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  • Diario Digital | miércoles, 16 de junio de 2021
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Caminos que conducen a Los claveles de Tolstoi (II)

Segunda parte de un ensayo en el que el autor hace una revisión al trayecto literario del escritor paceño Guillermo Ruiz Plaza, ganador del Premio Nacional de Novela 2018.
Portada de ‘Los claveles de Tolstoi’, la más reciente  obra del escritor Guillermo Ruiz Plaza (derecha). ELABORACIÓN PROPIA
Portada de ‘Los claveles de Tolstoi’, la más reciente obra del escritor Guillermo Ruiz Plaza (derecha). ELABORACIÓN PROPIA
Caminos que conducen a Los claveles de Tolstoi (II)

En esta apuesta por una visión del mundo que está compuesta de ficciones, lo fantástico juega un papel fundamental. En la definición que Ruiz Plaza da de este género en un ensayo publicado como postdata en El fuego y la fábula, encontramos la noción de que lo fantástico es esa presencia constante que queremos excluir y mantener fuera de nuestra relación con la realidad. Como dice Willy Camacho en su nota preliminar al libro, los cuentos que componen este volumen nos introducen a ese espacio que acecha en todo momento la normalización que hemos hecho de la realidad. El ingreso de lo fantástico en nuestro mundo, en nuestra realidad, viene a quebrar el ordenamiento cotidiano de las cosas. Se trata de una fisura que atraviesa toda la realidad y que nos puede abismar en la locura y el delirio. Esta fisura se puede originar de las formas más diversas, pero siempre representa una amenaza, una potencial disolución del tejido que hemos forjado para que nuestra realidad sea estable. 

Caos del fuego y fisuras de aquello que nos protege de aquél son las dos líneas que nos permiten comprender mejor esta etapa de la obra de Ruiz Plaza, etapa que será complementada con la publicación de La última pieza del puzzle (Editorial 3600, 2013) y Sombras de verano (Editorial 3600, 2016). En ambas colecciones de cuentos (la segunda incluye reescrituras de cuentos ya publicados y seis relatos nuevos), reencontramos la elaboración de un cotidiano muy familiar (en los dos sentidos del término) que se verá fisurado y estremecido por la irrupción del caos del fuego, es decir, de lo fantástico. Aprovecho aquí para insistir en la importancia que tiene la familia en varios cuentos de Ruiz Plaza, así como en su novela Días detenidos. En un primer momento, cuando yo estaba todavía entusiasmado con Deleuze, creía que esa cercanía con la familia era un rasgo negativo en las ficciones de Guillermo; sin embargo, con la distancia que nos da el tiempo, comprendo mejor que el paso por la familia y lo familiar era más bien una condición necesaria para generar con mayor fuerza el efecto de lo fantástico. Las relaciones familiares son nuestro ingreso al mundo y tiñen a la larga todas nuestras relaciones. Por mucho que queramos escapar de esa determinación originaria, siempre vendrá a perseguirnos como aquello que nos constituye y que, tal vez por eso, tendemos a reprimir. Las relaciones familiares son, pues, reserva de lo fantástico. Ese algo inquietante que, cuanto más reprimido, con mayor fuerza resurge para desestabilizar nuestra visión del mundo (de ahí también que en Deleuze y Guattari, el rechazo de la familia y lo familiar termine en un acercamiento celebratorio del delirio y lo delirante). 

El ámbito de lo familiar es otro aspecto que vale la pena destacar en este periodo de la obra de Ruiz Plaza. Efectivamente, es en ese terreno que se va construyendo y alzando el edificio de su novelística. Lo familiar (de nuevo, en su doble sentido) es lo que constituye y funge de base para lo fantástico; sin lo familiar, no hay efecto fantástico, sin la familia, no hay Edipo como constitutivo de lo simbólico (la realidad que vivimos y experimentamos), no se da el horror de lo siniestro, la inquietante extrañeza freudiana, que se perfila precisamente en aquello que consideramos lo más hogareño, lo más familiar. Lo interesante es conocer las figuras de reemplazo que lo familiar se da para poder seguir vigente: las amistades en la infancia y la adolescencia, las parejas en la adolescencia y la primera juventud y la familia propia, la que construimos en la edad adulta. Un modelo de estabilidad que es también un modelo familiar, amenazados ambos por el horror del caos y el abismo de una pérdida de diferencias en esas separaciones culturales: el surgimiento de un rostro desconocido dentro de aquello que ya teníamos aplacado y domesticado en la cotidianidad. 

Me parece que es en este terreno de la evolución de la escritura de Ruiz Plaza que la novela aparece como una nueva alternativa narrativa con el fin de profundizar en estas rupturas repentinas que vienen a alterar y, a veces, a demoler nuestro cotidiano tan atesorado. En este sentido, el adulterio y la muerte de los padres constituye el binarismo tan interesante de Días detenidos. De nuevo, lo fantástico acecha en todas las historias que se hilvanan en la historia principal que funciona como el tronco de un árbol. En esta novela, Guillermo Ruiz Plaza amplía su horizonte de dos maneras: primero, articula varias historias pequeñas a una gran historia que dirige a todas y les otorga un eco. Luego, delega lo fantástico a un plano de fondo, del que siempre vamos a dudar antes de dudar de la historia que se nos cuenta en el plano central. Lo fantástico se vuelve, entonces, lo que nos recuerda, de tanto en tanto, que no debemos tomar estas ficciones de forma realista y creer que hay una lección muy importante detrás de ellas; son ficciones en las que lo fantástico es una posibilidad remota, pero que sostiene al resto, la ilusión que tenemos de que esa historia central es una historia real, empíricamente ocurrida en el pasado.

Los claveles de Tolstoi representan un regreso al cuento de parte de Guillermo Ruiz Plaza, pero también una evolución, pues este libro está conformado exclusivamente por cuentos largos. El cuento extenso, como forma literaria, es sin duda uno de los más placenteros. Nos demoramos en unas historias que creemos novelísticas, pero al mismo tiempo encontramos cierres perfectos, notables. La extensión de estos cuentos les permite conectarse entre sí de forma esencial, pero también con el mundo de la novela Días detenidos. Una anécdota particular de la factura cuidadosa y preciosista de Guillermo Ruiz Plaza: él nos contó que, pocas semanas antes de publicar el libro, dejó de lado uno de los cuentos, uno de los que con mayor fuerza vinculaban estas historias con el universo de ficción que su autor parece haber concebido desde ese tronco infernal que es Días detenidos. Aunque el puente quede atenuado, el lector siempre estará invitado a rastrear y plantear esas conexiones que hacen de este universo de ficción una multiplicidad unitaria. 

A modo de invitación, les dejo a la vista uno de estos puentes: en “Cara a cara” (relato de El fuego y la fábula), dos hermanos gemelos se reúnen en un cuarto de hotel para resolver un asunto. Uno de ellos piensa que puede salvar al otro de una muerte que ha visto profetizada en un sueño (de esa misma forma ha profetizado también la muerte de la madre). Este sueño involucra una pintura de Magritte, “El doble secreto”. En Los claveles de Tolstoi encontramos varias parejas masculinas, y una femenina, que nos hablan de este horror de ver de frente la muerte de nuestro doble y que esa muerte nos corresponda. El juego de dobles, pues, los espejos que nos multiplican al infinito siguen como una fuerte marca de lo fantástico en la narrativa de Ruiz Plaza, tanto en Días detenidos como en su novela por venir y, por supuesto, en los cuentos de Los claveles de Tolstoi. (Libro del cual, si nos ponemos controversiales, afirmaríamos que también es una novela, una novela fragmentada y fragmentaria. A este respecto, cabe recordar lo que dijo Saer acerca de la novela: que son las menos novelísticas las que mejor se mueven en el género, pues lo renuevan.) El juego de dobles, pues: en un caso son hermanos gemelos, en otro caso, enemigos mortales, en un tercer momento serán, quizás, el escritor y su sombra seguidora (quien lo admira y alienta). Las parejas, las duplas, los dúos son agoreros de lo fantástico, de esas duplicidades que en esta obra aparecen en geografías diversas.

Concluyo con dos observaciones. Guillermo Ruiz Plaza inició su trayectoria ficcional (no he hablado de sus ensayos, que a estas alturas ya son varios) con la dupla de imágenes del fuego y de la fábula. Esta figuración retórica o plástica de lo indiferenciado como llama que se traga todo y la diferencia de la fábula, que ordena, coincide con la que Cachín Antezana encuentra en Borges, Álgebra y fuego (libro cuya reedición resulta necesaria): el álgebra como el orden matemático que sostiene el todo y el fuego en el mismo sentido que aparece en la ficción y en la poesía de Guillermo Ruiz Plaza. No quiero comparar a nuestro autor con Borges, este no me gusta mucho y nunca escribió una novela, pero el régimen metafórico de ambos autores no está muy alejado, sin duda. 

En suma, con la reciente publicación de Los claveles de Tolstoi asistimos a la confirmación y al enriquecimiento del mundo literario (no solo narrativo) de Guillermo Ruiz Plaza, un mundo a la vez diverso y unitario, sostenido por obsesiones singulares. Una de ellas, quizá la principal, es la idea de que, ante la imposibilidad de conocer lo real, proyectamos en él nuestros relatos, grandes o pequeños, ideologías o fantasías reveladoras, no de la realidad en sí, sino de quienes las despliegan sobre lo real. Cuentos que nos contamos alrededor de un fuego o desde el deslumbramiento de una pantalla digital. Cuentos que, como un infinito campo de claveles blancos, nos hablan de un lugar que tal vez no exista. Porque las historias no son más que historias y son, al mismo tiempo, lo único que tenemos. 

Doctor en literatura por la Universidad de Pittsburgh.