Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 02 de diciembre de 2022
  • Actualizado 12:37

Bitácora de una víctima de la peste

Primera entrega de una serie de relatos testimoniales de un ciudadano que a diario descubre algunos de los costados más oscuros de la pandemia de coronavirus en Cochabamba.
Bitácora de una víctima de la peste

Mi esposa es enfermera. Estos días he tenido que ser su chofer. La he llevado al trabajo no pocas veces, a pesar de todas las restricciones y los riesgos. ¿Qué más puedo hacer? Es lo mínimo, considerando que el gobierno está muy lejos de tratar al personal de salud como se debe. Mienten descaradamente al respecto. Muchas enfermeras en este tiempo han tenido que caminar largas distancias para llegar a cuidar de los enfermos.

Escuchar lo que cuenta mi esposa o ver con mis propios ojos lo que pasa en los hospitales es para ponerse a llorar. En estos días he visto personal de salud que, ante la falta del equipo de protección debido, usa barbijos de un boliviano y cubre su humanidad con esos ponchillos de plástico que solemos comprar al paso para protegernos de una sorpresiva lluvia en el estadio o el mercado. Ni qué decir del resto del equipamiento o del seguimiento de los protocolos. Ya sabemos que han muerto enfermeras por estas insuficiencias…

He renegado mucho sobre el papel que están jugando los SIRMES (Sindicato de Ramas Médicas y de Salud Pública) de todo el país. El año pasado algunos representantes de estos sindicatos salían casi todos los días en la tele dando declaraciones, encabezando marchas; había que ver ese entusiasmo…  Ahora apenitas dicen pío… ¿Dónde ha quedado el supuesto ardor con el que defendían a su sector? ¿Dónde está la pasión con la que supuestamente defendían la salud de su pueblo? ¿Qué nos ha pasado, Dr. Nava?

Al pensar en el riesgo que corren mi esposa y mis hijos me hundo en la tristeza y la decepción…

Muchas veces al recogerla del trabajo no he podido evitar sentirme como las personas que por este tiempo le toca atender a mi esposa: desahuciado. Pero bueno, no puedo derrumbarme, solo me queda cantarle en voz baja: no llores mi amor. Nunca el mal duró cien años ni hubo cuerpo que resista. Ya la pagarán…