Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 28 de noviembre de 2022
  • Actualizado 10:52

Clases sociales dentro de la informalidad

Un análisis que se desprende de la investigación “Hacia un modelo de estructura de clases sociales en Bolivia”, que se lleva adelante en el Instituto de Investigaciones Sociológicas (IDIS) de la UMSA
Clases sociales dentro de la informalidad

Burguesía chola y otros informales

Hace al menos 20 años un analista como Carlos Toranzo señaló que en Bolivia se estaba perfilando un sector nuevo, emergente, potente en los económico y con capacidad de irradiación cultural sobre la sociedad. La burguesía chola o popular comenzó a ser, y desde entonces cada vez más, una protagonista con rostro propio entre los actores sociales bolivianos. Las magníficas fortunas, los ostentosos prestes y las rutilantes construcciones se convirtieron en un tema de discusión permanente tanto dentro de los círculos académicos como en las conversaciones cotidianas.

El esfuerzo académico por entender la emergencia de estos actores de economía popular han sido varios y muchos de ellos muy fructíferos. Nico Tassi, el antropólogo italiano de formación inglesa, es posiblemente uno de los más dedicados estudiosos del ascenso de los comerciantes aymaras. Sus textos con más edad como Cuando el baile mueve montañas (2010) o sus trabajos más recientes sobre la vinculación de los comerciantes populares con empresarios chinos han aportado a mirar a las prácticas concretas de este comercio. La integración de redes familiares, la conexión de redes de comercio que van de norte a sur y de este a oeste, las lógicas de don son hoy más conocidas en sus detalles. 

Quizás lo que resulta más ilustrativo de la comprensión vernácula del comercio popular no se encuentra en la academia -que por lo demás siempre es más restringida en su público- sino en un pasaje de Zona sur de Juan Carlos Valdivia. En la escena mencionada, Carola, la matriarca de la familia, recibe la visita de su comadre, una señora de pollera. Después de conversar de una u otra cosa, la comadre ofrece comprarle la casa a Carola, una residencia en barrio privilegiado de La Paz, a lo que Carola termina accediendo al ser persuadida por un fabuloso maletín lleno de billetes. Como indica el título de la entrevista que Liliana Colanzi le hizo al director Valdivia, se asume que esto es una señal de una “Bolivia en transición”.

No se trata de negar esos elementos de transición. La evidencia documental tanto como el testimonio cotidiano de la emergencia de estos comerciantes populares muestra su fuerte impronta en la Bolivia contemporánea. Sin embargo, esas señales y esas certezas también han llevado a olvidar que no todos los informales son exitosos participantes del capitalismo popular. 

Un sector desigual 

La sociología no podría preciarse de su práctica académica si no pudiera presentar la evidencia que cuestione el sentido común. Así, mientras el fenómeno del ascenso de unas clases populares a las cúspides del poder económico es por sí mismo un hecho relevante de las transformaciones de la estructura social boliviana, es justo ponderar el tamaño real de ese fenómeno. No se trata, pues, de que todas las vendedoras de quiosco dispongan de opulentos bienes ni que la informalidad tenga el toque de Midas.

Dentro de la informalidad puede ensayarse una división sencilla que en realidad nos da una aproximación a las divisiones de clases sociales que existen en su interior. La diferencia de base que permite distinguir a actores en el sector informal. Por un lado, existen los informales, más ajustados a las descripciones del capitalismo popular, que tienen emprendimientos económicos y contratan fuerza de trabajo además del trabajo familiar no remunerado del que disponen. Del otro lado se encuentran los trabajadores del mercado informal que se baten en solitario, como cuentapropistas, usando un capital limitado y su propio trabajo.

Tomamos algunos datos de los análisis realizados en el marco de la investigación “Hacia un modelo de estructura de clases sociales en Bolivia” que se lleva adelante en el Instituto de Investigaciones Sociológicas (IDIS) de la UMSA. Según estos datos, los emprendedores informales que contratan empleados son el 8.6% de la población económicamente activa, los trabajadores por cuenta propia 19.9% y los empleados en condiciones de informalidad son 24%. Como conjunto, estos tres grupos diferentes dentro de la informalidad acumulan el 54% de la población en actividades informales. Otras mediciones dentro de la informalidad incluyen también a los campesinos, que son como el 20% de la población económicamente activa pero que en este análisis no son tomados en cuenta porque se considera que la lógica de su funcionamiento es muy diferente. 

Los tres grupos enumerados muestran importantes diferencias en cuanto a las relaciones de trabajo que establecen. El empresario informal contrata y controla fuerza de trabajo, paga por ella y aprovecha de los frutos de ese trabajo como ganancia. Esa es una situación diferente a la del cuentapropista, vendedor callejero o artesano autónomo que se bate en solitario en el mercado de trabajo. Un tercer grupo son los que trabajan en condiciones de informalidad para un empleador; reciben un salario pero no tienen coberturas de seguridad social. De entre estos grupos (que, como clases, son una pequeña burguesía; los empresarios y trabajadores precarios, los otros dos) solo el primero está en situación de acumulación y, por ende, de proyectarse como burguesía chola. 

Los dos últimos tipos de trabajadores mencionados son parte de relaciones de sobrevivencia mucho más precarias y son mucho más numerosos. Contrastan con aquella clásica idea del proletariado que vende su fuerza de trabajo pero que puede negociar ciertas condiciones de trabajo a través de la existencia de contratos y beneficios sociales. Esta clase trabajadora clásica en Bolivia es muy poco numerosa. Una de las diferencias que existen entre los trabajadores precarios y los protegidos está en la forma de organización. La clase trabajadora clásica se organiza en sindicatos mediante los cuales pugna por mejores condiciones frente a los empleadores. Los trabajadores precarios, en cambio, se organizan en gremios. Estos velan también por intereses comunes frente a, por ejemplo, los intereses de control del Estado, pero también son el ámbito de disputas internas porque los trabajadores por cuenta propia, cuando participan del mercado, compiten entre sí. Aquello modifica los términos de unidad que pueden tener unos y otros. 

El énfasis dado a las “clases medias” durante los años de la bonanza económica ha relegado los matices de la informalidad a una masa uniforme y boyante. Los trabajadores empleados o cuentapropistas en informalidad siguen sin acceder a coberturas de salud por el trabajo ni jubilación, y, si bien es posible suponer que aspiran a ser emprendedores, los datos en el mediano plazo muestran la persistencia de este sector y de las características desventajosas de una parte importante de la población económicamente activa. Hay un interés justificado por aquellas fracciones populares enriquecidas y con movilidad social, también porque son más influyentes el día de hoy, no puede dejar de pensarse que Bolivia sigue componiéndose de una importante parte de trabajadores por cuenta propia o empleados en malas condiciones que no gozan de riquezas y se juegan el pan día a día.   

  Investigador del IDIS