Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 22 de febrero de 2024
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“Chechy” Nogales, un periodista en serio

Una remembranza sobre la vida y labor del periodista y escritor José Nogales Nogales, quien falleció a los 79 años, el pasado 22 de enero, debido a complicaciones por la covid-19. 
El periodista José Nogales Nogales en distintas etapas de su vida.    FACILITADAS POR EL AUTOR
El periodista José Nogales Nogales en distintas etapas de su vida. FACILITADAS POR EL AUTOR
“Chechy” Nogales, un periodista en serio

Pocas personas saben con precisión lo que quieren hacer por el resto de su vida durante su infancia, menos todavía son las que realmente lo hacen y además con gran éxito. Una de ellas fue José Nogales Nogales (1942-2021), “Chechy Nogales”, quien siempre quiso ser periodista y lo recordaba cada que se presentaba la oportunidad. Aunque con mucha humildad evitaba el autohomenaje pese a que no solamente fue un periodista, sino que fue un gran periodista, uno que se convirtió en un referente de Cochabamba y el país tras haber revolucionado las formas de ese oficio tanto en la radio, como en el periódico y la televisión.

Siendo niño recortaba revistas para armar sus propios diarios y terminó recibiendo el premio nacional de periodismo en 1991 convirtiéndose así en el periodista más joven, hasta entonces, en recibir este que es el más prestigioso reconocimiento a periodistas en nuestro país, un homenaje que ofrece anualmente la Asociación de Periodistas de La Paz (ALP) a quienes destacan en el oficio y que por lo menos cuentan con 25 años de recorrido profesional. También es un premio al que el homenajeado no puede postularse, debe postularle alguien más, un medio o una organización del ramo. 

Para entonces ya contaba entre sus cartas de presentación con coberturas memorables como la de la caída de Ernesto “Che” Guevara en 1967, en La Higuera, donde fue retratado junto al cuerpo del guerrillero. También fue uno de los pocos reporteros latinoamericanos invitados a Cabo Cañaveral para presenciar el lanzamiento del Apolo 11 que conquistó la luna en 1969 y que llevó a Neil Amstrong a dar ese pequeño paso para el hombre que fue gigante para la humanidad y que lo fue también para el periodismo nacional por la presencia y cobertura de un boliviano de un hecho tan icónico para la cultura universal. Además, como periodista, había permanecido firme y resistido los embates de la vertiginosa sucesión de golpes de Estado que soportó el país en la década de los 70 y el inicio de los 80. Había dado cuenta de la vuelta a la democracia en Bolivia y se había convertido en un referente de la región. Entrada la década de los 90 estuvo también presente en Berlín, donde cayó el muro para unificar definitivamente la Alemania que había dividido la Segunda Guerra Mundial.

Comenzó ayudando en la redacción de un diario cerca de su casa siendo un colegial y a los 17 años ya formaba parte de la plantilla de trabajadores del matutino El Mundo. A los 20 pasó a Clarín y luego La Prensa de Cochabamba. Pronto se convirtió en una especie de Midas de los medios locales. Solía bromear por el hecho de haber conseguido altos cargos en medios importantes y el reconocimiento público siendo muy joven. “Alguien importante pedía hablar con el director o con el jefe de redacción y salía este jovencito delgado. A veces simplemente no me creían que era yo José Nogales Nogales, así que tuve que comenzar a usar traje y corbata, pero otras veces, ni así”. De ahí esa imagen cuidada y seria con la que se le recuerda en la televisión, en la calle, en el café o incluso en las reuniones familiares. El Consejo Municipal de Cochabamba lanzó una iniciativa para reconocer a “Chechy” como ciudadano meritorio a mediados de la década pasada y cuando se lo comunicaron tuvo que disculparse argumentando, “muchas gracias, pero no creo que sea lo correcto, ya me han entregado esa distinción dos veces”. Y así fue, la ciudad de Cochabamba le entregó esa medalla en la década de los 80 y a mediados de los 90.

Su enérgico carácter y su amabilidad son muy conocidos entre quienes trabajaron con él o fueron sus estudiantes. También lo son sus inquebrantables principios y sus valores, su rigurosidad. “Lo más valioso que tiene un periodista es su nombre”, remarcaba siempre que se refería a la importancia de la credibilidad. Ofrecía una sonrisa al saludar, era claro, preciso en sus instrucciones y también proponiendo soluciones. A veces costaba seguirle el ritmo porque parecía ir un paso adelante incluso de la tecnología, pese a que comenzó armando páginas de diario con las letras volcadas de plomo fundido de los linotipos y escribió sus más largos recuentos anuales y otros especiales en máquinas de escribir con copias de papel carbónico. 

 Era dueño de la palabra precisa, la respuesta inteligente y el humor más fino. Era capaz de sostener una conversación sobre cualquier materia por horas y aun así parecía que el tiempo no iba a ser suficiente. No era alguien de muchas fiestas, pero en cuestión de minutos se convertía el centro de atención de cualquier reunión. Era un excelente e inagotable contador de historias, pero también, un gran público para escuchar las historias ajenas. No importaba si era una autoridad, un conocido, un desconocido, un colega, un familiar o un amigo. “Chechy” siempre escuchaba con un especial interés lo que los demás tenían para decir. 

Siempre había una revolución por donde pasaba. Implementó ideas que catapultaron los medios en los que le tocó trabajar. Durante su primera etapa en radio desarrolló una serie denominada “Yo estuve ahí”, que al poco tiempo se convirtió en un éxito local gracias a las historias tipo crónica periodística. Uno de los números más recordados es “La vida de un aparapita”, que cuenta la historia de un humilde estibador en La Cancha. Una de las etapas más memorables en radio, para “Chechy” y para la radiodifusión en Cochabamba, fue la creación del programa de noticias “El Central de Centro”, cuyo nombre se mantiene hasta hoy, cuatro décadas después. “Se decía que no se necesitaba un receptor de radio, uno iba caminando por la calle y se podía escuchar el programa porque en todas las casas se estaba sintonizando la radio a todo volumen”, solía recordar. Como jefe de redacción del diario Los Tiempos logró posicionar ese medio como uno de los principales del país. Como director de CCA Canal 2 en esa misma década logró una audiencia total gracias a un innovador servicio de noticias, la incorporación del tradicional programa deportivo radial “Ovación” a la programación y una adictiva selección de telenovelas brasileñas. Como productor independiente apostó por el Canal 11 Televisión Universitaria  a finales de los 90 con su servicio de noticias JNN en el que se jugó por una hora y media diaria de noticias locales, incluyendo cultura y deportes.

No se consideraba un académico, aunque tuvo sólida formación profesional, primero como parte del innovador proyecto de titulación para periodistas de la Universidad Católica Boliviana en Cochabamba, que él mismo gestionó como secretario ejecutivo del por entonces Sindicato de Periodistas de esta ciudad y la Iglesia Católica en la década de los 70, iniciativa que casi dos décadas después se transformó oficialmente en la primera carrera de Comunicación Social del departamento, en la misma casa de estudios y de la cual además fue uno de los primeros docentes en la materia de Géneros Periodísticos. En 1985 se tituló como abogado en la Universidad Mayor de San Simón. También fue autor de dos libros: El libro de cuentos cortos “Escombros” (1987) y “El Che Guevara, un rebelde con causa” (2010), que es en realidad un gran reportaje, quizás el reportaje de su vida, en el que traduce toda su experiencia en un relato y ofrece un “backstage” de todo lo que oficialmente se conoce sobre la caída del guerrillero argentino en Ñancahuazú. Es un libro que, como se dijo durante su presentación en la Feria del Libro de Cochabamba de ese año, “comienza donde el resto termina”. De todas formas, siempre prefería aclarar asegurando que no era un comunicador social, que era un periodista. Y en verdad, el rótulo de comunicador era algo que no le gustaba.

Hablar con él era como andar con el diario del día siguiente bajo el brazo porque calculaba con precisión milimétrica todo o casi todo lo que iba a ocurrir. Tenía la capacidad de mirar el mundo en perspectiva gracias a ese su reconocido olfato periodístico que le permitía percibir el hilado más fino de las cosas, tanto de los hechos noticiosos, como de la vida misma. “¿Qué te dije?”, era lo primero que decía tras confirmarse alguno de sus cálculos. Sin embargo, también pagó el precio que toda persona tan dedicada a su trabajo termina pagando. Creía que no le había dedicado el tiempo suficiente a su familia debido a sus extensas jornadas laborales. “En Navidad o Año Nuevo todo el mundo estaba en su casa festejando, se escuchaban cohetes en la calle y yo estaba en la redacción de la radio o del periódico terminando mi anuario”. Pensaba que en algún momento de su carrera, el periodista se ve obligado a decidir entre ser un buen padre y ser un buen periodista. Para él era casi imposible ser bueno en ambas cosas y al mismo tiempo. Aunque al parecer hasta en eso fue excepcional.

Hoy las calles del centro de la ciudad de Cochabamba han perdido un transeúnte infatigable de la General Achá, la Avenida Heroínas, la Plaza Principal; al menos tres generaciones de destacados periodistas han perdido a un maestro; el periodismo cochabambino ha perdido a un gran estandarte; y en el café de la Catedral se va a extrañar ese ceño fruncido, pegado a un diario, en la mesa del fondo. Nos vimos por última vez allí. “Tal vez no nos volvamos a ver, nunca se sabe”, dijo y nos despedimos con un fuerte abrazo, algo poco habitual en él. Imagino que ese “¿Qué te dije?”, de marca registrada suya, será lo primero que me diga cuando nos volvamos a ver.

Corresponsal en EE. UU. para la Ramona.