Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 28 de enero de 2023
  • Actualizado 09:37

La conquista de la realidad: paisajes mutantes en el documental boliviano

Una cartografía parcial del cine nacional de no ficción más reciente, a partir de la revisión de los filmes ‘La conquista de las ruinas’ (en cartelera del Prime Cinemas), ‘Archivo Cordero’ (exhibido en días pasados) y ‘Cerro Saturno’ (disponible en la página del Media City Film Festival)
La conquista de la realidad: paisajes mutantes en el documental boliviano.
La conquista de la realidad: paisajes mutantes en el documental boliviano.
La conquista de la realidad: paisajes mutantes en el documental boliviano

Poco después de lanzar el ranking de las mejores películas de 2022, sus responsables caímos en la cuenta de que las 22 seleccionadas eran obras de ficción. Dicho de otra forma: habíamos ignorado olímpicamente el cine de no ficción, comúnmente denominado (¿reducido?) como documental. No fue un hecho premeditado ni mucho menos, sino que obedeció a circunstancias concretas: habíamos visto más filmes ficcionales a lo largo del año. Mal podría atribuirse la ausencia de documentales en nuestro u otros rankings a un déficit en su producción. Más dable sería asociarla a los coyunturales romances de la cinefilia y a las crónicas limitaciones de distribución que enfrenta el cine no ficcional.

Como fuere, así como las circunstancias confabularon para que pasáramos por alto la producción de cine documental en 2022, ahora han permitido que, en los primeros días de 2023, tengamos chance de ver tres piezas de no ficción muy dignas de atención. Las tres bolivianas, dicho sea de paso. Hablamos de La conquista de las ruinas (2020), primer largo del realizador cochabambino Eduardo Gómez, que se estrenó el jueves 19 en el Prime Cinemas de Cochabamba y llegará este 26 a la Cinemateca Boliviana, en La Paz; de Archivo Cordero (2020), mediometraje de la investigadora mexicana Gabriela Zamorano, que se exhibió en días pasados en el Centro Patiño cochabambino; y de Cerro Saturno (2022), el más reciente corto del cineasta paceño Miguel Hilari, que desde hace unos días puede verse gratuitamente en el portal del Media City Film Festival, junto con otros dos de sus trabajos (Bocamina y Compañía).

De esos tres trabajos se ocupa este mini-especial sobre el documental boliviano reciente, para el que hemos convocado a integrantes y colaboradores de la RAMONA que conocen y siguen de cerca el panorama cinematográfico nacional. Sus textos son acercamientos críticos que promueven una lectura autónoma de cada filme y de sus respectivas relaciones con la realidad, la historia, la cultura. Y leídos en conjunto ofrecen pistas para detectar gestos comunes en el documental y el cine boliviano en general. Uno de ellos, y no cualquiera, es la mutación del paisaje. En los tres filmes asistimos a “puestas en escena” sobre las transformaciones del mundo que rodea a los sujetos, a los sujetos que aparecen delante de la cámara y a los que miran desde detrás de ella. Mientras en La conquista…, el ojo de Gómez registra la destrucción del paisaje natural para la construcción de uno artificial cada vez más ajeno; en Archivo Cordero, Zamorano descubre en las fotos antiguas de un archivo familiar la memoria de un paisaje urbano y social prácticamente extinto; y yendo aún más atrás, en Cerro Saturno, Hilari posa su lente en un paisaje altiplánico que se antoja prehumano, aun a pesar de las señas civilizatorias que van invadiendo el cuadro. 

Sirvan estas líneas introductorias para invitar a la lectura de las tres reseñas y, sobre todo, al visionado de las obras a las que se consagran. Se trata, pues, de tres muy buenos ejemplos de la vitalidad del cine de no ficción. Tres tentativas que se lanzan a la conquista de la realidad, pero en ningún caso movidas por un impulso de domesticación, sino, todo lo contrario, entregadas al reconocimiento de las caprichosas modulaciones de sus paisajes. (Santiago Espinoza A.)

Los hombres de barro frente a la modernidad

El primer largometraje de Eduardo Gómez, La conquista de las ruinas (2020), puede representar un reto: con el paso de los minutos, lentamente, se revelan sus distintos niveles discursivos.  Está protagonizada por un grupo de personajes que aparentemente tienen poco en común: un trabajador de una cantera de piedra caliza en Orcoma (Cochabamba), un albañil boliviano en Buenos Aires, un paleontólogo argentino en Villa El Chocón y los miembros de una comunidad originaria enfrentados a la proliferación de barrios privados en el Tigre (Argentina). En principio, la relación entre ellos no queda clara. Incluso, los paisajes, por momentos, parecen pertenecer a universos distintos, por el tratamiento fotográfico. Pero se nos devela algo que no es menor, todos están inmersos en dinámicas de confrontación: lo urbano y lo rural, lo moderno y lo arcaico, lo banal y lo sagrado. Están amenazados por el paso del tiempo y el avance de la sociedad contemporánea en el espacio. Con sus compañeros, el trabajador de la cantera sobrevive dinamitando los cerros que lo rodean, que guardan huellas del pasado. El albañil construye edificios en los que jamás podrá vivir y lo hace en medio del riesgo. El paleontólogo ve cómo los yacimientos en los que devela los secretos de otra época están expuestos a la desaparición. Los activistas indígenas se enfrentan a un mercado inmobiliario que se yergue sobre sus espacios sagrados. Algo que problematiza La conquista de las ruinas es que las formas de trabajo precapitalistas, preindustriales, en las que la seguridad no existe y la sostenibilidad de la producción es cuestionable, construyen al capitalismo, a la ilusión de desarrollo y progreso.  

Justamente, en la reconcepción del espacio contemporáneo, lo que una vez fue un sagrado o mítico, hoy es meramente utilitario y banal. La conquista de las ruinas muestra el proceso de la cadena productiva de la deshumanización. Sigue al que se ve obligado a extraer la piedra que servirá para construir los espacios que rechaza y que lo rechazan, al que construye lo que jamás utilizará, al que quiere conservar lo que la sociedad ha decidido que es prescindible, a los que ven cómo se yergue los banal sobre lo que para ellos es trascendental. Si aceptamos que los cerros son sagrados, detonarlos puede ser la metáfora más brutal de la muerte de los dioses, de lo eterno. Sin embargo, en sus momentos más enigmáticos, el documental muestra que la destrucción material de los espacios sagrados no es absoluta, que lo que esconden trasciende lo físico. 

Con una fotografía en blanco y negro que puede recordar a los grabados de Durero, en La conquista de las ruinas se reflexiona sobre el ser humano como alguien que potencialmente es constructor y destructor, ritual y banal. Como un ser temeroso de los dioses, pero que también los desafía. (Andrés Laguna Tapia)

*La conquista de las ruinas está en cartelera del Prime Cinemas de Cochabamba y desde el jueves 26 se exhibirá en la Cinemateca Boliviana, en La Paz

Pequeño gran archivo ilustrado

La directora del documental Archivo Cordero (2022), Gabriela Zamorano Villareal, es mexicana, antropóloga, especialista en archivos fotográficos y audiovisuales, es decir, es una persona que mira. Que excava, busca, ordena lo que encuentra en colecciones, según lo que su mirada pregunta, nunca según lo que responde.  

Cuando Zamorano se zambulle con su lupa de hacer preguntas a la memoria y a la historia en uno de los archivos fotográficos más importantes del siglo XX de Bolivia, el Archivo del fotógrafo Julio Cordero Castillo, en La Paz, se encuentra con cajas despintadas llenas de negativos ordenados desde 1900, con dos ekekos “negritos”, con el nieto, la bisnieta y la familia de Cordero, con paquetitos desvencijados y polvorientos de fotografías apilados sobre una vieja mesa, vitrinas viejas con papeles, tijeras, pegamento y algunas botellas de botica antiguas, con un marcador gordo con el que el “catalogador” de ese archivo de linaje familiar ha escrito a mano en el lomo de las pequeñas cajas. El catalogador ha escrito cosas como: niños, paisajes, personajes, sublevación campesina, presidentes, cholas c/p Calle Paredes, carnavales, Potosí, comparsas, fotos de fotógrafos antiguos y son las cosas que la excavadora mexicana se encuentra en esas fotos de los mil novecientos en blanco y negro.

En su pequeña cacería ha dado con historias imprevisibles como la de las dos fotografías de Franz Tamayo, una tomada para su carnet de identidad y otra, moviendo la cámara un metro atrás, que se utilizó para el billete de 200 Bolivianos, o la del “presidente colgado”, o la de muchas otras fotos para carnets de identidad de personas más silvestres, menos explosivas que Tamayo y menos envestidas que Gualberto Villaroel, fotos de hombres, mujeres, niños, calles, cholas, aparapitas de sacos desgarrados y comparsas carnavaleras que parecen más equipos de tenistas y jockeys que estudiantes o gente común. 

Ha dado también con una humilde, pero poderosa, colección de fotografías de los delincuentes que la policía arrestaba. Fotos de muchachos en blanco y negro que parecen hermosos forajidos en unas y estudiantes del último año de colegio posando juntos frente al cuartel de la policía en otras, en grupo como para ahorrar material fotográfico en personajes de poca laya. Junto a los delincuentes, como si fueran la parte femenina de la colección, están las fotos de las prostitutas, quizá las fotografías más reveladoras y conmovedoras de toda la colección. Todas fotografiadas de frente y de perfil, en un dramático duotono, con velo casi todas, no con sombrero de chola, con un velo que parece una capucha de ladrón o de un canguro de rapero. Las tomas del documental de estas fotos son más largas, como dándonos tiempo a hacer contacto con sus miradas frontales, con sus ojos anhelantes, gritando su inocencia, que miran directo a la cámara como diciendo “don Julio, diga a todo el mundo lo bellas, lo libres, lo duras que fuimos, lo injusto del mundo”. 

Con el reflexivo montaje de Miguel Hilari, el documental pone en escena aquellas colecciones que encontró en su excavación la antropóloga, universos desordenados que apenas disimulan sus preguntas sobre la manera en que la sociedad miraba a los hombres y a las mujeres, a las prácticas y personajes de una ciudad que ingresa a la modernidad. El montaje es el espejo de otro montaje, el del Archivo Cordero, “un recorte”, un pedazo de la realidad sobre las historias que nos contamos o inventamos al momento de imaginar y proyectar la nación a principios del siglo XX. (Alba Balderrama)

*Archivo Cordero fue exhibida en Cochabamba el 19 de enero, en el Centro Simón I. Patiño, y viene circulando en muestras especiales dentro del país desde 2020

Una topografía de la identidad 

Lo primero que vemos sorprende por su minimalismo, una línea horizontal que divide la pantalla en partes desiguales, un horizonte telúrico inmutable, apenas podemos percibir el travelling de la cámara a través de ese vasto lugar. El corte abrupto de la secuencia a negro podría indicar un prólogo, aunque rápidamente entendemos que todo lo que veremos son fragmentos, rupturas que nos sumergen poco a poco en el camino que el autor a elegido. En la meseta andina y sus cerros, el tiempo apenas se percibe a través del viento y unos ecos lejanos, casi fantasmales.

Como en El corral y el viento y, especialmente, Compañía, en Cerro Saturno, Miguel Hilari construye primero una experiencia sensorial, se percibe esta más como un esfuerzo por entender y dialogar con estos lugares que un efecto meramente emotivo. Así como en su cortometraje Adelante, Hilari entiende el montaje como una forma de conectar lugares para crear otros aparentemente inusitados, imaginarlos y repensarlos. A medida que nos sumergimos en los pliegues monocromáticos que dibujan el altiplano en este corto, irrumpe la presencia humana, primero en su modo más romántico, el campesino, absorbido por el paisaje bucólico, hermoso pero olvidado, idea que seguimos abrazando, como en Utama, de Alejandro Loayza, por ejemplo. Hilari continúa, y el paisaje se va transformado. Pilares de concreto, muros de ladrillo advierten que hay otra fuerza en tensión, inevitable y que entraña también una cierta belleza. La ciudad irrumpe a través de rostros, como otros paisajes, a veces formas perdidas en las ventanas empeñadas de los micros, atascados en las calles.

Lo que Hilari propone es siempre un viaje de ida y vuelta a través de estos riscos, de estos abismos que la naturaleza ha formado con millones de años de erosión y otros abismos accidentados, llenos de edificaciones de concreto, que hieren y abrazan las montañas; por otro lado, sus habitantes, que navegan en el caos y sobreviven, parecen desafiarlas y, al mismo tiempo, extrañarlas. El viaje es un recorrido por una topografía de la identidad, problematizándola con pocos pero potentes elementos visuales y sonoros. Del Cerro Saturno bajamos a la ciudad de La Paz, aunque también podría ser cualquier otra ciudad satélite que orbita estas montañas altiplánicas. (Luis Brun)

*Cerro Saturno, así como otros dos documentales de Miguel Hilari, pueden verse gratuitamente en línea, en el portal el portal del Media City Film Festival: mediacityfilmfestival.com