Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 19 de febrero de 2020
  • Actualizado 04:41

CINE

Bote amarrado no navega

Sobre Santa Clara, de Pedro Antonio Gutiérrez, filme boliviano que se mantiene en la cartelera de del cine SkyBox en Cochabamba y en algunas salas del país.
Un fotograma de la película.
Un fotograma de la película.
Bote amarrado no navega

Uno: El “wéstern” es el único género que nació para los grandes paisajes y su goce. Vi el tráiler de Santa Clara media docena de veces en las previas de otras pelis y me gustó; aunque entonces no estaba en condiciones de sospechar siquiera que el filme iba a ser sólo un trailer de un viaje interminable rumbo a Motacusal.

Un “wéstern” que se precie de tal  es macrogénero y no tiene nacionalidad, aunque su acta de nacimiento esté marcada a fuego con cuatro letras: Utah. Ha habido grandes “wéstern” japoneses –de la mano de don Akira Kurosawa, cómo no- y también italianos con sabor a “espaguetti” y factura  de Sergio Leonni,  con guapos vaqueros  y lejanos oestes de Andalucía. Incluso la cinematografía boliviana tuvo una “opera prima” de gran calado, la recordada Mina Alaska de  Jorge Ruiz, pionero entre los pioneros. No, Pedro Antonio Gutiérrez, Santa Clara no es el primer “wéstern” de nuestro cine. 

Dice el estudioso Vallet y dice bien que el “wéstern” no es en verdad un género, es todos. Empero, el señor Gutiérrez no los sazona bien y obtiene como resultado un chairo soso de tragedia griega, trama de suspense inglés y telenovela venezolana.

Dos: La película de Gutiérrez (una idea tal vez para mediometraje, apenas un corto) tiene muchas lagunas, quizás la más grande sea su paupérrimo guion, un hándicap habitual en el cine boliviano tan falto de escritores. Decía Orson Welles que “es preciso dotar a los personajes, a todos, de los mejores argumentos, de sus mejores argumentos, para no convertirlos en tontos o buenos o malos sin más”. El reparto de Santa Clara pivotea sobre tres grandes de los nuestros: Mercado, Lora, Ureña. Un bueno muy bueno, un malo muy malo y un tonto muy tonto, sin más. Y unas cuantas mujeres florero. ¿Podía hacer el elenco algo más con semejantes líneas?  Podemos decir muchas cosas y todas serán ciertas pero en el cine boliviano existe un factor inalterable que se repite una y otra vez, con honrosas excepciones, el guión o la dramática y angustiosa falta de éste. Alguien se preguntó alguna vez: por qué los poetas bolivianos no escriben para el teatro, por qué nuestros dramaturgos no escriben para teleseries, y por qué todos abandonaron a nuestro pobre cine.

Sólo así se entiende que una historia de venganza no se consolide como tal y, aunque intente una vuelta de tuerca final, deje sensación de desperdicio; aunque, también despierte las ganas de ir a fotografiar las playas desiertas del Beni.

Tres: Santa Clara tiene cosas que me gustan, pocas. Una de  ellas es la música y esa melodía que me acompaña desde el tráiler gozoso; obra del paraguayo Fran Villalba (hacedor de esa pequeña joya llamada Siete Cajas) armoniza acordes e instrumentos indígenas para lograr sonidos que parece salir de una selva  y tiene, al mismo tiempo, una impronta épica que emociona. La segunda cosa que me gusta es  la fotografía de André S. Brandao, que con ojo bien entrenado se regocija con el paisaje sin caer en la frivolidad, resbalón habitual que han traído los malditos drones, que otras tierras asesinan impunemente y en territorios  más cercanos simplemente matan buenas intenciones. Sí, Valdivia está es para vos. 

Santa Clara tiene cosas que no me gustan, muchas, demasiadas. Gutiérrez no sabe dónde poner la cámara y eso sí es jodido. Gutiérrez peca de impericia narrativa y montaje fallido (responsabilidad de otro beniano, el señor Juan Pablo Richter). Su película no fluye, va a trompicones, carece de continuidad, aburre. El montaje es incapaz de aportar ritmo y tensión, ingredientes fundamentales y más en el “wéstern”. Sobre las escenas de acción, otro clásico infaltable, mejor no hablar. Tenemos serios problemas en este apartado,  falencia que se parece a la permanente incapacidad para rodar escenas de sexo en nuestro cine, salvo honrosas excepciones. 

Cuatro: El señor Pedro Antonio Gutiérrez es una “rara avis” en nuestro panorama cinematográfico y allende los mares. Es un empresario multiusos, como esas navajas que sirven para todo y para nada. Ha hecho mucha plata con la construcción, abrió un sello editorial que vendió hartos libros, se volcó en el rubro educativo, ha hecho pinitos en la pintura, ha incurrido en la escritura (novelas y cuentos) y últimamente ha sentido la irresistible llamada del séptimo arte, como director, guionista, productor y… actor secundario. Es un hombre renacentista, aunque –sabido es– el que mucho abarca poco aprieta. Hace unos siglos, quizás en alguna galaxia lejana, hubiese pasado a la historia como un respetado mecenas. Pero estos tipos, para nuestra desgracia, desaparecieron como los dinosaurios del cretácico de Sucre. Gutiérrez fabrica películas como chorizos chuquisaqueños, una al año. Es nuestro Woody Allen. ¿Quién dijo que en Bolivia no puede existir el cine como industria? Gutiérrez hace industria de cine… gracias a la plusvalía de sus empresas. Y da laburo a harta gente con su productora. Santa Clara ha contado con un presupuesto de 400.00 dólares (su primera película, Bárbara, costó la mitad). Dice Gutiérrez que detesta esperar siete años para acabar una película, corriendo y suplicando de despacho en despacho, de burócrata en burócrata. Quizás por eso, sus filmes no reposan, carecen del tempo para la serenidad, comienzan y terminan mal. ¿Cuándo aprenderemos a rematar bien nuestros finales?

Pero no se preocupe, don Pedro Antonio, “maldiciones” de sucha no matan caballo y –como usted bien sabe como todo el Beni– bote amarrado no navega.

Periodista y crítico de cine – Twitter: @RicardoBajo