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  • Diario Digital | lunes, 15 de agosto de 2022
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Un autor para desaburrirse

Sobre la escritura de Daniel Averanga Montiel y su forma ácida de reflejar las realidades a las que como seres humanos nos enfrentamos
El escritor Daniel Averanga Montiel.      CORTESÍA
El escritor Daniel Averanga Montiel. CORTESÍA
Un autor para desaburrirse

La mentadísima Real Academia Española define humorístico como el: “Modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando lo cómico, risueño o ridículo de las cosas”. Además, afila las cosas mencionando que el humor negro es: “humorismo que se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror, lástima o emociones parecidas”. O como diría ese viejito barbón llamado Aristóteles, en su también mentadísimo libro Poética, la comedia es la imitación de lo feo que es risible.

¿A qué viene toda esta chachara sobre el humor? Porque si hay una constante en la escritura de Daniel Averanga Montiel es su forma ácida de reflejar las realidades a las que como seres humanos nos enfrentamos.

Pero bajemos una marcha. ¿Quién es Daniel Averanga Montiel? Es un hombre de letras. Tan apasionado de las letras que ha dedicado su vida a las ferias literarias, a los talleres de escritura y, por supuesto, a escribir cuentos y novelas. Es uno de esos escritores bolivianos contemporáneos que de tanto que se habla de ellos parecen evanescentes.

Personalmente, me lo imagino con un par de revólveres, como los de las pelis de vaqueros, disparando contra todo y contra todos. Mientras ríe a carcajadas con cada nueva línea que escribe.

En su cuento El aburrimiento del Chambi (finalista del XXXVII Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo, La Paz 2010), Averanga hace gran gala de su característico humor ácido. Durante el relato acompañamos a dos policías. Uno bastante violento, pero bueno, cuyo más grande defecto es que se aburre cuando no encuentra acción. Y el otro, bastante tranquilo, pero un verdadero hijo de p***a.  Ambos patrullan las calles de El Alto y la zona sur de La Paz como el clásico dúo del paco bueno y el paco malo. En este recorrido, siempre de la mano de lo cómico, aprendemos a que los jailas corruptos de la zona sur y los maleantes de El Alto solo se diferencian por la pinta y el color de sus tatuajes.

Pero el autor sabe que los pacos no son ningunos santos —además sus dedos jamás se apartan del gatillo a la hora de escribir—. En el cuento Hambre (mención de honor en el XVIII Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, Cuba, 2019) nos da vuelta la tortilla. Esta vez acompañamos a tres patrulleros, estudiados y con buenas intenciones. Que ante el crimen se quedan estáticos, sin saber qué hacer. Alcanzando a reaccionar solo para comprar tres anticuchos para llevar del puesto que está cerca de la escena del delito. Y es que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, y repleto de puestos de comida.

Averanga también toca otros temas, sensibles, que aquejan a la sociedad boliviana, como el de la migración. En su microcuento Ulises revisited (finalista del Concurso Nacional de microcuento Somos Bolivia, La Paz, 2011) nos relata de cómo Justina espera, en su puesto del mercado, el regreso de su esposo Ulises. En esas breves líneas también señalará esa verdad que muchas veces escogemos no ver; la vida en el extranjero no siempre es más fácil y mejor, quedarnos en nuestro hogar, con todo y sus dificultades, puede hacernos más felices.

El humor negro del autor le permite también abordar con facilidad —y yo diría hasta con cierta ternura— cuentos que en forma reflejen las anécdotas de los abuelos o bisabuelos, como es el caso de Domingo odiaba los lunes (mención de honor en el XXXIX Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo, La Paz, 2012). Que nos invita a escuchar las anécdotas de Domingo Ramírez, un excombatiente de la guerra del Chaco, a quien la desgracia siempre le atrapa los lunes.

Averanga también tiene otra línea de cuentos que atrapa de una forma inesperada. Al leerlos sentí que le hablaban a mi yo adolescente, del colegio, ese que a la salida iba corriendo al internet para jugar al último Call of Duty, que escuchaba metal a todo volumen y leía a Lovecraft como una —inocente— forma de rebeldía ante las enseñanzas de los padrecitos de la escuela. Cuentos que provocaron que apague la cabeza.

Dichos cuentos, sin abandonar el humor negro, juegan con el género, adentrándose en el horror, terror y bordeando las historias de las películas de serie B. Entre estos tenemos a El frente tricolor (Mención de honor en el XLI Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo, La Paz, 2014), que se pregunta: ¿Qué pasaría si en Bolivia tuviéramos que enfrentarnos a una infección zombi? O Luz de luna (Mención de honor en el X Concurso Plurinacional de Cuento Adela Zamudio, Cochabamba, 2016), que transporta a la maldición de los hombres lobo a La Paz. 

Luego tenemos la presencia de cuentos como El hombre del overol amarillo (la adaptación de este cuento al formato de historieta obtuvo el primer lugar en el VIII Concurso Municipal de Historieta, La Paz, 2021) —¿acaso, por el nombre, un leve guiño a El rey amarillo?— y Cuando ser digno es mejor que ser útil (la adaptación de este cuento al formato de historieta obtuvo el primer lugar en el VIII Concurso Municipal de Historieta, La Paz, 2018), que traen a nuestras tierras a criaturas del horror cósmico.

Pero, regresando a su faceta más ácida, Daniel Averanga Montiel, como dije en un principio, dispara contra todo y contra todos, incluso contra el oficio de la escritura. En Un hombre de letras y La Paz era una fiesta (mención de honor en el XL Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo, La Paz, 2013) nos cuenta los engaños y desengaños de lo que significa ser un escritor en Bolivia.

Solo me queda decir que estos cuentos hacen que desee ver a Daniel Averanga Montiel en más librerías, que sea menos evanescente.