Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 28 de noviembre de 2021
  • Actualizado 11:26

Borda y los Mesa-Gisbert: Episodios de una resurrección (II)

Segunda parte de este texto, que relata que a mediados de la década de 1960 la obra del artista y escritor fallecido en 1953 no figuraba en ninguna colección pública y había sido apenas referida en los estudios sobre arte boliviano.  La reemergencia de su efigie y de su obra constituiría un prodigio propiciado por los historiadores José de Mesa y Teresa Gisbert.
Borda y los Mesa-Gisbert- Episodios de una resurrección (II).
Borda y los Mesa-Gisbert- Episodios de una resurrección (II).
Borda y los Mesa-Gisbert: Episodios de una resurrección (II)

En este contexto resulta curiosa la decisión de Mesa y Gisbert de llevar al historiador y curador norteamericano a una casa particular en el barrio de Sopocachi para que pudiese apreciar la obra de un pintor que había fallecido poco más de una década antes del que por entonces no se sabía ni hablaba mucho: Arturo Calixto Borda Gozálvez. La decisión resulta aún más curiosa si, además, se considera la misma imagen que pervivía en los sesentas de este artista, que, a decir de la misma Teresa Gisbert, era la de un alcohólico que se había pasado las tres últimas décadas de su vida (de 1920 a 1950) deambulando “hecho un desastre” por las calles de la ciudad “de manera que cualquier persona lo hubiese tomado por un mendigo”.  Aún más curiosa resulta esta decisión si se considera que, por entonces, la obra de Borda no figuraba en ninguna colección pública del país y que había sido apenas referida en la escasa literatura referida al arte boliviano y que, ciertamente, ninguno de quienes lo habían conocido personalmente (como Carlos Salazar) se había dado a la tarea de recuperar su legado.   

En esta visita a la casa del hermano del artista, Héctor, se produce el hecho determinante para la resurrección de Arturo Borda:  Catlin y sus asesores deciden incluir en la representación boliviana para la muestra un retrato de los padres del artista, Leonor Gozálvez y José Borda.  La obra  datada en 1943 (que podemos imaginar colgada en el salón principal de la casa familiar) es una pintura al óleo sobre lienzo de gran formato (150 x 133 cm) un tanto extraña para representar la plástica boliviana en una muestra antológica e historiográfica continental, tanto por su temática personal como por no poder ser inscrita en ninguna de las corrientes artísticas “representativas” del arte boliviano del siglo XX,  como el indigenismo y el arte “nacional” mediados de siglo.  Al contrario, según Querejazu, el retrato destaca por sus vínculos con el hiperrealismo y el simbolismo, cuya tradición en el país es mucho menos evidente. 

Según explicaría Teresa Gisbert en una entrevista concedida en 1999 a Blanca Wiethüchter, Rosario Rodríguez y Alba María Paz Soldán, la razón por la que habían llevado al curador norteamericano a ver la obra de Borda fue la amistad del padre de su esposo, José Mesa, con la familia Borda.    No obstante, una razón mucho más determinante parece ser el hecho de que, para inicios de la década de 1960, los esposos Mesa-Gisbert ya se encontraban familiarizados con la pintura del artista paceño gracias a que Héctor Borda se las había mostrado con la intención de organizar una muestra retrospectiva, seguramente desde la institucionalidad de la alcaldía donde trabajaba Mesa o con miras a la próxima inauguración del MNA.  (Al respecto, resulta curioso que en sus textos sobre arte del siglo XX publicados hasta mediados de los sesentas, Mesa y Gisbert no hayan mencionado en absoluto a Borda, pese a su inmersión en el tema y sus vínculos con la comunidad artística local. Aunque la obra de Borda si fuese consignada en la obra señera del crítico e historiador de arte Rigoberto Villarroel,  “Arte contemporáneo”, de 1952,  es muy probable que para la época su nombre se haya olvidado entre ciertos grupos sociales y que el contacto de los historiadores con su obra haya significado efectivamente un descubrimiento para éstos).

El resto de esta historia es un poco más conocido: De los 395 cuadros que conformaron la exposición de arte latinoamericano la obra del Borda recibió elogios especiales por parte de un historiador y crítico del arte de renombre en EEUU como John Canaday, quien en su famoso texto “Debajo del Río Grande en New Heaven”, publicado con una fotografía en blanco y negro del cuadro de Borda en la edición del New York Times del 27 de febrero de 1966, diría que se trata de “la pintura más interesante” de la exposición, tratándose de “una obra de arte de primera clase” de un  “artista de grandes dotes interpretativas y técnicas”.  

Contrariamente a lo que se cree, el comentario de Canaday sobre la obra de Borda no tuvo repercusión inmediata en Bolivia, no consignándose noticias sobre el mismo en los tres principales diarios de la época: Presencia, El Diario y Ultima Hora.  Éstos, sin embargo, si difundieron la noticia de la exposición sin llamar mucho la atención sobre la representación boliviana.  Quienes sí incidirán en este tema y, particularmente, en la figura de Borda (cuyo nombre no había aparecido en los periódicos locales por varios años) serían nuevamente los esposos Mesa-Gisbert en su rol de colaboradores regulares del suplemento dominical Presencia Literaria. En dos textos publicados el primer trimestre de 1966 consignarán, primero, una versión temprana de la biografía sintética del artista y otro referente al arte boliviano en la exposición, en el que señalan que Borda, a pesar de ser un “desconocido en el país”, tiene una pintura “llena de valores humanos” que es “producto de una gran sensibilidad estética”.

Como consecuencia del impacto que el retrato de Leonor Gozálvez y José Borda tuvo en EEUU y de lo que se supo en Bolivia, para el mes de junio de ese mismo año la Alcaldía Municipal de La Paz y la Embajada de EEUU organizaron una muestra retrospectiva de 105 cuadros de Borda en el MNA, quizás la primera en 12 años (Se sabe que la alcaldía de La Paz había hecho una en vida del artista, en 1951, a la que, según un obituario de Ultima Hora de junio de 1953,  habrían acudido más de 10 mil personas), pero, más importante, auspició la publicación en tres tomos de “El Loco”.  

Según rememoró Gisbert en 1999, como consecuencia del éxito de la obra de Borda en EEUU y de su reemergencia en Bolivia, la familia del artista se encontraba muy entusiasmada por los precios que sus cuadros alcanzarían en el mercado, al punto que pedían “el valor de una casita en San Pedro” por el famoso retrato de sus padres. Seguramente durante esta época se produjo la adquisición de otras obras del artista paceño por parte de instituciones gubernamentales como la alcaldía de La Paz y el MNA, y la distribución de otra parte remanente entre sus herederos entre colecciones privadas.