Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 06 de julio de 2022
  • Actualizado 13:14

Delgadas líneas

Sobre ‘El Último ermitaño’, de Michael Finkel –traducido por Camilo Barriga–, crónica periodística publicada en Bolivia por la editorial Electrodependiente
‘El Último ermitaño’, de Michael Finkel, (al medio) es uno de los títulos que tiene disponible la editorial Electrodependiente. CORTESÍA
‘El Último ermitaño’, de Michael Finkel, (al medio) es uno de los títulos que tiene disponible la editorial Electrodependiente. CORTESÍA
Delgadas líneas

A menudo los contrarios son la misma cosa. De pronto, lo que normalmente sucede, es que pasan desapercibidos a nuestros sentidos. Las líneas que separan lo uno y lo otro, suelen ser delgadas. Pero cuando tenemos suerte, esas líneas están bien escritas. El Último ermitaño de Michael Finkel, traducido por Camilo Barriga y publicado en Bolivia por la editorial Electrodependiente, es una crónica con una investigación periodística profunda, que se entremezcla con una narrativa potente, valiéndose de medios que solo la escritura puede ofrecer, para dar carne a un hombre que durante la mejor parte de su vida no estuvo ahí. A Christopher Knight, el protagonista, el contraste que le tocó vivir fue el de perderse en el bosque para luego aprender a desaparecer entre la gente. ¿Cuántos de nosotros somos familiares con ese sentimiento? Pues fue a Christopher a quien se tragó la tierra… y luego volvió a escupir cerca de treinta años después.

Christopher fue “por casi treinta años un fantasma que acechó los bosques centrales del Estado de Maine [...] robando lo que necesitaba para sobrevivir”. El contraste que le tocó vivir a las personas de su alrededor fue el de encontrarse con la extrañeza de una verdad difícil de digerir. Después de todo, “para los lugareños asustados [Cristopher] se convirtió en una leyenda - o quizás un mito”.

Finalmente, para quienes leamos el texto, el contraste al que nos enfrentamos no estará en si podemos creerlo o no, sino en cómo separamos la realidad de la ficción, en dónde ponemos la línea. La literatura, y en especial la ficción, son maneras de desaparecer, aunque sea por un rato, y aunque El último ermitaño es una crónica de hechos reales, en cuanto literatura cumple con esto de principio a fin. Michael Finkel fue consciente de lo que el narrar le regala a los hechos a la hora de escribir su libro.

Nuestro autor, periodista de profesión, ejerció una carrera que fue de la mano con el New York Times, con la publicación de ocho artículos de formato largo, hasta el año 2002, en que se descubrió que había utilizado entrevistas a varias personas para crear un protagonista compuesto en una historia acerca de la trata de esclavos en África. En una nota de los editores al artículo (el cual todavía se mantiene en su página web), el Times hace referencia a las “técnicas narrativas inadecuadas” de Finkel, diciendo que sus “políticas prohíben [...] el uso de dispositivos ficticios en materia factual”. Lo que el Times no pudo integrar en su tipo de narrativa, fue más bien importante para Christian Longo, un asesino que durante sus días en fuga utilizó el nombre Michael Finkel como pseudónimo, con la esperanza de llamar la atención del autor para contar su historia. Esto dio lugar a la primera crónica de Finkel, con la cual obtuvo una nominación al premio Edgar Allan Poe, en la categoría crimen factual. Varios años después, el 2013 con exactitud, Finkel se enteraría del caso de Christopher Knight  (un hombre que fue arrestado, luego de alejarse de la sociedad para vivir en los bosques de Maine durante casi 30 años)  y le escribiría una carta a la cárcel en la que se encontraba preventivamente mientras su caso estaba a la espera de un veredicto.

La crónica comienza introduciendo a Knight como un fantasma, una presencia que oscila entre lo real y lo irreal, y posteriormente se concentrará en darle carne, en hacer que cruce la línea de vuelta, no solo físicamente como el sistema judicial logró, sino como un contraste acerca del misterio de lo que entendemos por un ermitaño. El autor posteriormente describe cómo su relación avanza con Christopher a través de una serie de cartas que intercambian y en las que el ermitaño se ríe y se lamenta del título que se le ha otorgado. Las cartas dan lugar, a su vez, a una visita en la cárcel, y esa a varias otras. Juntando las horas de conversación “en persona” que mantuvieron y las cartas que intercambiaron con toda una investigación (recopilación de artículos periodísticos, entrevistas a locales, familiares y otras personas involucradas), se genera una escritura que, capa por capa, es capaz de reconstruirnos a Knight. El lenguaje de esa escritura es familiar a la importancia de su relato, y lo presenta casi sagrado, acercándose a la posibilidad de poder decir algo más que: aquí pasó algo. Nos acerca al misterio de lo sucedido, enfocando lo que está muy próximo, lo que es real, y que por tanto puede pasar desapercibido. 

El hecho de que el estilo de Finkel se entremezcle con un dispositivo narrativo tan fino como el de la ficción, no lo hace menos real.  Nos propone que la delgada línea que separa realidad y ficción, esa línea que también evita que desaparezcamos del mundo moderno, adentrándonos un día en el bosque o encerrándonos en nosotros mismos, es en realidad imaginaria, pero no en un sentido personal y consentido, sino, al contrario, gobernante, inclemente. De ahí la necesidad de escribirlo, de contar esa historia para poder desaparecer.

De pronto la afirmación tímida de Finkel acerca de la figura de Christopher como un mito puede ser muy acertada. Un mito nos narra una situación y justifica esa situación nueva en el mundo, nos la presenta como una realidad de nuestra civilización. De pronto Christpher Knight es el héroe ejemplar de todos los que en algún momento desearíamos desaparecer, sin contar los motivos, incluso sin motivos. Y su historia desdibuja las líneas que contornean lo que acostumbramos, dictando que ya no son capaces de sumar satisfactoriamente la realidad. Pero los mitos se cuentan y se recuentan. Van de boca en boca y de texto en texto. Finkel inició este. Aquí es necesario mencionar la sensibilidad del trabajo traductor de Camilo Barriga, quien nos contó, a su vez, a su manera, este relato. Haciéndonos amable la transición desde aquello que presuponemos hasta lo que pasó desapercibido, él le va dando al lenguaje de Finkel una proximidad local que trae a Christopher Knight y a su bosque a nuestra realidad con el menor choque posible.

Estudiante de filosofía y miembro del grupo de crítica literaria de la carrera de filosofía y letras UCB - [email protected]