Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de octubre de 2019
  • Actualizado 15:38

UN REPASO DE LOS FILMES BOLIVIANOS QUE SE DESTACARON EN LA ÚLTIMA DÉCADA

Días de película

Eran las cuatro de la tarde de un sábado de marzo, continuaba en mi afán de corregir exámenes, cuando me llegó un guión de mi hermano. “Es para Un día de película”, me explicó, “queremos convertir la Plaza Principal de Cochabamba en un set de grabación”. Tomar la plaza en nombre del cine, me parecía, hundida como estaba entre mis responsabilidades académicas, la mejor idea del mundo. No se lo dije, claro, por esa rivalidad entre hermanos y porque creo que él nunca me toma en serio. Más de una vez se vio obligado a aclarármelo: él hacía cine; yo no. Escribir sobre cine equivale para muchos (especialmente para los creadores) a no hacer cine, a no entender del todo su naturaleza y a adoptar una actitud pasiva en lugar de activa. Disipé la imagen mental que tenía de mí en la plaza, dando órdenes a mi asistente de dirección, buscando con ojos eufóricos a mi gaffer, implorando por más luz, por menos luz, ¡por más y menos de todo! Reemplacé esa imagen por la adrenalina de la escritura, por una columna más de Chica Almodovar; después de todo, cada uno es responsable de sus propias ficciones…
Es verdad que todos los días son buenos para reflexionar acerca de nuestro cine y, en el Día del Cine Boliviano, es casi una obligación. ¿Pero qué es lo que realmente  ha sucedido con el cine en Bolivia en estos últimos diez años? La pregunta daba para enloquecernos durante más de un día; hoja y media tenía yo. Si pienso en qué tienen en común las películas bolivianas que más me han impactado en estos últimos diez años, habría que decir que se distancian de las de generaciones anteriores tanto por sus temáticas como por sus propuestas fílmicas. Todas ellas han logrado algún reconocimiento internacional y sus creadores no llegan aún a los 35 años de edad. Cada una de estas películas ha sido un aporte para que podamos movernos más allá del debate del digital en torno al acceso y comenzar a plantear otro en torno al digital como herramienta, no para hacer películas de una manera diferente, sino para comenzar a pensarlas de una manera diferente. Además, en ellas se plasma el conjunto de valores, tradiciones, símbolos, creencias y modos de comportamiento que funcionan como marcadores o elementos de identificación dentro de nuestra sociedad por un lado, y por el otro aquel conjunto que funcione como marcadores de una cultura global con la cual el boliviano dialoga. Estas películas permiten mirarnos en la pantalla para entender mejor cómo las nuevas generaciones recreamos, usamos, leemos, y negociamos representaciones culturales de nosotros mismos, redefiniendo el tema de la identidad boliviana.
Entre estas películas está por supuesto una de nuestras más experimentales en cuanto a forma: Dependencia sexual (2003), que hace un comentario al tema de clase, raza y género en Bolivia a partir del tema de la sexualidad y el amor adolescente. Rodrigo Bellott cuenta sus historias desde múltiples perspectivas, haciendo uso de sus dos pantallas digitales. Bellott es sumamente importante para nuestra cinematografía contemporánea porque con Dependencia sexual logra manipular el lenguaje cinematográfico para deconstruir el discurso jerárquico de clase, raza y género, dejando por un lado que el espectador formule su propio juicio acerca de lo que está viendo y, por el otro, desestabiliza la idea de un espectador “voyeur”. En el modelo clásico del plano contra plano, el espectador surge desde tomas interconectadas o suturadas unas a otras. Su posición como sujeto espectador es definida a partir de este modelo de sutura. En cambio, en la pantalla dividida de Bellott, se hace un uso no tradicional del elemento cinematográfico del plano –contra plano al contarnos, por ejemplo, acerca de una agresión sexual. Tenemos el plano 1 en la pantalla de la izquierda: un close-up de Jessica (la joven mujer de clase baja) pero, simultáneamente en la pantalla de la derecha, vemos lo que sería el plano 2 o contra plano: un primer plano del joven (hombre de clase alta) mirando a Jessica mientras se aprovecha de ella. A continuación, la cámara de Bellot en este “plano – contra plano simultáneo” se acerca y se aleja de los rostros dando la sensación de mareo en lugar del corte tradicional existente en un plano – contra plano. Al verlos simultáneamente, y enmarcados por el movimiento circular que hace la cámara, la etiqueta de “agresor” y “víctima” ya no es tan clara y las identidades de clase y de género quedan, a su vez, desarticuladas. De esta manera se le otorga al espectador de Dependencia Sexual una posición más democrática, a la vez que  aprende a ver cine de una manera diferente. Denso pero genial.
Por otro lado, diez años después, tenemos una película que desde su propuesta argumentativa, actores testimoniales o vivenciales y minuciosa puesta en escena, rompe con esta dicotomía entre ricos y pobres. El olor de tu ausencia (2013) de Eddy Vásquez no se habla sobre esta u otra categoría de identidad ni se intenta desarticularla, lo que se propone es un universo narrativo propio que habla por sí mismo desde lo que es: la periferia. De esta manera logra que el margen se haga centro. El tipo de subjetividades marginales que se representan tanto en El olor de tu ausencia, como en La Chirola (2008) de Diego Mondaca (a través de la historia del convicto Pedro Cajías) y en Airammpo (2008) de Miguel Valverde y Alexander Muñoz (por medio de un pueblo con su propia lógica real y maravillosa), son sumamente importantes en nuestro cine para descentrar una narrativa que, muchas veces, favorece a representaciones comunes, mainstream o que ya han ocupado un espacio privilegiado en la historia del cine nacional.
Por último, en varias de estas películas, la categoría conformada alrededor del machismo se ve desestabilizada. Lo interesante es que no ocurre por la representación de una nueva mujer en el cine boliviano como puede ser una lectura de la película Zona Sur (2009) de Juan Carlos Valdivia o de Casting (2010) de Dennise Arancibia y Juan Pablo Richter (ambas muy bien logradas), sino desde la exploración de subjetividades masculinas marginales a la sociedad boliviana. En Dependencia sexual, esto se logra a través de la presencia del travestismo y el homosexualismo y en Lo más bonito y mis mejores años (Martín Boulocq, 2006), en El olor de tu ausencia y en La chirola a través de la amistad homosocial. Si bien la subjetividad masculina en estas películas desafía al machismo tradicional en algunas escenas, como en las que se demuestran emociones y sensibilidad, especialmente cuando entre hombres utilizan la frase “te amo”, es todavía algo que hay que aclarar: “pero sin mariconadas” enfatizan los personajes de Boulocq. Este tipo de mirada en el cine, pese a que en otros países dentro y fuera de Latinoamérica es más común, en el cine boliviano representa un quiebre. Se le brinda la oportunidad al espectador de alejarse de las ideas tradicionales de la conceptualización y representación tradicional de la subjetividad masculina con fuertes raíces en el machismo, para explorar y darse cuenta de la existencia de otro tipo de subjetividad masculina

Y así podríamos continuar por días y hojas, reflexionando acerca de algunas maravillas del cine nacional de autor de los últimos diez años y el rol del digital en revoluciones no sólo tecnológicas sino de orden social y cultural, pero ya es hora de poner punto final a esta columna. Nos espera, ¡otro día de película!
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