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  • Diario Digital | lunes, 17 de junio de 2024
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El arrebato de Narciso

“Nos reconocemos en las cosas y somos ‘a través’ de ellas. Estamos ‘en’ el mundo, no enfrente de él; y nuestra tendencia ontológica más fundamental es precisamente esa caída. Lo ilusorio en todo caso, radica en creer que uno está fuera de esa condición”.
‘Narciso’, 1596. MICHELANGELO MERISI CARAVAGGIO
‘Narciso’, 1596. MICHELANGELO MERISI CARAVAGGIO
El arrebato de Narciso

Cuenta el mito que, cuando Narciso ve su reflejo en el agua, queda profundamente enamorado de su propia hermosura y “se pierde” en  ella. Narciso se ahoga al intentar alcanzar el reflejo de su propia belleza. Aquí, lo ilusorio del reflejo es vencido por la misma voluptuosidad del fenómeno. Narciso es vencido por “su mundo”.  Cuando nos referimos a fenómeno, lo hacemos en su sentido griego, que es precisamente el no-fenómeno moderno. Fenómeno en sentido griego es la cosa misma, la cosa en sí. Abismo entre Aristóteles y Kant nos dirá Heidegger: “Para los griegos, las cosas aparecen. Para Kant, las cosas me aparecen”. Narciso es arrebatado por la belleza, no por su reflejo.

Aludiendo a este mito, Jean Baudrillard nos dice: “Pues si las cosas tienen por vocación divina encontrar un sentido, una estructura donde fundar su sentido, también tienen por nostalgia diabólica perderse en las apariencias, en la seducción de la imagen. Narciso...el espejo del agua no es una superficie de reflexión, sino una superficie de absorción”. Nos reconocemos en las cosas y somos “a través” de ellas. Estamos “en” el mundo, no enfrente de él; y nuestra tendencia ontológica más fundamental es precisamente esa caída. Lo ilusorio en todo caso, radica en creer que uno está fuera de esa condición. En este punto, cabría preguntarse en qué consistiría el mundo para nosotros. Al respecto, Heidegger nos dice lo siguiente: “Lo que hoy significa para nosotros mundo es la inmensa maraña de un aparataje tecnológico de información que se ha colocado delante de la naturaleza, ocupando su puesto, cuyo funcionamiento sólo resulta accesible y dirigible ya por medio del cálculo”. En la Gestell se plasma el proyecto técnico-productivo a todos los ámbitos de la vida humana. Este modo de desocultar provocante – como nos dice magistralmente Hugo Mujica - “Ve los entes que la luz deja ver, que enciende, pero, eclipsado por ellos, soslaya la pregunta por la luz que los muestra, que los da a luz”, el Ser.

Fundamentalmente, el mundo que nos toca descifrar, o más bien padecer, es como una pantalla puesta en frente de la naturaleza. Este “padecimiento” ya encuadra en nuestro ser fórmulas predeterminadas de aprehensión de una realidad ya “embotellada y empaquetada”, pero sobre todo una realidad aparentemente necesaria, el “principio de razón”. Heidegger insiste en que razón y representación son una sola clase de pensamiento. En el umbral del siglo XVIII, Gottfried Leibniz afirmaba: “Nihil est sine ratione (nada es sin razón)”. Justamente es esta clase de pensamiento al que nos referimos, cuando hablamos de ese velo “colocado delante de la naturaleza” del que habla Heidegger. Este velo hace de la tierra un “desierto industrial”. “El desierto de un hombre que ya no vive bajo el cielo – lo abierto – ni sobre la tierra – lo nutricio -. Un hombre que ya no habita”. Un hombre que ya no tiene un mundo. “Nosotros, seres humanos de hoy, parecemos como expulsados de tal habitar, perdidos en las cadenas de la planificación calculadora.” – nos dice Heidegger. “Sin mundo, sin apertura al abrirse del Ser, el hombre se expatria de la “recepción pura”, se destierra de su mismidad abierta: se objetiva, también él, en su pura subjetividad”. 

Por otro lado, Johannes Scheffer (Angelus Silesius) coetáneo de Leibniz nos dice en su Peregrino Querúbico que “la rosa es sin por qué, florece porque florece” y enfatizando la gratuidad de su ser y su florecer, el poeta alemán agrega: “no se preocupa de sí, no pregunta por sí misma, no pregunta si es mirada”. En esta imagen poética, el pensar y la facticidad del ser humano si pueden genuinamente habitar. “El acontecimiento de la rosa, su florecer, es totalmente libre e independiente de un sujeto que le dé esa razón, que le designe un valor o una utilidad” – nos dice Hugo Mujica. Aquí el ser humano, ya no está él mismo, objetivado en su propia subjetividad, y  por el contrario se abre al “juego del mundo” y su esencial co-pertenencia.

En un mundo en que las cosas “nos aparecen”, el tiempo y el espacio, no son más “instrumentos mágicos del alma”, sino solamente códigos de programación en los que no hay más posibilidades ni memoria. Todo desocultar ya esta predeciblemente desplegado, y a nosotros, sólo nos resta consumir dicha predicción desertificante de mundo. Este mundo ya no nos entrega “transparencia” sino solamente un reflejo narcicista de nuestra pura subjetividad. La rosa ya no “florece porque florece”, ya florece porque nosotros queremos que florezca y florece como quisiéramos que florezca. 

Este mundo desertificado y sin riesgo, se convierte así en una “ilusión de la ilusión”, un espejismo hecho a nuestra propia medida, sin misterio. Quizás en eso radicaba el miedo que Borges le tenía a los espejos. No solo a la imposibilidad de a partir de ellos “ver” la luz y a la luz que “da a luz”. Sino sobre todo, si ellos en última instancia no son una prueba factual de una suprema des-ilusión. En el sentido de que los mismos, nos entregan un realidad des-almada. “Yo que sentí el horror de los espejos/no sólo ante el cristal impenetrable/ donde acaba y empieza, inhabitable,/ un imposible espacio de reflejos”. En un mundo así, no se habita, por ende no se ex-siste. Borges continúa: “Dios ha creado las noches que se arman/ de sueños y las formas del espejo/ para que el hombre sienta que es reflejo/ y vanidad. Por eso nos alarman”. Ceguera armada de vanidad, lo cercano que se torna distante y el tiempo sin tiempo. Presente sin memoria.

Alguna vez dije que Narciso, enamorado de sí mismo, muere por su propia vanidad. Su reflejo siendo apariencia, eclipsa justamente por vanidad, el origen de esa apariencia. Hoy, y desde este lado de la metáfora, quien sabe y me puedo rectificar. Vanidad habría sido reconocer su reflejo y “haberse visto” en el lago; y su arrebato simplemente fue suprema claridad...no vanidad. 

Músico y filósofo - [email protected]