Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 18 de septiembre de 2019
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Cerca de la revolución ad infinitum

El autor reflexiona sobre la canción del álbum “Piano bar” del músico Charly García, tomando como punto de partida los diferentes acercamientos a su letra como una vuelta a la a democracia.
Cerca de la revolución ad infinitum


Nunca he sido fan de Charly García. Lo digo hasta con un poco de vergüenza, porque entiendo la importancia monumental de su obra, y no solo eso, sino que a mí también me emocionan hasta casi las lágrimas o el estupor algunas de sus canciones, “No bombardeen Buenos Aires”, “Peluca telefónica”, “Extraños peinados nuevos”, “Inconsciente colectivo”, “Chipi Chipi”… Pero nunca he sido de esos fanes, de los que conozco una buena cantidad, y entre los cuales hay varios a los que respeto y quiero mucho, que se saben toda su discografía, que hurgan constantemente en sus mitos, que tienden a hablar de él en las borracheras. Siempre he sido más spinetteano que saynomoreano, aunque también sé que una cosa no necesariamente quita la otra, lo que se comprueba en los fanatismos de mi pareja. Dicho lo anterior, añado también que el asunto político en Charly siempre me deja perplejo. No digo, evidentemente, que no entienda su politicismo. Al contrario, sé que en la música de Charly hay efectivamente una intrincada declaración política que habla de los regímenes del deseo, por ejemplo, y los de la represión. Y también tengo en cuenta al otro Charly, al de “Inconsciente colectivo” o de “Cerca de la revolución” que coquetea con el “lenguaje del disenso” más clásico de los sesenta-setenta.

“Cerca de la revolución” suele ser leída como una canción del retorno a la democracia en Argentina. No es nada casual que haya sido compuesta paralelamente a ese proceso histórico. Por un lado, se la lee como expresión de un cierto triunfo de quienes luchaban contra la dictadura, como parece creer el redactor o la redactora de la entrada de la canción en Wikipedia, que dice “‘la revolución’ puede leerse [en la canción] tanto literalmente, como bajo el significado de ‘la democracia’”. Y, por el otro, también se la lee como expresión de la desazón que sobrevenía con la llegada de esa democracia. El mismo o la misma redactora/redactor dice: “Futuro y pasado, belleza y espanto, entrecruzándose peligrosamente, vertiginosamente, sin seguridades sobre lo que vendrá”. Mara Favoretto, en su libro En el país de las alegorías. Un viaje por las letras de Charly García parece reiterar el énfasis puesto en la incertidumbre que transmite la canción:

queda claro que Charly sabe detectar el ambiente y marcar la temperatura de la sociedad post-dictadura. (…) Señala una sociedad dividida en la que Raros peinados nuevos suena como un manifiesto (…). Cerca de la revolución habla de esta misma confusión con mayor dramatismo (…). En unas pocas líneas Charly resume las referencias a la izquierda, el Peronismo, el exilio y la clase política que diluye la realidad con entretenimiento populista en forma de gran baile nacional y popular.

He pensado muchísimas veces en el título de “Cerca de la revolución”. Esa frase siempre sale a colación cuando leo o medito sobre los años sesenta-setenta. Está en ella la latencia típica de la palabra “revolución” como era entendida en esa época, la idea de que iba a llegar el día glorioso en que las sociedades expulsen, como si se tratara de una enfermedad, al capital, al imperialismo, al colonialismo para ser realmente libres. Pero esa latencia se queda en eso, en un “cerca” que se inmortaliza, que nunca termina de definirse, un “cerca” -y ese es el centro de esta reflexión- que además asume gozoso su condición de indefinido, de contingente, de latente.

El tipo de sensaciones como la esperanza ferviente o la desazón de esa época ya no puede ser sentido de la misma forma por quienes nacimos en la época de la democracia y su aparente consenso. Canciones como “Cerca de la revolución”, sin embargo, nos ayudan a percibir, aunque sea artificialmente, un poco de esas sensaciones y nos ayudan a entender también ciertos matices que escapan fácilmente a la lectura posdictatorial. En Barrientos y Debray: ¿ya no queda nada o hay más por venir?, un ensayo de James Dunkerley, este historiador habla justamente sobre la imposibilidad de entender desde la época democrática el tipo de megalomanía que tenían o el fervor con que asumían sus ideas personajes de los sesenta como el dictador boliviano René Barrientos o el revolucionario francés Regis Debray. Dunkerley resume así el argumento central de su ensayo,

(…) la propuesta de que las cualidades con las que más aproximadamente son asociados [Barrientos y Debray] corresponden ahora a una era superada y fueron reducidas a la redundancia y la ridiculez con la consolidación de la cultura democrática liberal basada en el capitalismo moderno y la hegemonía del consenso.

“Cerca de la revolución” apareció al finalizar la dictadura de Videla, una de las más cruentas de todas las dictaduras que instauró el Plan Cóndor en los años setenta en Latinoamérica. Pero ¿qué significa que Charly enfatice ese eterno “cerca” de la revolución en un momento en que la idea de “revolución” ya casi había sido neutralizada por la dictadura? Es decir, “Cerca de la revolución” tenía un significado muy distinto en 1984, cuando salió, que si pongamos hubiera salido en 1968 o 1972. En 1984 la izquierda continental, que unos pocos años antes aún estaba enardecida con la promesa de la revolución, ya para esa época había sido apaleada, torturada y vencida en casi todos los frentes de batalla. “Cerca de la revolución”, no es, me parece, una declaración de principios, sino que es ya una lectura nostálgica. Es, digamos, una de las primeras lecturas que entienden con lucidez el hecho de que había pasado aquello que los viejos marxistas sabían desde el inicio, que el capitalismo se alimenta de sus crisis y las absorbe en una eterna fagocitosis: “Y si mañana es como ayer otra vez/ lo que fue hermoso será horrible después”.

La revolución, así, solo queda como una marca, como un “estuvimos cerca”, casi como un gesto que se inmortaliza en el registro de la memoria. En “Cerca de la revolución” la metáfora erótica es muy clara al respecto. Como en cierta economía amatoria, la posesión del objeto amado es imposible porque poseerlo significaría quitarle su cualidad erótica. Como a la mujer deseada a la que Charly no puede poseer, la revolución solo es atractiva cuando no se la lleva a cabo, porque, una vez que se la lleva a cabo, deja de ser revolución y se convierte en otra cosa. Contrariamente a lo que opina el redactor de Wikipedia, tanto en la canción como en la realidad misma, la democracia no representó la consecuencia de la revolución, sino, al contrario, representó su fracaso.

Okey, pero si aceptamos por un momento y para los fines de este texto la plena funcionalidad del mecanismo que acabo de describir casi como juego, es decir, si aceptamos que la generación de los sesenta-setenta asumió, tal vez inconscientemente, con gusto la imposibilidad de la revolución, me parece que es importante también atender la contraparte de ese mecanismo: su necesidad de dejar un registro. Hay una entrevista hecha a Oscar Eid Franco que me puede ayudar a graficar este punto. Oscar Eid fue dirigente universitario durante la llamada “Revolución universitaria” boliviana, ocurrida entre el fin del gobierno de Barrientos (1969) y el inicio de la dictadura de Hugo Banzer (1971). En ese periodo hubo una sucesión de dos cortos gobiernos militares, el de Alfredo Ovando y el de J. J. Torres. De entre ambos, el de Torres fue el que se consideró más claramente progresista y, sin embargo, en ese momento la izquierda no pudo llegar a un pacto con el gobierno, porque los militantes jóvenes como Eid vieron la posibilidad de alcanzar finalmente la revolución que el Che Guevara había previsto. Historiadores como Carlos Mesa consideran, al contrario, que la radicalidad de estos militantes selló la imposibilidad de una revolución real, generando el clima de polaridad que ayudó para que Banzer tomara el poder. La entrevista la hace justamente Mesa. Allí, respecto a esa crítica, Eid señala:

Nosotros mismos como estudiantes quizás le imprimimos un sesgo demasiado radicalizado al proceso, y eso mismo le daba menos márgenes al General Torres de poder estabilizar y proyectar la situación. Pero, más allá, en las sumas y restas, creo que es un presidente [Torres], un régimen, un momento importante en la vida nacional…

Al iniciar la dictadura, Eid y otros universitarios fundaron el partido clandestino Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y él fue encarcelado y torturado no mucho después de instaurado ese régimen militar. Los sentimientos de esperanza y frustración y la complejidad del proyecto revolucionario anterior a la dictadura no son temas superficiales para alguien como Eid, sino que son cuestiones que tuvieron consecuencias sustanciales en su vida. Sin embargo, al escuchar esta entrevista, que data de unos años después de haberse instaurado la democracia en Bolivia, sobreviene la sensación de que en su cálculo aritmético (“en las sumas y restas”) hay cierto efecto que transforma hechos tan traumáticos y trascendentes de su vida en un simple juego matemático. Por supuesto, me imagino que ni Eid ni ningún sobreviviente de las dictaduras puede tomarse tan en serio lo que pasó en los setenta, porque, de lo contrario, el trauma psicológico no les permitiría vivir. La mirada hacia el pasado es en esta entrevista una forma de curar ese trauma, pero, al mismo tiempo, insiste sobre su importancia como marca en el tiempo, una importancia que se basa fundamentalmente en el registro de los hechos en la memoria colectiva: “creo que es un momento importante en la vida nacional”.

“Cerca de la revolución”, como otros muchos artefactos artísticos de la época, es justamente ese “estuvimos cerca” eternizado en su latencia, que solo podemos conocer a través de su registro. Es más, se podría decir que la última finalidad de ese “estuvimos cerca” es precisamente su registro. Como si todos los sufrimientos que vivió Oscar Eid, las enormes esperanzas y la dolorosa frustración de su generación no sirvieran para nada más que para que nosotros, la posteridad, supiéramos lo que pasó, para que seamos conscientes de su utopía. Lo que me hace recuerdo al clásico “la historia me absolverá” y que, aunque fue enunciado célebremente por Fidel Castro después del asalto al cuartel de la Moncada en 1953 (¿pensando en la historia cubana?, ¿en la universal?), fue enunciado, seguramente sin mucha variación, por miles de otros condenados en la historia que igual que él creyeron que el futuro les iba dar la razón.

En algunos casos, esos condenados si fueron absueltos por la posteridad y en otros no, o lo fueron en algún momento, pero no por mucho tiempo (como Fidel), o tal vez todavía no fueron absueltos, pero si lo sean en el futuro. Por otro lado, la necesidad del registro es, qué duda cabe, tan antigua como la del primer hombre o mujer que hizo un surco en una piedra pensando en que alguien iba a palparlo en el futuro. Esa posteridad cuya única forma de ser imaginada parece ser aquella a la que alguien o algo hace llegar la voz del condenado y a la que tal vez, y solo tal vez, este le comunica algo de esperanza: “Si estas palabras te pudieran dar fe/ Si esta armonía te ayudara a crecer/ Yo sería tan feliz, tan feliz, en el mundo (…)// (…) Yo sé muy bien te conseguiré, seguiré”.



Crítico - [email protected]