Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 20 de mayo de 2022
  • Actualizado 06:38

Un circo ambulante

Sobre la espectacular presencia de Giuseppe Chiarini y su elenco circense en La Paz, uno de los más influyentes y memorables de la segunda mitad del siglo XIX en todo el mundo
Un circo ambulante. CORTESÍA
Un circo ambulante. CORTESÍA
Un circo ambulante

Al promediar el año 1878, el Gran Circo Chiarini llegaba al país con su pintoresca comitiva. Tal vez no era el primero en su género, pero sin duda era el más vistoso que había pasado por aquí hasta ese entonces. Tanto así que, medio siglo después, Ismael Sotomayor lo rememoraba en una de sus añejerías paceñas, titulada “Oh, gran Charinni [sic]”, en la que afirmaba que este circo había sido “único, incomparable, grandioso, colosal, portentoso”. 

Su dueño, el italiano Giuseppe Chiarini, fue uno de los hombres más importantes del arte circense decimonónico, así como el más cosmopolita de entre todos. Nació en Roma el año 1823, dentro de una familia de entrenadores ecuestres y artistas que, en realidad, era una verdadera dinastía de acróbatas, domadores, titiriteros y actores. Ya en 1710, los Chiarinis se dedicaban al espectáculo como mimos coreográficos en Francia y, para 1790, estaban abocados al teatro de sombras en Hamburgo. A sus dieciséis años, Giuseppe –o José, como era conocido en el mundo hispánico– se embarcó hacia Rusia con la compañía de su coterráneo Alessandro Guerra (considerado uno de los fundadores del circo moderno) y permaneció un largo periodo en San Petersburgo. Después de esa experiencia y un breve paso por Viena, estuvo un tiempo en Nueva York, para luego fundar, en 1856, su propio circo. Durante casi una década, el Real Circo Español –como lo bautizó Chiarini– realizaría giras por Cuba y el Caribe (Haití, República Dominicana, las Antillas y Bahamas), incorporando a su elenco artistas ingleses, estadounidenses y locales. Pero no fue sino a partir de 1864 que comenzó a brillar en todo el continente. 

Así, por varios años, se dedicó a recorrer la América hispana de norte a sur. Por ejemplo, su presencia en México fue muy aclamada. A partir de ese momento, su emprendimiento tomaría el nombre de Real e Italiana Tropa de Caballos del Signor Chiarini o, simplemente, Circo Italiano de Chiarini, y haría las delicias del gran público, sobre todo durante el breve reinado de Maximiliano I de Habsburgo. Sin embargo, y a pesar de haber construido un imponente anfiteatro con capacidad para 150 personas en la Ciudad de México, Chiarini decidiría retomar sus correrías poco antes de la ejecución del emperador en 1867.

Después de una intensa temporada en Estados Unidos y, en particular, en la costa oeste, el circo emprendió rumbo hacia Australia y el sudeste asiático. Para ese entonces, la comitiva viajaba con unos sesenta caballos amaestrados y más de cien empleados de diversas latitudes. Entre los más memorables, se encontraban, por ejemplo, los hermanos Carlo, acróbatas y cantantes que iniciarían una compañía itinerante muy célebre en Argentina y Uruguay, considerada además la primera en poner en escena un “circo criollo”, con rasgos propios de la región rioplatense. 

Finalmente, casi una década más tarde y tras una fugaz estancia en San Francisco, Chiarini volvería a Sudamérica y es ahí donde lo encontramos siguiendo su ruta hacia Bolivia. Los periódicos paceños lo comenzaban a anunciar en primera plana en agosto de 1878, ante la impaciencia de los lugareños, que esperaban con ansias su llegada. Por lo que comentaba la sección social de El Comercio, “el Gran Circo Chiarini está a la orden del día. En los salones de la alta sociedad, en todas las oficinas públicas, en el taller del humilde menestral, en las plazas y calles no hay otro tema de conversación”. Además de su inminente éxito, el autor también subrayaba que se tenía noticias de otras tropas que, como “Mr. Chiarini y sus tigres, y su bisonte, y sus chocos, sus caballos, y sus monos, etc. y etc.”, también viajaban por países vecinos como Chile.

Con esta expectativa, el 6 de septiembre el Gran Circo Italiano inició sus funciones diarias en el patio del convento de La Merced y permaneció ahí hasta el 23 de ese mes. La recepción, evidentemente, fue magnífica y muy rentable, a tal punto que varias representaciones se destinaron al beneficio de los hospitales paceños por iniciativa del mismo propietario de la compañía. Su programa consistía en la actuación de niños trapecistas, un número ecuestre, prestidigitación con argollas, cuerda floja, malabares, acrobacia aérea y la exhibición de un búfalo de nombre Dick, que causó gran impresión, en particular entre las mujeres asistentes. En efecto, el de Chiarini fue uno de los primeros circos –si no, el primero– en traer animales a la escena y, para su apertura, también contó con tres tigres de bengala “altamente adiestrados”, como rezaban sus avisos publicitarios. Asimismo, ofrecía la apreciación de una “cebra del Cabo de Buena Esperanza” y de un “cinocéfalo de África”, siendo este último directamente un monstruo imaginario.

A pesar de algunas inexactitudes en su texto –en particular, la disgregación de la compañía al salir de Bolivia–, Ismael Sotomayor se detiene sobre la espectacular presencia de Giuseppe Chiarini y su elenco en La Paz que, según nos dice, caló hondo en el imaginario popular de la ciudad. Y, como en muchas de sus añejerías, tampoco se olvida de incluir algunas anécdotas curiosas. De esa forma, nos enteramos de las aventuras del presidente Hilarión Daza con una de las actrices del circo llamada Olga Guerra. De hecho, su “gracia y su belleza” eran de tal renombre que, en enero 1879, durante su permanencia en San José de Costa Rica, los periódicos la retrataban como una mujer “seductora”, “deslizándose tenuemente como una ondina de céfiro”.            

De esta suerte, Chiarini y su circo partían del país dejando tras de sí su leyenda y continuando un incansable viaje que solo terminaría con la muerte de su dueño en abril de 1897. Giuseppe se encontraba en la ciudad de Panamá y, aunque es probable que hayan vuelto a visitar nuestro país en 1890, por años sus pasos lo habían llevado a recorrer China, Corea, Filipinas y Japón. Sin dinero y sin posteridad, con Chiarini se extinguía también el que fuera el circo más viajado, como también uno de los más influyentes y memorables de la segunda mitad del siglo XIX en todo el mundo.