Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 06 de diciembre de 2021
  • Actualizado 08:42

Borda y los Mesa-Gisbert: episodios de una resurrección (III)

Tercera y última parte de este texto, que relata que a mediados de la década de 1960 la obra del artista y escritor fallecido en 1953 no figuraba en ninguna colección pública y había sido apenas referida en los estudios sobre arte boliviano.  La reemergencia de su efigie y de su obra constituiría un prodigio propiciado por los historiadores José de Mesa y Teresa Gisbert 
‘El Yatiri’ (1918), lienzo de Arturo Borda.            DOMINIO PÚBLICO
‘El Yatiri’ (1918), lienzo de Arturo Borda. DOMINIO PÚBLICO
Borda y los Mesa-Gisbert: episodios de una resurrección (III)

Por su parte, en EEUU, John Canaday, había vuelto a manifestar su interés por el artista paceño en un texto titulado “Borda, as promised” (“Borda, como fue prometido”) publicado en el 19 de junio de 1966 en el New York Times, en el que resalta la “vitalidad e individualidad cautivantes” del artista a tiempo que refiere algunos datos biográficos difundidos por Mesa y Gisbert.  Más de 15 años después, en Bolivia la figura de Borda ya había sido consolidada como se demuestra con la realización por parte del MNA en 1983 de la exposición conmemorativa a su centenario “Borda, el desconocido” que además de pinturas incluía bocetos, escritos y documentos del artista y, un par de años después, de un encuentro de investigadores en torno a su obra.  A finales de la década de 1980, la obra de Borda aparece ya como una de las dos más importantes de la plástica nacional del siglo XX, siendo equiparada en calidad e importancia –  pero no en influencia –  a la indigenista de Guzmán de Rojas en los dos libros dedicados a la historia del arte del siglo XX publicados sendamente por Pedro Querejazu y Carlos Salazar. Los numerosos trabajos y los estudios académicos publicados en las últimas décadas en torno a la figura de Borda, así como la reedición de “El Loco” realizada este año por el municipio paceño, no hacen más que mostrar la vigencia actual de esta figura principal en la cultura boliviana contemporánea.   

Lo hasta aquí relatado pone énfasis en el hecho de que Gisbert y Mesa aparecen desde el principio como promotores de la obra de Borda no solamente a través de su gravitante accionar para la inclusión de una pintura suya en la exposición de Arte Latinoamericano de las universidades de Yale y Texas, sino también en la difusión de informaciones sobre la misma en Bolivia y EEUU, así como en la organización de muestras retrospectivas de su legado pictórico y, quizás, más importante, en sus gestiones para conseguir la publicación de “El Loco”.  Ante esta evidencia fría y puntual, cualquier alusión de Salazar y Roa a una supuesta intencionalidad de invisibilizar al artista por parte del matrimonio de historiadores resulta por demás irrisoria y, peor aún, deshonesta. 

Jose de Mesa y “El Loco”

Una mención especial en la resurrección de la figura de Borda merece, por su parte, el trabajo de José de Mesa en la edición de “El Loco” de 1966.  Como se destacó antes, la inclusión de un cuadro del artista en la representación boliviana de la muestra “Art of Latin America Since Independence, 1800-1965” había sido gestionada por el historiador y arquitecto paceño junto a Teresa Gisbert, lo cual seguramente propició una mayor cercanía y confianza con la familia heredera del artista.  Como consecuencia, en 1965,  Héctor confió a Mesa y Gisbert los originales de “El Loco”, una obra que Arturo Borda -en una versión temprana - había intentado publicar infructuosamente desde la década de 1920 a cuyas páginas muy escasas personas habían tenido acceso (entre ellos el escritor Carlos Medinaceli),  publicándose únicamente breves fragmentos en la prensa de la época.  Según explican Mesa y Gisbert en el prólogo que harían de la publicación editada por la Alcaldía de La Paz, los originales de esta obra se encontraban compuestos por 1.300 páginas “dactilografiadas y corregidas” en cuyos textos primaba un sentido de “desorden y de desigualdad en la calidad”.

En la entrevista concedida al equipo liderado por Wiethüchter en 1999, Gisbert relata que fue su esposo, José de Mesa, quien se entusiasmó por la publicación de este trabajo, tarea que tuvo que realizarse de manera rápida y “sin mayor análisis”, aprovechando la fama repentina que la figura de Borda había alcanzado tras la exposición de 1966.  La tarea se vio enormemente facilitada por el hecho de que por entonces Mesa se encontraba trabajando en la Alcaldía de La Paz, junto al intelectual Jacobo Libermann (con quien ya había dirigido trabajos editoriales para los más de diez tomos de la colección “Arte y Cultura Boliviana” de 1962) y la poeta Alcira Cardona, quien asumiría las tareas de edición y corrección del manuscrito.  

La historiadora y arquitecta confiesa asimismo que como historiadores del arte por entonces no tenían interés particular en valor literario de este trabajo – lo cual se entiende, dada la formación clacisista de Mesa, la afición por la literatura virreinal y decimonónica de Gisbert en contraste con el carácter vanguardista e irreverente de la escritura bordina –  sino que lo que buscaban con la edición de “El Loco” era más bien promover la figura de Borda y “que su obra (pictórica) pueda salir a Estados Unidos”. Esto se ve quizás reflejado en el texto introductorio que redactaron para el libro, en el que ciertamente no manifiestan simpatía particular por su valor literario, describiendo la obra más bien como un “un fluir constante de temas, episodios y formas” y “un experimento logrado solo en parte” imposible de ser inscrito en ningún género literario tradicional.  “El título “El Loco” es una muestra de lo que es el trabajo”, escribirán.  

La edición del texto como tal, atribuida a Cardona y Mesa, enfrenta hoy interrogantes de diversa índole, siendo las más comunes si la obra se publicó integra– los mismos Mesa y Gisbert señalan que la familia del autor sospechaba sobre el extravío de dos capítulos del manuscrito original– y si el trabajo editorial incluyó la realización de modificaciones de contenido para la versión impresa (como sugiere, sin ningún tipo de sustento, Roa), no pudiéndose verificar esta última debido a la pérdida definitiva de los originales.  Roa consigna que en 1966 se publicaron 50 ejemplares de la obra con fondos públicos, no conociéndose cómo éstos fueron distribuidos ni consignando documentación oficial al respecto.  Al campo literario correspondería determinar cuál fue la recepción pública y crítica de la primera edición de “El Loco” (¿Cómo la leyeron el crítico literario más importante – y conservador –  de la época, Juan Quirós, su séquito y otros analistas literarios y escritores?), siendo en la actualidad aceptado que la obra recién cobró importancia en la literatura boliviana tras el trabajo de revisión historicista efectuado por Wiethüchter, Paz Soldán, Rodolfo Ortiz y Omar Rocha en su obra “Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia”, de 2000, cuyas lecturas interpretativas han permanecido en las revisiones subsecuentes de la obra efectuadas desde los ámbitos académicos.