Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 21 de septiembre de 2019
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Desvelo o la soledad del hombre

Una reseña al libro de cuentos del escritor cruceño Saúl Montaño, publicado por la editorial La Perra Gráfica.
Desvelo o la soledad del hombre

“Como lectores regresamos a los lugares donde fuimos felices”, dijo Saúl Montaño en una entrevista que se publicó en la revista Suburbano. Como escritores no: regresamos a los lugares que nos quebraron. Desvelo, libro de cuentos de Montaño publicado en 2016 trata sobre eso, y algo más

La perra gráfica es una editorial artesanal. Cada libro que realiza tiene una precisión de orfebrería, desde la tapa (Desvelo fue diseñado por el artista Jugo Gástrico), hasta los interiores (diagramado por Fabiola Varnoux B.). Ningún libro es igual y sólo se publican entre 300 a 400 ejemplares (tengo en mis manos Aquí hay icebergs, de Katya Adaui, Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera y Desvelo). La perra gráfica, que es una editorial modesta, apuesta a eso. Y apuesta bien: el lector sabe que encontrará calidad.
Saúl Montaño nació en Camiri y, además de escribir, hace stand-up comedy en locales de Santa Cruz. Es abultado y recio, tiene el cabello cortado al ras, y tiene una mirada dura y una sonrisa sincera. Estudió Derecho en la Universidad Gabriel René Moreno y, aunque, mantiene un perfil bajo, escribe con fuerza y dolor revestido de humor (eso sí, con cierta tradición de Carver, Cheever y Bukowski), y tiene un blog llamado Hay vida en Marte en el que publica a escritores bolivianos.
Desvelo consta de siete cuentos que retratan la soledad del hombre en medio de una ciudad que es ajena a él. El hombre clase media-baja que recorre la noche entre bares, alcohol y rostros de mujeres que serán olvidados a la mañana siguiente o que serán recordados como una herida vieja y aún abierta, que jamás logró cerrar.
Saúl Montaño utiliza una prosa directa, sin adornos, de frases cortas, y eso hace que el ritmo sea endiablado. Como en Días de moto, el primer cuento, que trata sobre un hombre que recorre las carreteras de Santa Cruz gritando, casi desaforado, “¡El poder!”. Tiene un accidente, pero lo que más le importa es la noche y la carretera, y tiene, además, el dolor de la pérdida (¿amor perdido?, ¿rumbo perdido?)

Cuando empecé a leer Desvelos creí encontrar los habituales paisajes de postal que hay en muchos libros escritos sobre Santa Cruz (muy al estilo de la película Soren, de Juan Carlos Valdivia, que más que película es un largo spot). Me equivoqué, pero no se me malentienda: Saúl escribe sobre Santa Cruz y sólo le basta crear un par de imágenes (como: “…a ratos veía grandes silos o la superficie plana de sembradíos”; como: “Desde una colina observé el paisaje tórrido y creí que en este lugar era donde debía morir”) para ambientar su Santa Cruz: llena de cuarto sucios, calurosos, con cuerpos de mujeres fugaces

Los personajes de Desvelo están quebrados y cuentan ese su dolor. Creo que Ricardo Piglia dijo que un buen cuento son dos historias (y puso el ejemplo del hombre que gana un millón de dólares en un casino, va a su casa y se suicida). La primera historia, como en un iceberg, es la trama. Pero lo importante es la segunda historia, eso que hace que leamos una y otra vez el cuento, y regresemos una y otra vez a “esos lugares donde fuimos felices”

Creo que también Borges dijo que un buen cuento tiene una revelación que no se produce. Es decir, que durante la media hora o la hora en que se lee el cuento de un tirón hay una revelación que el lector está a punto de tener, pero justo en el momento en que parece que se dará, la historia termina y todo se esfuma y queda en el lector una sensación de vacío en el estómago.
Desvelo tiene esos dos ingredientes: el lector no quedará defraudado

Periodista y escritor - [email protected]