Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 05 de octubre de 2022
  • Actualizado 14:12

La “Bienal sin público” (2020) en Santa Cruz y un camino delineado (I)

Primera parte. Si la Bienal de San Pablo en Brasil tuvo una vez lo que se llamó la “Bienal del vacío” (2008), podría decirse salvando las distancias que Santa Cruz de la Sierra experimentó involuntariamente la “Bienal sin público” (2020).
Alfredo Román, Praxis, Plaza del Estudiante. CORTESÍA
Alfredo Román, Praxis, Plaza del Estudiante. CORTESÍA
La “Bienal sin público” (2020) en Santa Cruz y un camino delineado (I)

La Bienal sin público

La XXI Bienal Internacional de Arte de Santa Cruz, Lo Público: Fuera de cubo blanco (2019-2020), fue con creces la más dramática desde el punto de vista de su gestión y realización. En medio se le cruzaron el cambio de gobierno por la renuncia de un Presidente del Estado y una pandemia global. La curaduría a cargo de Kiosko Galería la planteó como un desborde de las salas expositivas tradicionales hacia la calle, de modo que las obras seleccionadas generaran un diálogo con la ciudad y resignificaran la experiencia de los espacios intervenidos. Sin embargo, fue la misma bienal la que resultó resignificada por un evento exterior, nos referimos a la llegada del COVID–19 a Bolivia, tan sólo una semana después de que culminaran los actos de inauguración en marzo del 2020. Esta involuntaria resignificación convirtió a la XXI Bienal de Arte dedicada a “lo público” en algo más cercano a la “Bienal sin público”; en términos conceptuales podría especularse que este giro era incluso más vanguardista que la llamada “Bienal del vacío” en Brasil curada por Ivo Mezquita.

Repasando lo ocurrido abreviadamente, en marzo se decretó la cuarentena rígida a nivel nacional; la idea de pasearla a la ciudad se convirtió en una fantasía. Las obras premiadas, emplazadas en espacios públicos, se habían delimitado al interior del Casco Viejo hasta bordear el primer anillo. Era una bienal ideal para el ciudadano de a pie, premisa que perdió su sentido una vez que la calle fue clausurada. Afortunadamente, en abril comenzaron a permitirse salidas semanales matutinas según número de carnet, para proveerse en los mercados y supermercados. La vida toda parecía aquellos días intervenida por una fuerza insólita que superaba cualquier intervención simbólica vanguardista. En una de esas salidas visité el centro de la ciudad para habilitar operaciones de banca móvil. El ingreso de los bancos estaba custodiado por funcionarios que parecían astronautas, envueltos en aparatosos trajes blancos de bioseguridad; cada usuario debía pasar por una especie de fumigado sanitario, haciéndole girar como a bailarina rusa en la entrada. Hoy en día aquello ya fue digerido, pero en esos días del año 2020 cabía preguntarse: ¿llegó ya el brumoso futuro de películas de ciencia ficción como Blade Runner? 

A pesar de los días soleados, la vida en el centro de la ciudad era extraña, opaca, abundante en miramientos respecto de la distancia social. Bajo el barbijo, nervios a flor de piel. El otro era vivido como potencial amenaza. El arte como objeto exhibido pasó a tener escasa relevancia; del Viejo Mundo llegaron las primeras noticias del arte como entretenimiento en la reclusión en las casas. Este era grosso modo el marco del estado de ánimo colectivo antes de cruzarse con alguna de las obras en espacios público/privados que la XXI Bienal gestionó y emplazó con el financiamiento de la Alcaldía: 20.000 dólares para 10 obras: 7 de artistas bolivianos y 3 de extranjeros. 

Bienal para leer la ciudad

La primera consideración de una bienal de arte es que se debe a la ciudad que la sostiene. Es decir, parafraseando al curador Justo Pastor Mellado (CHI), no hay bienal sin una ciudad que la soporte. Mellado enfatiza: “Debe entenderse a una bienal como parte de un plan de desarrollo local o regional, que involucra a la industria hotelera local, la gastronomía local, las empresas de embalaje, insumos fotográficos, inversión en nuevos medios, sin dejar de mencionar el efecto educativo en las poblaciones vulnerables del territorio, y pasando a tomar en serio la activación del mercado interno, así como la promoción del coleccionismo y la consolidación de un procedimiento de manufactura de imagen–país. Todo eso le podemos pedir a una bienal” . A pesar de que todo ese complejo entramado se perdió el 2020 en la neblina de la pandemia, lo que no perdió la XXI Bienal fue la propiedad de ser dispositivo de lectura de la propia ciudad, es decir, no nos eximía de realizar lecturas, sino que nos forzó a leer el vaciamiento de los públicos en el espacio expositivo como fenómeno en sí.  

 A media mañana del 28 de abril del 2020 me fui a pedalear por el Casco Viejo, deseando ver también las obras premiadas que estuvieran accesibles. Colgaba de la ciudad un cartel imaginario que rezaba “Fuera de servicio”. El Parque El Arenal yacía cerrado por disposición municipal. Detrás de las rejas que lo resguardan se divisaban dos de las obras de exteriores: el proyecto Yangareko en el Contenedor de un colectivo que había sido invitado, Arterias urbanas, y Tamborita del escultor Carlos Paz. Ahí estaban las obras incompletas, pues no existía experiencia artística, cabalmente porque su esencia consistía en ser dispositivos de subjetivación a partir de la relación que los visitantes del parque establecieran con ellas. Había obras, pero no existía la “conexión eléctrica” con el cuerpo presente, o el equivalente de lo que el investigador Jorge Dubatti denomina “convivio del acontecimiento teatral”. Más adentro, en el mismo parque, reposaba el icónico mural en relieve cerámico de Lorgio Vaca, junto a la laguna, aislado e impotente. 

Luego fue el turno de la Plaza 24 de septiembre, que lucía envuelta en una capa de nostalgia, como si estuviera siendo filmada a través de una lente empañada. En el centro mismo resplandecía algo como un diamante, se trataba de la intervención al monumento histórico de Warnes; la artista invitada Raquel Schwartz había colocado cuatro paneles de espejos, de 320 x 120 cm cada uno, para forrar el pedestal de aquel monumento, creando un efecto visual de transparencia en el centro de la plaza. La miraba absorto un jovencito en su bicicleta; con el barbijo colocado a medias, tenía la expresión de alguien que ha presenciado un hechizo. Conversamos brevemente, le di el nombre de la artista y volvió a sorprenderse cuando supo que la obra titulaba Somos. Comentó su deseo de estudiar arte en la universidad. Luego siguió su camino. Me quedó grabada la certeza de que los artistas no pueden resignificar los espacios por sí solos, pues la resignificación ocurre en la experiencia del espectador o no existe. 

Envuelto en aquellas cavilaciones noté que la plaza volvía a quedar desierta. Ya de salida alcancé a apreciar el mural Sin título de Graciela Harper (Argentina, 1966) que alegraba el muro sur del edificio de Manzana 1 Espacio de Arte; la artista es conocida por sus exploraciones en espacio público jugando con la geometría, el color y la fluidez de las formas en el espacio. Eran más de las 11 de la mañana y el recreo se iba a acabar. Todos teníamos sólo una mañana a la semana para desplazarnos por nuestra zona de la ciudad. 

Bordeando el Casco Viejo, en la Plaza del Estudiante ubicada sobre el Primer Anillo, visité finalmente la intervención escultórica Praxis, del artista Alfredo Román. Se trataba de un conjunto de tres gigantes fémures humanos colocados paralelamente en el espacio abierto, a la manera de columnas jónicas idénticas entre sí. El contexto espacial de su locación estaba marcado por el edificio central de la Biblioteca Municipal en el fondo y del Palacio de Justicia al frente. Escasos automóviles circulaban por la avenida. Policías detenían ocasionalmente a los conductores en el semáforo para revisar su permiso de tránsito; contados transeúntes en la zona avanzaban a paso apresurado con grandes bolsas de compras. Nadie parecía percatarse de que ahí mismo, en sus narices, se encontraba una muestra de arte conceptual que dialogaba con la historia arquitectónica de la ciudad. Una electricidad cargada de vacío y abandono recorría por las venas, mientras las hojas color rosa caídas de los árboles le daban un tono de otoño a las calzadas. El gran logro de la XXI Bienal con esta obra, como bien lo hizo notar Narda Alvarado en un artículo publicado en la Revista Artishock , es que quedó emplazado como un bien de la ciudad, siendo “la única y la primera obra de carácter conceptual alojada permanentemente en un espacio público en Bolivia”. (Alvarado: 2020) . Este logro palpable, sin embargo, contrasta con la indiferencia en la cual ha quedado la obra en los trajines de la zona.