Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 06 de octubre de 2022
  • Actualizado 20:55

Crónica de un gigante dormido

El teatro Achá, de más de 155 años de antigüedad, tiene previsto su reapertura dentro de tres a seis meses, según dio a conocer la Alcaldía de Cochabamba. A través de este texto conocemos a los guardianes de este espacio escénico y lo que representa las tareas de cuidado de este sitio patrimonial
Una vista al teatro Achá. TURISMO BOLIVIA – BULLDOG
Una vista al teatro Achá. TURISMO BOLIVIA – BULLDOG
Crónica de un gigante dormido

Es un día ajetreado para don Ramiro Ramírez, tramoyista y guardián del gran Teatro José María de Achá desde hace más de 30 años. A pesar de estar cerrado desde 2019, las tareas en el lugar no han cesado, según afirma don Ramiro al momento de ser entrevistado, quien deja el lugar de la entrevista a cargo de su nieto Alejandro Bustamante, técnico, escenógrafo y director teatral.  

El teatro Achá es uno de los centros patrimoniales mas importantes de la ciudad de Cochabamba. Se trata de una construcción que data de 1578 fundada como convento por la orden religiosa de San Agustín. Posteriormente se refunda en 1864 como “Teatro de la Unión Panamericana”. Luego en 1876 se cambia el nombre por “Teatro José María de Achá”. La infraestructura de mas de 400 años de antigüedad es nombrada Patrimonio arquitectónico de la ciudad de Cochabamba en 1967.  

Alejandro se sienta en una de las salas principales del templo-teatro, la alfombra y terciopelo rojo de los sillones contrastan con los marcos dorados de los distintos espejos, el frio mármol extendiéndose por el suelo conducen a la salita donde un piano antiguo descansa. Tres estatuas que retratan a las musas de la inspiración dan la bienvenida a los espectadores que cada fin de semana llenaban las butacas de este importante centro cultural. Tras la pandemia, solo el eco llena la gran sala oval. 

“Al teatro nos hemos mudado cuando yo tenia mas o menos siete años, en la noche cuando se cerraba el Achá mi abuelo siempre entraba a llenar el tanque de agua de arriba, a revisar que estén cerradas las ventanas yo le acompañaba, era un viaje, podía subir con él en medio de la oscuridad y el lugar me parecía inmenso. Si ahora el teatro me parece gigante imagínate a esa edad”, afirma Alejandro. 

El espacio mítico e imponente, según leyendas urbanas “embrujado”, jamás provocó miedo en don Ramiro. “Él viene del teatro municipal de La Paz, trabajó ahí por 15 años más o menos y es más pesado todavía, ahí si hay almitas”, cuenta Alejandro quien relata la basta experiencia de su abuelo en el manejo de teatros en toda Bolivia.  Realza su actitud poco temeraria y asevera que don Ramiro, de tanto en tanto, desmiente los rumores sobre fenómenos paranormales que se han extendido “boca a boca” entre ciudadanos cochabambinos. 

Los mas de 45 años dedicados a “estar allá atrás siempre”, como dice Alejandro, convierten a don Ramiro en un maestro de la gestión teatral, administración de espacios patrimoniales y preservación del teatro Achá. Sus conocimientos y experiencias son bastos. “Han intentado durante varias gestiones que él enseñe a nuevas generaciones, pero no aguantan. Siempre renuncian o se van. Le tienes que tener amor a este lugar, dedicarle realmente tu vida y todo tu tiempo, no es un trabajo de ocho horas que termina la jornada y a dormir, no, sobre todo en un castillo tan grande como este que necesita de cuidado constante. No es fácil, requiere un compromiso y diálogo constante con el espacio”. 

Alejandro habla del teatro como si estuviese vivo. Se respira un aire frio, como si la infraestructura entera respirara. Es un gran gigante dormido o así es visto por la familia de don Ramiro que vive en una casita medias aguas al extremo noreste del teatro. 

Alejandro continúa con su relato luego de ser interrumpido repentinamente (cual si fuese rugido) por el crepitar de la madera. “A él lo han reclutado chango en La Paz. Me contó que había carreras de cochecitos de madera, tu tenías que construir tu cochecito y con eso competir, dice que se estaba haciendo un super coche, cuando el entonces director del Teatro Municipal de La Paz se le acerca y le pregunta: ‘¿Quieres trabajo? Vente al municipal mañana en la mañana a primera hora, trae tu autito’. Tenía más o menos 15 años. Le ofrecieron trabajo como aprendiz de sofista, la persona encargada de mover toda la cuestión de atrás, telones, cuerdas, etc; y luego con el tiempo aprende el oficio de tramoyista y escenógrafo”.

Don Ramiro conocido mayoritariamente como técnico o tramoyista también es escenógrafo. “Había tenido alumnos, yo no sabía”, comenta Alejandro, ya que “es especialista en un tipo específico de escenografía. Trabaja sobre fondos que generan profundidad en la escena. Tiene una técnica, pinta sobre grandes lienzos construidos por él mismo, que de acuerdo a la necesidad; se convierten en fondos, paisajes, árboles, o lo que sea necesario para las distintas obras de danza y teatro. Tiene hartas escenografías de distintas obras atrás del escenario”. 

“Me pongo a pensar en todas las cosas que ha hecho y no se le reconoce, por ejemplo, él ha diseñado y construido la parrilla del teatro Centenario de la ciudad de Potosí. Y en el Teatro Mariscal de Sucre también colaboró con la construcción de la parrilla. Eso es cancha antigua, yo por ejemplo tengo tiempo trabajando en teatro, pero no podría saber cuánta madera se necesita para construir una parrilla o que madera es mejor, qué tipo de viga soporta más peso. Esos conocimientos de antes han debido venir de diálogos que el mantenía desde que trabajaba en el Municipal de La paz, sin escuela, sin universidad que enseñe como diseñar un escenario, él se hizo cargo y aprendió”.

Sobre el vacío y la ausencia

Son más de dos años de ausencia del público en los escenarios municipales. Se ha pasado del ajetreo usual de fin de semana a la quietud total de los salones y del escenario. Del correteo que suponía las presentaciones diarias en el teatro a la completa paralización de las actividades artísticas. El silencio es evidente y afecta principalmente a los trabajadores que han dedicado su vida al servicio de proteger y mantener el patrimonio de las y los cochabambinos. 

“Antes todo el tiempo se charlaba con la gente que venía, era muy amable con todos, no era su trabajo, pero insistía en ser quien reciba las taquillas del público y le mandaba al taquillero oficial a acomodar a la gente. Nunca fue su trabajo recibir boletos, pero le gusta por que charla con las personas y lo reconocen. Son más de dos años de silencio, se siente, se le ve en la mirada, hay una soledad que creo que para un hombre que siempre vivió rodeado de artistas, haciendo bromas; le pesa. Y no solo a él, lo ves en doña Teresa, don Abraham o don Germán, que son trabajadores antiguos, están sentados en silencio; esperando que todo vuelva a su dinámica usual y se siente esa espera. Hay mucha energía cuando el teatro esta lleno de gente, se siente otra cosa, tiembla; y cuando se van todos dejan algo, no está tan vacío como ahora”.

La famosa rata

Hay una anécdota que le encanta contar a don Ramiro, la anécdota de la rata; vista a través de la mirada de su nieto que la relata como la recuerda: “Creo que era en una presentación del ballet de Waldo Albarracín, lo recuerdo bien, yo estaba chiquito sentado en un lugar “privilegiado” desde donde se veía todo. Era un momento bien dramático de la obra había una bailarina vestida de blanco que repentinamente se frena y abandona la escena, el público ahoga un grito. Una rata gigante, de aquellas que parecen gatos, aparece bajo los reflectores y se levanta en dos patas. Inmediatamente detrás de ella, sale mi abuelo con una escoba directo a matarla en frente de todo el público, estaba repleto, no había ni un asiento disponible; se la sacó barriendo como si no hubiese pasado nada y luego sacó su cabeza pidiendo disculpas al público por la repentina interrupción del roedor”, recuerda Alejandro riendo. “La obra no fue lo mismo después del incidente de la rata que fue la protagonista esa noche”, relata Alejandro. 

Alejandro distingue una actitud que siempre se nota cuando hay cambio de autoridades: “Entra gente que no conoce a los trabajadores e ingresa a administrar los espacios municipales y no tienen conocimiento del legado de varios trabajadores que dedicaron su vida a mantenimiento de estos, los tratan como simples empleados, como si fueran reemplazables en cualquier momento”.

Esta pasada semana, la Secretaría de Desarrollo Productivo, Turismo y Cultura de la Alcaldía de Cochabamba anunció la reapertura del Gigante Dormido, el gran Teatro José María de Acha. Comprometiéndose a la vez en crear un nuevo espacio municipal dedicado a las artes escénicas, un nuevo teatro. Lastimosamente, Alejandro cuenta que las anteriores administraciones no se han ocupado de refaccionar los equipos del Achá ni mucho menos la infraestructura que peligra por problemas de humedad y abandono municipal; aspectos que se estarían analizando tras la ejecución de una auditoría interna al lugar, según Enrique Mendieta, secretario del desarrollo productivo de la Alcaldía.  

“Los creadores necesitamos más espacios, es verdad, pero también necesitamos que se cuiden y equipen adecuadamente los que ya tenemos, espero que la Alcaldía tome cartas en el asunto y no deje morir a este gigante que es patrimonio de todos los bolivianos”, dice Alejandro mientras recorre el espacio vacío con su mirada. 

Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” Regional Cochabamba.