Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 23 de septiembre de 2019
  • Actualizado 16:10

Bien vivido, Ron

Un perfil íntimo y entrañable de Roberto Guilhon, actor, cineasta y músico cochabambino que<br>falleció el sábado 20 a los 41 años. Una figura tan intensa y generosa como los heterónimos con que fue conocido y querido en vida.

“Only the gentle are ever really strong”. (James Dean)
Un solo nombre no le bastaba para tanta vida. Era “Ron” para un mundo de amigos y amigas que no lo soltaron nunca, que se llenaron de su gentileza, de su humildad, de sus juegos y de su intensidad. “Vincent Vega” era el nombre con el que firmó, como realizador, sus mejores cortometrajes y videos musicales. Que haya tomado cinéfilamente el nombre del mítico personaje de la película Pulp Fiction, Vincent Vega, ese rebelde asesino a sueldo, oscuro y extremo, desorientado y libre, hace honor a un nombre, pero también a una actitud: la vida al borde. “Roberto Guilhon”, el nombre con el que engalanó las mejores películas del cine contemporáneo boliviano, el nombre del actor y del director, el nombre del hombre. “Roberto Arze” era su nombre en el Facebook; su nombre mutilado por la pérdida del padre, un espacio al medio, un silencio y dos alas saliendo de él. Su nombre completo era “Roberto Guilhon Arze”, el nombre en su partida de nacimiento, en las listas de la universidad, en su carnet de identidad, en esos inaceptables historiales médicos de los hospitales por los que entró y salió, pasó y luchó, el nombre que nunca debería haber “tipeado” el encargado que hace los anuncios de la casa de funerales La Capilla el 20 de julio de 2019.
Cinco nombres de muchos otros, de mucha más vida. Cinco como el número tatuado en su hombro. Cinco aristas de una estrella.
Un solo cuerpo no le bastaba para sostener toda esa vida, pero, por suerte y por cosas que nunca entenderemos, Roberto Guilhon tenía el enorme talento innato de la actuación, encarnando papeles que le permitieron vivir más al desangrar su vida en personajes tan icónicos y reales como el locuaz e intrépido joven Víctor en Lo más bonito y mis mejores años (2005), de Martín Boulocq, al huérfano y roto Toño en Los Viejos (2011), también de Boulocq, al desatado y leal Snake en El olor de tu ausencia (2013) de Eddy Vasquez o al oriental guerrillero del Che, Freddy Maimura, en Guerrilla (2008), de Steven Soderberg.
Su gran complejidad emocional, la brutal honestidad de su corazón y la manera de entregarse al otro marcaron su trabajo como actor con tanta intensidad que no es difícil hablar de un antes y un después en la actuación del cine boliviano. Después de actores de la talla de David Santalla, Jorge Ortiz, Luis Bredow, Elías Serrano o Reynaldo Yujra, que tenían una escuela de actuación con más técnica y trabajo previo, Roberto Guilhon irrumpió en la escena del cine boliviano con una frescura y autonomía inusitada brillando con luz propia, con la misma libertad de espíritu y producción que reclamaba el cine en ese entonces. La aparición de un Guilhon honesto, sin tapujos, sin bordes pulidos de frente al espectador inauguraba, en las pantallas grandes del cine boliviano, la entrada irrefutable del cine contemporáneo en el país. La actuación de Guilhon personificaba, con su cuerpo y frases de antología, en gran parte improvisadas, lo que el cine contemporáneo terminó siendo en palabras del crítico Diego Batlle: “La fragmentación narrativa, el diálogo con referentes bastardos e impuros, la cinefilia desbocada como fuente de inspiración recicladora y el remix como idioma universal en un mundo de secuencias y no tanto de películas”

Guilhon infundió ese sentido de libertad, inteligencia e instinto actoral a las películas del nuevo cine gracias al conocimiento intuitivo que poseía del dispositivo cine y que hacía que su relación con la cámara se diese de manera natural, honesta y seductora. Su relación con la cámara era la misma que tenía con los que le rodeaban, siempre desde la desnudez espiritual, de la camaradería y la humildad, desde la certeza de que a los humanos nos unen fuerzas superiores y poderosas

Esa forma de relacionarse con la cámara lo acercó a un público que perdía la esperanza en las producciones nacionales, lo acercó de nuevo al cine, a un nuevo cine, lo tomó de la mano con esa manera dulce y suave que tenía y lo condujo hacia una nueva forma de leer y entender el cine. El que se dejó conducir entró de pleno en un mundo vital, irreverente, lleno de preguntas desencantadas al pasado para entrar en un mundo más despojado de dramas innecesarios y poses ensayadas hasta el cansancio.
Desde la actuación ayudó a instaurar de una manera única ese momento bisagra del cine boliviano. Con su desaparición ha desaparecido lo que el actor norteamericano Rod Steiger llamaba un “poeta móvil”, refiriéndose a James Dean. Aves raras y escasas en el cine, un poeta móvil hace su poesía con sus movimientos, con su voz, con su pensamiento y la despliega delante de uno y la relaciona con tus sueños, esperanzas, deseos y frustraciones.  
Esta ave que era el Ron, el Roberto Guilhon, el Roberto Arze, el Vincent Vega, el Roberto Guilhon Arze nos mira con sus hermosos y luminosos ojos desde la pantalla, desde sus frases escogidas para cada uno, desde su música, desde el otro lado del gran ecran que es la vida y ya no nos grita como en su cortometraje Oscura Energía: “Este cuerpo es mío”. Ahora solo nos acaricia mientras nos susurra: están vivos, que sea “bien vivido”.  
Productora y gestora cultural – [email protected]