Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 27 de enero de 2022
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A PROPÓSITO DE LA PELÍCULA BOLIVIANA OLVIDADOS, DE CARLOS BOLADO, QUE SE EXHIBE EN EL CINE CENTER

Dictadura para todos

Dictadura para todos



La presentaron como la primera película boliviana sobre la Operación Cóndor (afirmación que una revisión mínima de nuestra filmografía podría rebatir o siquiera matizar). Pero lo que, en verdad, les salió es la primera película decididamente reaccionaria sobre la Operación Cóndor. Restaría establecer si es la primera de su tipo solo en Bolivia o si su “mérito” puede extenderse al resto del mundo. Entretanto alguien cumple esta curiosa tarea, volquémonos de lleno sobre Olvidados.

Producida, coescrita y coprotagonizada por Carla Ortiz, Olvidados es una cinta que la actriz cochabambina ha asumido como su proyecto personal. No es gratuito que su figura sobresalga más que la del director y las de los otros actores. Para llevarlo adelante se ha rodeado de un equipo técnico y un elenco actoral de experiencia y cierto renombre, tanto dentro como fuera de Bolivia. La dirección la delegó al realizador mexicano Carlos Bolado (Bajo California, Promises, Tlatelolco), probablemente en virtud a la experiencia de éste para abordar -desde la ficción y el documental- asuntos políticos y sociales susceptibles de debate y controversia. La delicada temática del filme ameritaba que la dirección no cayera en cualquiera.

Con el citado rótulo de ser la primera película sobre la Operación Cóndor, Olvidados intenta recrear los años setenta en países como Bolivia, Chile y Argentina, que -al igual que Brasil, Paraguay y Uruguay- padecieron Gobiernos dictatoriales, tristemente célebres por apelar a una sistemática e institucionalizada represión política, cuidadosamente orquestada desde Estados Unidos, para acallar la resistencia popular y contener la creciente ola de movimientos políticos y armados de izquierda en Sudamérica. Con el pretencioso objetivo de aprehender toda la complejidad de ese oscuro periodo de la historia en la región, la historia del filme parte de los recuerdos de José Mendieta (el mexicano Damián Alcázar), un coronel boliviano retirado de las Fuerzas Armadas, que, desde su anciana comodidad, comienza a recordar las circunstancias que lo llevaron a convertirse en un conspicuo torturador de militantes de izquierda de distintos países de la subregión. Paralelamente, el relato se ocupa de contar las vicisitudes de algunas de las víctimas del oficial represor, prestándole especial atención a Lucía (Carla Ortiz) y Marco (el portugués Carlotto Cotta, al que todos deberíamos recordar por su memorable papel en Tabú y no por esta ignominiosa experiencia boliviana), ella boliviana y él -presumo- portugués, enamorados, casados y, a la postre, capturados y torturados por sus vínculos con subversivos. Si nos remitimos al material promocional de la producción, la sinopsis promete “una historia en la que volvemos a recordar a aquellos que creímos olvidados”, pero, si nos guiamos por sus 110 minutos de metraje, la sensación es la de haber visto una película infame sobre las dictaduras en Sudamérica.

Observaciones técnicas aparte, que sí caben, en términos de puesta en escena hay en Olvidados un incoherente contraste entre la pacatería visual del melodrama de Lucía y Marco y la crudeza sangrienta de los rituales de tortura perpetrados por los milicos contra los revoltosos de turno. Mientras que el romance de los tortolitos merece un tratamiento muy propio de la telenovela y, siendo generosos, del telefilme; la violencia de los torturadores pone a prueba el gusto de Bolado por el cine de acción y terror físico. Y aunque lo primero también puede ser reprochable, lo segundo acaba siendo inadmisible. Tratándose de un tema tan sensible, que hurga en la memoria de las víctimas de las dictaduras y de sus familiares, lo mínimo que valdría esperar de sus realizadores es que hayan reflexionado sobre qué convenía o no mostrar en pantalla, cómo hacerlo y con qué objeto, en especial de las escenas dedicadas a las sesiones de tortura. Sin embargo, el resultado final revela que ni Bolado ni sus guionistas parecen haberse planteado el ineludible dilema sobre cómo y por qué representar la violencia de las dictaduras en esta cinta.

Para entender ese -ausencia de- criterio estilístico y moral, más que el propio filme, quizá resulten iluminadoras las declaraciones de Ortiz, en sentido de que habría elegido a un director extranjero y sin vinculación directa con la temática del filme para así evitar que asumiera una posición (política) sobre la misma (¿Es posible no tomar una posición sobre la represión de las dictaduras sudamericanas de los setenta y ochenta?). Así pues, ese pretendido equilibrio degenera en una puesta en escena escabrosa que podría corresponderse con una película de terror gore (como las que exhiben las herederas más horteras de las sagas Hostel y Saw), pero que, para una cinta basada en hechos reales que juega con personas aún vivas y con recuerdos dolorosos, resulta cuando menos infame.

Por simplificar el análisis, podemos afirmar que Bolado se ocupa de espectacularizar las torturas sobre las víctimas de la dictadura. Y ya se sabe que el riesgo que trae consigo esta apuesta es la banalización de lo que se narra y de quienes están involucrados en la narración. En su mayoría ambientadas en interiores, que simulan los centros clandestinos donde torturaban a los detenidos, las escenas de violencia explícita están iluminadas (con lámparas tenebrosas), fotografiadas (con particular atención en los detalles sangrientos) y montadas (con un ritmo más propio del cine gore y excesivo en flashbacks adornados por efectos inopinados) como para que un espectador no muy atento, en lugar de indignarse y condenar la conducta de los represores, se divierta y regodee con el espectáculo que está viendo, para que disfrute de los regueros de sangre, las aniquilaciones sumarias, los cuerpos heridos y las cacerías a distancia que prodiga el filme.

Para tratar de comprender esta excesiva, aberrante y muy explícita fiesta de sangre (solo de recordar la escena en que torturan al personaje de Cristian Mercado con picana me vuelve el escalofrío), quizá valga la pena recordar otra de las declaraciones de Ortiz previas al estreno de la cinta, cuando aseguraba que con Olvidados pretendía hacer un cine abiertamente comercial capaz de colocar a Bolivia en todas las carteleras del mundo. Pues bien, si con eso quiso decir que la película estaría consagrada a intentar hacer “accesible” la dictadura, a procurar convertirla en un asunto masticable y apto para casi todo público (pues en la boletería advierten que el ingreso es para mayores de 14 años), capaz de alimentar el morbo a plan de violencia explícita y generar un culposo goce por el dolor ajeno, habrá que decir que decirle “trabajo cumplido”.

Y eso que, hasta ahora, solo nos hemos circunscrito a lo que comunican las imágenes del filme. Pues si nos adentramos en lo que dicen sus protagonistas, en forma de diálogos o parlamentos, la cosa de pone peor. Olvidados es generosa en diálogos informativos y pedagógicos, pero, no contenta con eso, se regodea con parlamentos inverosímiles y fascistas. El mejor es ese en el que Ortiz, en pleno cautiverio, alecciona a los detenidos y torturados, acusándolos de radicales. A poco está de justificar la violencia de la que son objeto, aduciendo que ellos mismos actuaron violentamente contra los militares de turno y con ello provocaron una reacción igual de violenta. Ella, en cambio, es una víctima en toda regla, nos sugieren sus palabras. Es la que menos merece estar ahí con esos revoltosos. Solo cometió el error de enamorarse de un periodista “progre” y juntarse con los amigos “subversivos” de éste. De ahí que ni siquiera dude en arrogarse la voz de la sensatez y la conciliación para invocar la “tolerancia” y “el intercambio de ideas”, mientras sus compañeros curan las heridas sufridas a manos los militantes torturados. Parece una broma de mal gusto que, en medio de ese baño de violencia y dolor, Lucía se despache unas lamentables reprimendas contra los militantes apresados y torturados, a los que trata de poco menos que delincuentes, de asesinos que han escogido el camino de la política.

Y ojo que el del personaje de Ortiz es el punto de vista de las víctimas, que acaba teniendo un peso menor frente al del personaje de Alcázar, que es el que ocupa la mayor parte del metraje. En efecto, Olvidados adopta fundamentalmente el punto de vista del torturador arrepentido y, en menor medida, el de la joven víctima de las torturas (pero víctima de todos: de los gorilas represores, y también de esos “radicales” que casi, casi se buscaron la represión).

Ya se sabe que la adopción de un punto de vista entraña consecuencias narrativas, pero también morales, que, en el caso de esta cinta, sugieren una mirada tolerante y hasta justificadora de los torturadores y sus acciones, así como indolente y aleccionadora de los torturados. Y si volvemos al punto de vista del personaje de Ortiz, su desenlace parece sugerir no otra cosa que el olvido travestido de perdón hacia sus verdugos, hacia (alerta por spoiler) los que mataron a su esposo y desaparecieron a su hijo. Con todo, el final de la historia, más que reivindicar a los miles de olvidados que dejó el Plan Cóndor, nos habla de la apuesta redentora sobre el torturador principal del filme.

Olvidados nos deja con la indignación a flor de piel, pero no precisamente por habernos recordado el terror que sufrieron las víctimas de las dictaduras, sino por la infamia con la que sus imágenes banalizan la violencia de los represores y con la que su discurso sugiere la redención de los mismos. Y esto, al menos para el escribe, no es más que una lectura inusitadamente reaccionaria sobre la Operación Cóndor.

Ahora bien, podríamos atribuir el acabado reaccionario del filme al exceso de ingenuidad y torpeza con que, al parecer, operaron los realizadores. Pero, aun siendo esa la principal razón de este despropósito cinematográfico, el daño está hecho. No debería sorprender que la cinta provoque aún mayor indignación entre las víctimas de las dictaduras y sus familiares, acá o en otros países. Aunque, por otro lado, sé que hay muchos otros que han acogido con regocijo el filme y no han escatimado en parabienes hacia Ortiz. Y bueno, una película puede estar abierta a más de una interpretación.

Puede que, después de todo, ésta sea una película apta para este país, o al menos para parte de este país, para esa parte que está acostumbrada a olvidar a sus caídos y redimir a sus torturadores, verdugos y dictadores. Después de todo, por más cambios que hayan pasado y sigan pasando, el nuestro es el país donde el otrora dictador Hugo Banzer Suárez, uno de los cabecillas de la Operación Cóndor, fue elegido Presidente ya en democracia. Quizá sea ésta la cinta que Banzer y sus acólitos estaban esperando.

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Olvidados, una película para el olvido

Mijail Miranda Zapata



Desde hace algunas semanas, incluso meses, se ha visto un gran despliegue publicitario alrededor de la última película boliviana, Olvidados. Los detalles: elenco internacional, director mexicano, producción local, con Carla Ortiz al frente. El discurso manejado por la actriz boliviana, ahora también guionista y productora, siempre fue claro: buscaba hacer cine de entretenimiento. Propósito nada desdeñable. Lastimosamente, el entretenimiento no siempre es inocuo, peor aun cuando se intenta dar algunos pasos por fuera de él.

Como todos saben, Olvidados intenta reproducir uno de los periodos históricos más oscuros de la Latinoamérica del siglo XX. Busca, según la premisa planteada desde el título mismo, traer a la memoria colectiva aquellos capítulos signados por el intervencionismo norteamericano y el nefasto Plan Cóndor, principalmente aquellos que se escribieron y vivieron desde el anonimato. Encomiable.

La historia es narrada desde la perspectiva de un viejo general del ejército boliviano atribulado por los fantasmas de su pasado. Esta propuesta podría haber resultado interesante, considerando lo exquisito que resulta abordar una reconstrucción histórica partiendo de la memoria o los impulsos del criminal, el torturador. Sin embargo, el recurso es desaprovechado y deviene en una sucesión confusa de coincidencias que únicamente dejan claro el ánimo de Ortiz por remarcar su convicción “humanista” y apolítica. Es decir, más que invitarnos a un diálogo con nuestro pasado, la película de Carlos Bolado alienta un ejercicio autómata de rememoración o asimilación, según sea el caso, de caricaturas y anécdotas enmarcadas, con poco tino, valga la redundancia, en un régimen dictatorial.

Ya en los primeros minutos de proyección quedan en evidencia los recursos que signaran el resto del metraje. Se apela, sobre todo, al chantaje emocional, a la remarcada dicotomía entre buenos y malos, al impacto por encima de la reflexión, a la redención imponiéndose ante la justicia. Gato por liebre.

La primera mitad es confusa y parece soñada por cualquiera de las abuelas de Plaza de Mayo, llena de lugares comunes y prejuicios. La segunda parte se desenvuelve con mayor aplomo narrativo, aunque, al mismo tiempo, va confluyendo hacia una fábula de lágrima fácil. La abuela del principio quedaría perpleja y reprocharía con ahínco el devenir de la cinta y sus personajes. Hay heridas que, de no tener la pericia suficiente, es mejor no tocar.

En el final, tras tener en claro, a fuerza de repetición, que los planos y diálogos referidos a los niños nacidos en aquellos años son intencionales, nos queda la pregunta: ¿cuál es el rol que juegan los hijos de las dictaduras? La respuesta, para los realizadores, no entraña mayores dificultades: perdón y olvido. ¿Merece ser vista una película que es incapaz de cumplir siquiera medianamente con su premisa fundamental? La respuesta también es fácil.

Olvidados intenta copiar las edulcoradas fórmulas del cine hollywoodense y lo hace mal. No porque haya sido incapaz de seguir el manual a la perfección, sino porque opta por el peor rostro de la industria y toma como leitmotiv hechos de gran complejidad simbólica. Se vale de la violencia como entretenimiento y para amainar ese cauce morboso le añade un discurso facilón de reconciliación, tolerancia y amor. Un cóctel dulce y aburguesado, pero, a la vez, efectivo y bien cargado. El entretenimiento, lo saben Ortiz y Bolado, no tiene su fortaleza en los finales felices, sino en la experimentación de sensaciones y pasiones extremas, pero sin correr los riesgos ni asumir los compromisos que implicarían en sus verdaderos contextos. Aplicar esa dinámica, coronándola de moralejas reaccionarias de fingida hondura, en un periodo de nuestra historia aún irresoluto tiene algo de indigno.

En algunas entrevistas Bolado dejó constancia de lo difícil que fue conciliar con Carla Ortiz algunas perspectivas y propuestas referidas al filme. Al parecer, finalmente, el mexicano no supo hacer prevalecer su criterio artístico y accedió a las formas del culebrón televisivo de su país, a los tediosos monólogos de la cochabambina, impregnados de ignominia y reflexiones adolescentes.

Queda claro que para hacer cine de calidad no bastan las buenas intenciones ni la concreción de ambiciones. Sin embargo, a Ortiz no se le puede quitar el mérito de haber reunido un gran elenco, con un Tomás Fonzi correcto, un Cristian Mercado brillante, pero desaprovechado, al igual que Manuela Martelli, Fernando Arze y la lista podría seguir. Tampoco es posible reprochar el gran despliegue técnico y profesional, ni la impecable factura comercial del producto, alfombra roja incluida. Es por eso que, a futuro, por el bien del cine nacional, esperamos tener una Carla Ortiz cada vez más entregada a la producción y menos vinculada al guión o, cuando menos, tenerla detrás de cámaras mucho más que frente a ellas.

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Olvidados: un insulto a la memoria

Ricardo Bajo H.



Olvidados del director mexicano Carlos Bolado es una película sobre el Plan Cóndor y el robo de niños por parte de los militares (su final es sumamente previsible). Bolado –cineasta con pasado en el documental y la edición- entrega una obra donde se notan las costuras y mañas de los telefilmes y esos documentales ficcionados de la televisión por cable (las pausas para la publicidad son muy evidentes).

Olvidados cuenta con un reparto desigual (hay presencia boliviana con Carla Ortiz -también guionista y productora del filme-, Cristian Mercado, Luis Bredow y Jorge Ortiz, entre otros) y su mayor hándicap es su extravío permanente, la abusiva utilización de los “flash back” y las tintas sensacionalistas cargadas en las escenas de torturas “gore”.

El maniqueísmo simplista y el revisionismo sobre un oscuro episodio de nuestra historia (explicado para “marcianos”) irrita. El llamado a la tolerancia es políticamente correcto, pero deslizar “sutilmente” que los responsables genocidas de 30.000 desaparecidos, 50.000 asesinados y miles y miles de torturados tuvieron la misma “responsabilidad” (ambos odiaban y usaban la violencia) que los luchadores y militantes anti-dictadura es un agravio a la memoria colectiva y particular. ¿Para quién se hizo esta película? Y sobretodo, ¿qué hace el Ministerio de Culturas apoyando una película reaccionaria donde los militares golpistas y torturadores se redimen y los guerrilleros y guerrilleras son condenados al olvido?

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