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  • Diario Digital | martes, 22 de junio de 2021
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CON EL TÍTULO DE EL ÚLTIMO CAMINO, SE EXHIBE EN EL CINE CENTER LA ADAPTACIÓN CINEMATOGRÁFICA DEL CÉLEBRE LIBRO DE CORMAC MCCARTHY, THE ROAD

Carretera a ninguna parte

Carretera a ninguna parte



La dictadura de la actualidad cinematográfica, materializada en el estreno en carteleras locales de Las aventuras de Tintin y el empuje que ha cobrado la cinta tras su inmerecido Globo de Oro a Mejor Película de Animación, bien podría imponernos prestarle una atención especial a la incursión de Spielberg en el terreno de los dibujitos. Y así sería de no ser por los caprichos (a veces, milagrosos) del sistema de distribución en el país, que en los últimos días ha obrado para que, a más de dos años de su lanzamiento mundial, se estrene en salas comerciales de la ciudad The road, que se exhibe localmente con el inopinado título de El último camino.

Dirigida por el australiano John Hillcoat, esta película despertó, en su momento, un interés inusitado, paradójicamente, por las mismas razones que, a la larga, motivaron su pronta desaparición del orbe cinematográfico: su distinguido origen literario. El filme está basado en la celebrada novela homónima del escritor estadounidense Cormac McCarthy, cuyo nombre se hizo mundialmente famoso por la adaptación al cine de otra de sus novelas, No country for old men, que fue llevada a la pantalla grande por los hermanos Coen menos de dos años antes que The road, con un enormísimo éxito de crítica y premios. Se entenderá, pues, que, tras el revuelo que levantó el filme de los Coen y la atención que mereció la obra de McCarthy, no eran pocas las expectativas cifradas en la adaptación de su más reciente novela. Expectativas que, a la larga, jugaron en contra de versión cinematográfica de The road, que nació con la indeseable misión de acercarse siquiera un poco a dos obras maestras, la novela homónima (premio Pulitzer a la mejor obra de ficción en 2007) y la cinta de los Coen (Oscar a Mejor Película en 2008).

Alejado esta vez del escenario más visitado a lo largo su obra, el Oeste norteamericano, en La carretera (editada en español por Mondadori), McCarthy recrea, con esa prosa austera, seca y punzante muy suya, un mundo devastado y apocalíptico, y narra el periplo que un padre y su pequeño hijo emprenden por una carretera interminable en busca de un lugar mejor, que para ellos se encuentra al sur, donde está la costa. No por nada citado en casi todos los ránkings de los libros de la década pasada, este breve y demoledor relato es capaz de sumir al lector en una pesadumbre casi insalvable, que se hace llevadera solo gracias a los pequeños gestos de humanidad que dibuja el autor, con señera sensibilidad, en la historia del padre y el hijo.

La trama de esta novela breve se reproduce con fidelidad en el guion de la cinta (firmado por Joe Penhall), y eso explica que algunas de las mayores virtudes de la cinta de Hillcoat procedan de la obra literaria original. Así pues, el montaje escenográfico ha sabido leer bien las quirúrgicas descripciones de McCarthy y consigue crear ciudades desiertas, bosques mortecinos y un mar terrorífico, todos paisajes tan escalofriantes como los que imagina el autor. La contundencia visual es también mérito de la fotografía del vasco Javier Aguirresarobe (quien, no por nada, ha trabajado con realizadores de la talla de Almodóvar, Trueba y Saura), que sabe desplazar la cámara con una pulcritud y encuentra en la explotación de tonos grises y ocres los paisajes que cabría imaginar para el apocalipsis.

Discursivamente, la cinta conserva del libro la apelación a la dificultad de padre e hijo para distinguir entre “buenos y malos”, y por extensión, a la necesidad de saberse en cuál de los bandos se hallan ellos. Una dificultad de la que ni siquiera puede salvarse el padre, demasiado contaminado por su entorno, salvo, claro, cuando se trata de proteger a su pequeño. Y es que en un mundo en el que el instinto de supervivencia ha mutado en pillaje y canibalismo, el niño representa el último refugio de la bonhomía y la solidaridad, esos gestos de nobleza de los que los hombres y su entorno ni siquiera recuerdan. Así, el paisaje dibujado por McCarthy, y convertido en imágenes por Hillcoat, revela una doble devastación: una territorial y otra moral.

Descontando la meticulosa recreación visual y la fidelidad con los tópicos discursivos de la novela, la cinta se sostiene en el oficio de sus dos protagonistas: el padre encarnado por Viggo Mortensen y el hijo al que da vida Kodi Smit-McPhee. Y aunque con pocos minutos en pantalla, el rol secundario de Robert Duvall resulta muy conmovedor, así como la aparición de un endeble Michael Keneth Williams no deja de impresionar a quienes lo conocimos como el implacable Omar de The wire. Pero, a no dudarlo, ésta es una película hecha a la medida de Mortensen, quien, a estas alturas, ya no sólo debe merecer el recuerdo enfermizo de los seguidores de Tolkien, pues basta con tener en cuenta sus colaboraciones con David Cronenberg para reconocerle su lugar como uno de los intérpretes más solventes de su generación. De hecho, el papel que borda en La carretera evoca, en cierta medida, el personaje que compusiera para Una historia de violencia, en la que también hiciera de un padre dispuesto a todo con tal de proteger a los suyos, aunque, a diferencia del protagonista de la cinta de Cronenberg, en la que nos ocupa ya no reacciona ante su entorno solo a través de una violencia rabiosa, sino que es también capaz de revelar una fragilidad que procede del miedo, la desesperanza y la enfermedad.

Pero, si es fiel a la ideal visual de McCarthy y a la dignidad con que éste construye sus personajes, en lo que se desmarca es en el abordaje dramático de la narración, lo que conlleva una renuncia casi explícita a la austeridad de la prosa del autor americano. Dicho de otra forma, aquello que hacía de la oscarizada cinta de los Coen una pieza digna de la obra de McCarthy, esto es, el despojamiento épico y ético del relato, no se extiende a película de Hillcoat. Por el contrario, si algo cabe reclamarle al australiano de su versión cinematográfica de La carretera es la artificialidad con que baña los picos dramáticos de la historia.

Así, el realizador se esfuerza mucho en subrayar la relación paterno-filial entre los protagonistas, explotando con desmesura su componente emocional y edulcorando, a momentos, sus interacciones, sin que haya necesidad de hacerlo, siendo que la trama exuda, de por sí, una alta emotividad. El énfasis emocional también se expresa en el abuso de los flashbacks con que el padre recuerda a la que fuera su esposa y la madre de su hijo, en secuencias que procuran dar cuenta de la atormentada carga de su pasado familiar que lleva a cuestas sobre la carretera. Tan machaconas e impertinentes resultan las imágenes de la mujer-madre ausente, que nos invitan a pensar que se explican, en gran medida, por la necesidad de aprovechar hasta lo insensato la presencia de una actriz –tan célebre y hermosa- como Charlize Theron. De ahí que, a la larga, la cinta se revele más artificial que el libro, siendo que, a diferencia de éste, antepone los diálogos a la introspección, la acción a la contención y, en definitiva, la exhibición a la sugestión.

Pero, incluso en su exagerada dosis de artificialidad, en su deliberada búsqueda de un relato épico y unos giros éticos que en el libro no aparecen (al menos, no tan explícitamente), la película es capaz de traducir en imágenes las reflexiones que McCarthy desliza sobre las relaciones paterno-filiales. De ellas, al igual que el narrador estadounidense, Hillcoat entiende que no resultan, en modo alguno, desdeñables, por más turbulentas que lleguen a ser, pues la materia de la que están hechas es indestructible, al punto de sobrevivir a cuanto cataclismo tenga enfrente. Es, pues, en la herencia donde el relato encuentra el origen mismo de la sobrevivencia, en la herencia del padre que, no sin antes enfrentar al hijo a la pérdida y el dolor, le permitirá al niño seguir adelante, abandonar al padre, dejarlo morir –que no olvidarlo- para aprender a vivir, para confiar en su propio instinto de supervivencia, para llegar a distinguir a los buenos de los malos y a saber del bando en el que uno está. No es casual que, aun siendo su mayor desafío enseñarle a meterse el revólver a la boca y aprestar el gatillo para cuando sea necesario, lo más valioso –cuando no lo único- que termina legando el padre a su hijo sea la voluntad de vivir, el deseo de seguir con vida o, en un contexto tan hostil como el descrito, la resignación a vivir, aun a riesgo de la incertidumbre que esta opción entraña.

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