Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 27 de septiembre de 2021
  • Actualizado 05:07

Cuando el cine alivia la situación

Una mirada desde del séptimo arte, a raíz de la situación reciente en Afganistán, como un mecanismo para comprender el caos y el horror de los conflictos. 
Un fotograma de la película documental animada ‘Vals con Bashir’. SONY PICTURES CLASSICS
Un fotograma de la película documental animada ‘Vals con Bashir’. SONY PICTURES CLASSICS
Cuando el cine alivia la situación

Los últimos conflictos en Afganistán demuestran que la política se encuentra en convivencia con la guerra de forma acérrima. Más allá del nauseabundo conflicto que deriva en la muerte, la misma es aprovechada por políticos y deliberantes, quienes demuestran intereses propios por encima de la pacificación de un territorio. 

Lejos de la provocación y la batalla, la cultura funge como anestesia de los conflictos sociales, donde la política participe lo menos posible, y que sea más bien un símbolo producto del esperpento, el terror y el miedo. 

Es ahí donde la cultura alcanza la máxima expresión de ser un mensaje que busca transmitir, por encima del contexto conflictivo, los sentimientos de entonces para la posteridad. Puede ser casi inmediato o esperar varios años, pero queda como documento o testimonio para el futuro. 

La música, la pintura, la literatura y el cine, relucen la situación del caos y el horror, y, sobre todo, muestran el otro sentimiento del que sufre por el conflicto. Si bien toda demostración cultural ayuda a entender el horror, el cine, al relatar de forma visual, puede ser difundido con mayor facilidad, y puede ayudar a entender de forma más clara la situación para propios y extraños. 

Waltz With Bashir es el ejemplo claro de la herencia de la guerra y del trauma convertido en arte. Esta película demuestra el horror de la guerra en el Líbano, que sucedió en la década de los ‘80, como una mirada propia de los militares israelíes, sin tomar bandera política o encubrir crímenes de guerra. 

Esta cinta, que puede traer un ‘deja vú’ a más de uno con la situación actual de Afganistán, no es sólo una mirada peyorativa de la guerra, sino que también defiende la hipótesis de la cultura como herencia, en la que se revoluciona al cine animado, con tinte propio y tocando temas que rompen el típico ideal de “lo animado para los infantes”, convirtiéndose en la primera película animada de habla no inglesa que era nominada a un Oscar, fuera de la categoría de animación. 

En Sudamérica, el cine también hace de testigo del horror, sobre todo en la etapa de dictaduras. La Noche de los Lápices Rotos, es uno de los tantos ejemplos, película de 1986 que retrataba lo más crudo de la tortura de la dictadura militar argentina. Ejemplos muchos, más el sentido llega a ser el mismo; documentar lo sucedido, demostrar el sentir propio para los ajenos. 

El cine fue uno de los más afectados por la dictadura en Argentina, como en muchas otras dictaduras en el mundo. Muchas películas fueron censuradas en el periodo militar de ese país, por considerarlas incitadoras frente al gobierno, con ideas comunistas o de rebelión. Injustamente tachadas, esta práctica afectó a cintas como la Naranja Mecánica que llegaban del extranjero, pero que daban un fuerte y claro mensaje a los cineastas argentinos al momento de censurarlas: “No hacer cine de libre pensamiento”.

Por otro lado, la función de la cultura que atrapa más a los espectadores es cuando funge como calmante de la situación caótica de un territorio, cuando incluso hace de protagonista en el suceso, reflejando la situación y deliberando acerca de lo que sucede en el preciso momento. 

Si se quiere hablar de Afganistán y su situación con los talibanes, Osama de 2003, es el ejemplo perfecto. Película que relata la historia de una joven que debe disfrazarse de varón para pasar desapercibida y evitar las restricciones de los talibanes. Esta cinta, aclamada en su momento, narra una historia real y se acerca a la situación que muchas mujeres deben pasar para evitar el desprecio por ser mujer. En lo histórico, la cinta se recuerda como la primera cinta afgana después de la caída de los talibanes, lejos ya de este 2021 y la victoria del Talibán. 

En el núcleo de la guerra con el Talibán, Kandahar es una película afgana producida fuera de su país, que retrata la vida de los refugiados afganos fuera de sus fronteras, algo que, si bien se muestra como una historia ficticia, en realidad es la cruda representación de lo que se vivía aquel entonces. 

A fines de la década de 1990, la televisión y el cine fueron prohibidos por los talibanes en aquel país, por ser consideradas como una “falta de respeto” hacia la religión. Con el paso del tiempo, pareciera ser que el cine demostró ser un arma silenciosa, quizás por eso es que causaba tanto temor en quienes poseían un arma de fuego, y censuraron el contenido de manera deliberada. 

Es así entonces, que el cine, como en otras expresiones del arte, arroja joyas censuradas, que contra “viento y marea”, penetran en el imaginario colectivo, para informar sobre el suceso y potenciar más la funcionalidad de medio de comunicación que tiene el cine. Rebuscando, se pueden encontrar miles de ejemplos, pero todos se basan en el mismo mensaje. Con eso último, no se quiere decir que se puede sacar algo “bueno” de los conflictos que derivan en la pérdida humana, más es la evidencia de lo que el ser humano es capaz para destruir su entorno.

La documentación del horror, plasma la situación, describe detalles olvidados y grita sobre algo que podría volver a ocurrir, en el mismo territorio como fuera del mismo. De eso se encarga el cine, de servir no sólo como memoria, sino también como anestesia para aliviar la situación. 

Comunicador egresado de la Universidad Privada Boliviana