Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 27 de junio de 2022
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Caños de escape y black metal en el altiplano

En su novela Miles de ojos, el boliviano Maximiliano Barrientos une el culto a la velocidad con la irrupción de un dios cósmico. La obra se encuentra disponible a través de la editorial El Cuervo
La portada de ‘Miles de ojos’ y su autor Maximiliano Barrientos. ARCHIVO
La portada de ‘Miles de ojos’ y su autor Maximiliano Barrientos. ARCHIVO
Caños de escape y black metal en el altiplano

El lirismo y el horror adoptan forma de deidad en Miles de ojos, novela con la que Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979) consuma un desvío inesperado. Si en Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011) o La desaparición del paisaje (2015) el escritor retrataba la melancolía de una generación perdida, y en Una casa en llamas (2015) y En el cuerpo una voz (2018) direccionaba esa desolación hacia distopías salvajes, en la presente ficción –que inaugura la colección “Efectos colaterales” de Caja Negra– esos extremos se reensamblan en un sordo rugir preciosista. Es un literal estruendo de caños de escape y música black metal el que emerge de la trama, que se divide en cuatro piezas autónomas para alcanzar una resonancia de proporciones cósmicas.

El centro común es un árbol capaz de invocar a un dios monstruoso por medio del suicidio ritual, en concreto el choque de un auto contra su corteza. Proveniente de un lejano origen en la motorizada Detroit a comienzos de siglo XX, la hermandad liderada por el albino Aldo recluta por la fuerza a choferes aptos para el sacrificio en distintos momentos del tiempo. El culto le rinde tributo demoníaco a la velocidad, y es casi obvio percibir en sus altares de carne y metal y postales tétricas de celebridades muertas en rutas una afición asimismo devota por el Crash de Ballard y Cronenberg, referencias que Miles de ojos digiere a conciencia y sin culpa igual que a los seres esperpénticos de H.P. Lovecraft, las carreteras de Cormac McCarthy o los films exploitation con Nicolas Cage o Udo Kier.

Es sin embargo la localización en terreno boliviano uno de los aspectos fundamentales del texto, que en su segundo capítulo –el más extenso– ensaya una microsociología santacruceña de clases privilegiadas, barrios pobres y comunidades indígenas. Allí Barrientos sitúa una iniciación adolescente en clave autorreferencial, ya que la época es la década de 1990, cuando circulaba el VHS y en la radio sonaba Vilma Palma.

Un resquicio de rebeldía se hacía valer en las culturas del metal, el fanzine o el skater, desavenencias a la política de derechas del presidente “Gori” Gonzalo Sánchez de Lozada, la enseñanza escolarizada de Cien años de soledad o la cumbia que bailan los mayores. No exento de un candor que se sale algo de tono, ese discurrir de bullying, pandillas y vínculos familiares conecta con las primeras obras del autor y cimenta en el vértigo del kilometraje y los decibeles una vía de salida romántica a un horizonte tan acomodaticio como deprimente. Llevando al límite la lógica de opuestos, la inocencia juvenil desemboca en un concierto en el pueblo de Samaipata en el que saltan chorros de sangre, se queman animales y se proyectan imágenes del cadáver de James Dean junto a su Porsche Spider.

En el golpe brutal del impacto se activa la mitología subyacente, que conecta aceleracionismo vehicular y new weird en la omnipresencia de un pez gigantesco de “miles de ojos” que trae a este plano un sueño colectivo que acaba con el capitalismo. Esa irrupción de un mundo de coherencia mágica –que guarda visos de simulacro, dada la dedicatoria al diseñador de videojuegos Hidetaka Miyazaki– es lo mejor de la trama, que hace así vibrar en varios niveles una estética del umbral que se aplana en casos semejantes.

“En la velocidad había algo puro, un sonido. La voz era una respiración convertida en significado”, dice un personaje referenciando el punto ciego –plasmado en testimonios fugaces de víctimas de accidentes– en el que estallan en simultáneo cuerpo y máquina, hecho y visión, mente y universo, prosa y poesía. Las pupilas de Miles de ojos se abren al máximo en esos chisporroteos abismales, ventanas al infinito que miran y son miradas y donde se ponen en combustión las historias pasadas y por venir.