Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 01 de julio de 2022
  • Actualizado 16:14

La duda que deja ‘La duda’

Sobre la adaptación de la obra de John Patrick Shanley, realizada en Bolivia por Macondo Art bajo la  dirección de Freddy Chipana.
La duda que deja ‘La duda’. CORTESÍA
La duda que deja ‘La duda’. CORTESÍA
La duda que deja ‘La duda’

Hay cruces colgando sobre el escenario, como espadas de Damocles. Hay un pupitre donde se sienta la “madre superiora”, implacable, sarcástica, mentirosa. Hay una puerta por donde salen y entran los personajes. Hay un pasillo por donde corre la duda y escapa la fe. Hay un cura atrapado y un niño supuestamente abusado. Hay una madre de verdad. La primera gran virtud del hombre fue la duda; y el primer gran defecto, la fe (ciega). Eso dijo, acertadamente, el astrónomo/escritor Carl Sagan. 

De todo eso trata este drama teatral: de incertidumbre y abuso de poder, de culpa y certezas, de peleas dialécticas y complejos personajes, de juicios sumarios y chismes/calumnias que matan, de intolerancia y sombras. La duda es una necesidad, la duda salva tantas dudas como la certeza, la duda es una gran aliada. 

Uno de los problemas del teatro boliviano es la falta de buenos guiones. Por eso, a veces, se acude a obras internacionales que han triunfado afuera y puedan paliar ese nuestro hándicap. Es el caso de La duda (2004) del dramaturgo estadounidense John Patrick Shanley, adaptada ahora con una puesta austera por la productora Macondo Art (de Leonel Fransezze y Claudia Gaensel) bajo la dirección encargada de Freddy Chipana. 

La obra viene de ganar hace unos años el Premio Pulitzer por su texto (vigoroso) y el Tony por su representación teatral (honda). Ha subido a escenarios en numerosos países/idiomas. Es decir, es una apuesta segura. También se convirtió en una película densa con un “tour de force” actoral sublime protagonizado por dos pesos pesados, Meryl Streep y el inolvidable Philip Seymour Hoffman.

Una obra como La duda necesita un elenco sólido y convincente (ergo, experimentado). Esta versión boliviana no lo tiene y por ahí comienzan sus problemas. La dirección de Chipana hace lo que puede que no es poco: imprime un sello boliviano a la pieza teatral, especialmente en la primera escena con un carismático cura transmitiendo un mensaje de unidad/encuentro, orando y cantando en quechua mientras el humo sagrado inunda el coqueto teatro Albina del Espacio Simón Iturri Patiño. Chipana es un director de teatro de autor pero sabe colocarse al margen, sabe que el estilo, su estilo –de potentes imágenes- no lo es todo. 

En esta “duda” falta osadía, falta dramatismo, falta tensión, falta poso y pausa. El cerrado/forzado final tampoco deja a la platea/jurado la capacidad de dudar, ese sano ejercicio. El elenco se muestra sumamente disparejo, desigual, desprolijo. El único que trata de remar en la buena dirección es un Leonel Fransezze que incluso se desdobla, que canta y baila (como dios/Diez), que modula la voz para que sus líneas sean escuchadas en la última fila (no podemos decir lo mismo de las tres actrices que susurran a ratos).

Una cosa es memorizar los diálogos (sin atropellar palabras) y otra sentir el personaje, ahondar en su profundidad psicológica. Claudia Gaensel, Joaquina Revollo y Luna León no están a la altura, por falta de trabajo y solidez actoral. El primer objetivo de una producción, esta vez falllido, es contratar al mejor elenco disponible. 

Se me ocurren hasta tres actores/actrices para los cuatro puestos disponibles y me imagino a Marta Monzón de monja mala, a Mariana Vargas de monja changa, a Erika Andia de madre coraje y a Antonio Peredo de cura progresista. Solo por poner cuatro ejemplos, solo por hacer un ejercicio de ficción. Es la duda gigante que deja esta “duda” pequeña; son las cruces/espadas que terminan cayendo sobre las estrechas espaldas del elenco, es una apuesta segura que deja sabor a fracaso, que queda grande.

Post-scriptum: la misma productora anuncia en un par de meses el estreno de La cena de los idiotas (texto del francés Francis Veber), esta vez bajo la dirección del argentino Agustín Vásquez Corbalán (ex Teatro de los Andes). El mayor desafío será acertar en la tecla y elegir/trabajar con un buen elenco y no caer en la tentación de la autoproclamación.