Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 07 de diciembre de 2019
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HISTORIA

La construcción de Bolivia a bala, piedra y palo

Reseña del libro “A bala, piedra y palo”. 
Portada del libro.
Portada del libro.
La construcción de Bolivia a bala, piedra y palo

En su afán de recuperar documentos que ayuden a la construcción de una identidad histórica e intelectual de Bolivia, la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), en su colección Historias y Geografías, recupera investigaciones, ensayos y textos de carácter académico que no han tenido la difusión adecuada. Es el caso de “A bala, piedra y palo”. La construcción de la ciudadanía política en Bolivia, 1826-1952, de la historiadora española Marta Irurozqui. El libro es reeditado después de ser publicado por la Diputación de Sevilla, al ser ganador en 1998 del premio del concurso Nuestra América. 

Inscrita dentro del área de historia política, la obra es una lectura de la autora de cómo los bolivianos han construido y aprehendido su ciudadanía (entendida como el reconocimiento de las personas sobre una serie de derechos políticos y sociales que le permiten intervenir en la política de un país determinado), así como de las distintas visiones de partidos dominantes y jefes de Estado sobre las formas de gobernar Bolivia. A pesar de que el título enmarque el estudio desde 1826 hasta 1952, se toma un marco temporal más específico: de 1880 a 1932, etapa transcendental en la historia nacional, tras la derrota de la Guerra del Pacífico (1879-1884) que llevó a la intención, tras una caótica etapa caudillista (1825-1880), de refundar Bolivia con base en un sistema democrático. 

Tomando como muestra este lapso, infiero que la, aún en trabajo, construcción de la política boliviana está sintetizada en derrocamientos, golpes de Estado e instauraciones de gobiernos de facto. Se establecen periodos más o menos democráticos en los que la oposición (y en algunos casos, jefes militares), ante su discordancia con el gobierno de turno sobre la manera de administrar el país, ha accedido al poder de manera ilegítima a través del fraude, la infracción electoral y la toma de las armas. Por otra parte, ha ganado adeptos a través del clientelismo (tendencia a favorecer, sin la debida justificación, a determinados partidos políticos para lograr su apoyo), el cohecho (soborno) y coacción (violencia física o psíquica sobre una persona para obligarla a decir o hacer algo contra su voluntad).

Ante un estudio de la magnitud que propone Irurozqui, he decidido separar este análisis en cinco subtítulos. El primero aborda de manera breve las nociones de democracia y gobierno de la etapa caudillista (1825-1880) y de la refundación de la nación (1880-1930). Continúa con la forma en que los bolivianos han conocido cómo ejercer su ciudadanía. En tercer lugar se dedica un apartado a la figura e influencia que ha tenido el indio en esta época, después se aborda el “elector ilustrado” e ideal, y para terminar propongo una observación en la metodología de la autora.

La refundación tras el caótico caudillismo

Después de declarar su independencia en 1825, Bolivia atravesó un convulso siglo XIX, política y socialmente hablando. Fueron 13 años en los que predominaron las presidencias que no duraban más de un mes y alargadas etapas de hasta 22 días de anarquía. Este caótico desfile de militares concluyó con la derrota en la Guerra del Pacífico, que supuso la aparición de un sentimiento colectivo de disponer otra oportunidad para el diseño de Bolivia.

La era de la refundación de la nación (1880-1930) estuvo marcada por un discurso que tomaba como eje el “purismo político”: una época de paz, por ser el momento en que los bolivianos lograrían constituirse en una nación gobernada por leyes destinadas a todos los ciudadanos, y en la que el desarrollo de la opinión pública garantizaba  la celebración de las elecciones libres. Desde el primer presidente del partido Conservador, Narciso Campero, hasta el último liberal republicano, Hernando Siles, esta idealización terminó siendo un intento fallido, “una democracia imposible”, como refiere la autora. 

Por un lado, estaba el voto censitario. Se destinaba el sufragio solo a una “acertada sección de la población” (hombres  que supieran leer y escribir y tener un alto nivel de renta). Ellos debían convertir a Bolivia en una nación moral y de profesión, por los demás “sus orígenes étnicos y sociales los hacia vulnerables a la demagogia de los partidos”. La infracción electoral y el fraude desembocaron en lo que Iurrozqui llama la “ficción democrática”. Los intelectuales de la época entienden que este colectivo débil era la consecuencia del despotismo incaico y la opresión colonial.

Esta decepción encuentra su respuesta, según los resultados de la historiadora, en que Bolivia estaba habitada por culturas, razas y tradiciones sumamente heterogéneas: “Si Bolivia no se gobernaba por sus instituciones, ni se mantenía por la justicia, ya que en ella todo se destruía por el abuso de los gobernantes o de los partidos políticos y por la pasividad del pueblo en aceptar estas prácticas, era porque el país en su raza y en sus culturas, continuaba siendo un Estado en vías de formación”.

Ejercicio de ciudadanía a través de la práctica

Después de vivir 13 años de caudillismo, los bolivianos tenían una reducida comprensión de la situación política, dada su escasa instrucción en las costumbres democráticas. De esta manera, adquirieron su aprendizaje político a través de la práctica. A pesar de que los sectores subalternos y los indígenas no tenían ciudadanía plena por no ejercer el voto, jugaron un papel fundamental en la construcción de la nación al ser movilizados por los partidos con el objetivo de impedir sufragar a los impostores, robar urnas, crear un clima de inseguridad o arrojar flores desde la ventana a los candidatos. 

La evolución en el rol del indígena

Al indio no se le negaba la bolivianidad, pero sí se le instaba a subsumirse en un proyecto cultural de nación elaborado por criollos y bajo las condiciones de integración que estos impusieran. Se argumentaba que la ciudadanía implicaba un conjunto de cualidades morales y de las que ellos, por su origen étnico, carecían, “solo corregibles mediante una instrucción purificadora”.

Relegado a la mano de obra y agricultura, y ajeno a la actividad política y social del país, el indio se visibilizaría ante las élites en la Guerra Federal de 1899, marcando un antes y después, siendo la masacre de Mohoza contra el ejército Conservador el punto de inicio, como represalia a los vejámenes sufridos en las matanzas en la finca de Santa Rosa y Corocoro. La raza indígena cobraría una identidad independiente, terminando su hermandad con el partido Liberal al masacrar al batallón de este régimen. 

A consecuencia de ello, la población vertió dos conceptos en el imaginario social: “la del indio criminal que acechaba con instintos sanguinarios a la raza blanca y la del indio víctima, incapaz de subvertir sus instintos por los años de opresión y tiranía de la colonia y la época de los caudillos”. Estas imágenes fueron el discurso reforzado de negar a la población indígena de una participación activa en la vida política del país. 

Una tercera etapa en la evolución del papel del indígena llegaría con la migración campo-ciudad, cobrando protagonismo otra categoría sinónimo de mestizo, pero con una lectura negativa: lo cholo. “Una degeneración racial que había dado lugar la mezcla cotidiana de la raza blanca con la india, comprendiéndose en la mayor parte de la población boliviana, que por el hecho de ser calificada como chola veía cuestionada su capacidad y derechos públicos”, sostiene la autora. 

Esta nueva clase social se ve encarnada en la novela El cholo Portales (escrita por Enrique Finot), de la cual Irurozqui realiza la siguiente lectura: “El comportamiento de Portales ejemplificaba la tendencia típica de los cholos de afirmarse socialmente negando a ‘los de abajo’ y anhelando la apropiación de los bienes sociales y culturales de ‘los de arriba’. Pero su falta social no solo radicaba en tener deseos por encima de su origen, sino en ascender con éxito gracias a entender la política como un negocio, como una actividad niveladora que todo lo corrompía. Al utilizar sus conocimientos universitarios en beneficio propio, había viciado la esencia y destino del mestizo”.

El votante ilustrado

Frente al panorama de vicio de poder y decepción política, la solución se encamina al principal protagonista y responsable del desarrollo de la nación: el votante. Irurozqui toma al “ciudadano letrado” de Nataniel Aguirre como referencia, aquel que se ha rebelado a través de la escritura y la lectura. El que dispone sus competencias para entender la transcendencia del sufragio. 

Se construye la figura de un elector que transmite su voluntad política con base en una formación. Aguirre argumenta que un buen gobierno es el resultado de las habilidades demostradas por los votantes. “Cuanto mayor es el elemento inteligente de una sociedad, tanto menor debe ser la intervención del Gobierno para guiarla”, dice.

Se trata en cuestión de dotarse de un sentido de pertenencia que rechace el clientelismo, el bullicio agresivo y el fanatismo que conduce a una moral débil sin ética ni disciplina. 

Leyendo el presente desde el pasado 

Françoise Martínez destaca en la introducción de “A bala, piedra y palo” las diferentes herramientas y procesos investigativos que desarrolla Irurozqui para innovar la historiografía. Uno de esos métodos es tomar, como pocas veces vistas en estudios de historia, obras literarias como fuentes para entender un contexto político y social. Comprende que los intelectuales depositan en sus publicaciones el imaginario de una época, abordando novelas como Juan de la Rosa (de Nataniel Aguirre) y El cholo Portales.

Sin embargo, su mayor logro es utilizar el pasado para redefinir las características de un presente utópico. Mirar con otros prismas la historia para descartar una visión maniquea de buenos y malos para deconstruir a actores políticos que se van desplazando de manera continua en un escenario.  Se muestra pertinente cuestionar que problemáticas, que se arrastran desde fines del siglo XIX y principios del XX, siguen vigentes y demandan soluciones urgentes.

¿Qué tanto aportan al país las constantes “refundaciones” que rechazan y reniegan de lo anteriormente ocurrido?, ¿cuál es el rol o transformación que ha tomado ahora el indígena?, ¿se puede seguir hablando de una “guerra de razas” que estalló en la Revolución Federal?, ¿se ha disipado la figura del electorado ilustre y más bien se ha insistido en la colaboración del fraude, el soborno, clientelismo y fanatismo? Y quizá la más importante para entender cómo encaminamos nuestra democracia utópica: ¿qué proponen los aspirantes a candidatos para encarar la heterogeneidad racial y cultural de los bolivianos?

Periodista - [email protected]