota que contaba y la admiración hacia el actual presidente de EE UU y las políticas de ese Gobierno? ¿Pudo haber sido una premonición?

No me acordaba de esa entrevista, pero es cierto que cuando llegué a los Estados Unidos algunos de mis compañeros en el equipo de fútbol leían libros de Lee Iacocca y Donald Trump, gurús de los negocios por ese entonces (fines de los ochenta). Lo que me sorprendía mucho como diferencia cultural es que veía que en los Estados Unidos el hombre de negocios podía ser un modelo positivo a seguir. Trump le añadió a esa su receta original su paso por los reality shows de la televisión, y así unió el show al negocio, dos cosas fundamentales para el imaginario norteamericano. Si a eso le añades su racismo nada disimulado, se trata de un cocktail muy explosivo para este momento y ha conseguido un apoyo de un 40 por ciento que lo va a seguir haga lo que haga, diga lo que diga.   

Curiosamente, también hace 10 años en una entrevista para El País, advertía de la posibilidad, por no decir obviedad –según sus palabras–, de una enmienda constitucional para que Evo Morales se mantenga en el poder. ¿Qué mantiene y qué ha cambiado respecto a su concepto acerca de la gestión del Gobierno de Morales?

Los cambios estructurales que hizo Evo al principio eran necesarios para el país; esa redefinición de lo que somos es su mayor contribución. Su autoritarismo y su deseo de mantenerse en el poder me volvió crítico; que un partido que ha estado quince años en el país no haya sido capaz de formar nuevos líderes dice todo lo que se necesita saber sobre los males del caudillismo, al igual que su desconocimiento de la propia Constitución aprobada por su partido. Es notable que Evo haya mantenido la estabilidad económica durante tanto tiempo, aunque pienso que esos excedentes debieron aprovecharse mejor, para dotarnos de instituciones sólidas, para dar los pasos que necesitábamos en salud y educación.  

Y finalmente, ¿cómo ve el escenario político de cara a las próximas elecciones en el país?

Gris tirando a oscuro.

Periodista – Twitter: @DabolAR