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  • Diario Digital | sábado, 21 de mayo de 2022
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Arcade Fire: “La música es como los hijos. Los padres creen que pueden dirigirlos, pero solo puedes intentar no equivocarte”

El grupo canadiense que editó la pasada semana ‘We’, su sexto álbum, sigue usando la música para resolver sus dudas existenciales
Arcade Fire, en el centro, con sombrero, Win Butler, a su izquierda, Régine Chassagne. WARNER MUSIC
Arcade Fire, en el centro, con sombrero, Win Butler, a su izquierda, Régine Chassagne. WARNER MUSIC
Arcade Fire: “La música es como los hijos. Los padres creen que pueden dirigirlos, pero solo puedes intentar no equivocarte”

Afirmaba Frank Black, líder de Pixies, que no hay malas entrevistas, solo malos entrevistados: un día viene un periodista con las mejores preguntas del mundo y, si uno no tiene ganas de hablar, no abre la boca. Pero al día siguiente, al mismo individuo le dicen “hola” y cuenta su vida entera. Win Butler (California, 42 años) y Régine Chassagne (Montreal, 45), los dos líderes de Arcade Fire, confirman esta teoría.

Esta pareja sentimental y profesional no necesita gran cosa para largarlo todo. Aunque, a veces, lo que dicen resulte un poco confuso. Pongamos un ejemplo: este mes, el grupo publica We, su sexto álbum, el primero desde 2017. Es un disco conceptual, aseguran. Pero, ¿Cuál es el concepto? “Hay un agujero negro en medio de nuestro sistema solar llamado Sagitario A*. Y es como... para mí la idea era como... Hay un personaje que busca como...”, contesta Win Butler, dubitativo, antes de lanzarse. “Al principio ese tipo dice: ‘Sácame de aquí, quiero irme tan puto lejos como sea posible, quiero alejarme de toda esta mierda, ¿Dónde puedo ir para escapar de mí mismo, del horror de este mundo?’. Entonces ve ese agujero negro y piensa: ‘Bueno, si llego allí, tal vez con eso baste. Si puedo atravesar ese agujero, estaré lejos de toda esta mierda’. Y al llegar allí resulta que ese agujero negro es su globo ocular. Es él mismo. Es su vida interior. Son todos los seres que ha amado. Es todo lo que ha hecho. Es la mierda buena y la mala; es la sombra, es la luz; todo. Pasamos mucho tiempo tratando de escapar de nosotros mismos. Tratando de huir de algo que no tiene escapatoria”.

Butler y Chassagne son un chorro continuo de información que sueltan de memoria y que, como es habitual cuando uno se apoya en lo que recuerda, la mitad de las veces es inexacta: dicen “sistema solar” en vez de “galaxia”, confunden poemas de Mayakovski, citan a Gustavo Gutierrez, sacerdote peruano vinculado a la teología de la liberación, y le atribuyen un libro que es un artículo... A pesar de todo, casi siempre se entiende lo que quieren decir.

Están sentados uno junto a otro en el estudio de grabación que tienen en su casa de Nueva Orleans. “Al otro lado de la puerta está nuestro patio trasero. Es un estudio muy pequeño, en el siglo XIX era la cocina de la casa”, explica Butler, que lleva la voz cantante. “Es diminuto, mira”, completa Chassagne, que se levanta y extiende los brazos para demostrar que casi puede tocar ambas paredes con los dedos. Habla inglés con acento québécois, y parece una miniatura al lado de su marido que tiene cuerpo de jugador de la NBA. Han liderado Arcade Fire desde que fundaron la banda en 2000, en Montreal; Butler, criado en Texas, se había mudado a la ciudad para estudiar en la Universidad McGill. El resto de los componentes eran Will, hermano de Win (que acaba de anunciar que deja el grupo), y otros tres compañeros de facultad.

En 2004, Funeral, su primer álbum, les hizo conocidos a nivel mundial. Y crearon tendencia: su épica mezcla de folk, pop y rock ha sido imitada durante casi dos décadas hasta el empacho. Todos esos grupos pseudoindies — para qué dar nombres—, que usan sintetizadores como órganos de iglesia, violines de intensidad sinfónica, acordeones y bombos como una banda militar, con varias voces que cantan al unísono como una congregación y tienen coros llenos de uh, uh, uh y oh, oh, oh para que los canten miles de personas en los festivales, están copiando a Arcade Fire. O pretendiéndolo. Es ridículo intentar clavar a la que es, para muchos, la mejor banda de rock en vivo del planeta.

En 2005, David Bowie subió con ellos al escenario durante una entrega de premios para cantar Wake Up, una canción que condensa en cinco minutos y 50 segundos todo lo que es Arcade Fire. El mito creció entonces hasta lo imparable. “En esa pared había un retrato de Bowie”, dice Butler, señalando un muro del estudio. “Nos pasó una cosa curiosa con este nuevo disco. Estábamos aquí grabando una canción, Rabbit Hole donde hay un verso que dice: “Rabbit hole, plastic soul” (madriguera de conejo, alma de plástico): Plastic soul es como Bowie describía la música de la época en la que escribió Fame. Y ahí estaba yo, grabando una toma de voz, que al final fue la definitiva, y citando a Bowie, de repente se empezó a escuchar un extraño ruido. Pregunté: ‘¿Qué suena?’. Mi ingeniero se quitó los cascos y se puso a buscar conmigo. En la otra esquina de la habitación, en mi móvil, no sé cómo, se estaba reproduciendo un tema de Low [disco de Bowie de 1977] que estaba en la misma clave que nuestra canción. A ver, no creo en esas mierdas, pero fue alucinante. Por eso una de las primeras personas a las que agradecemos en el disco es a Bowie. En su momento, él… no sé, sintió una conexión con nosotros. No quería nada de nosotros. Solo darnos fuerza”.

El romance de Arcade Fire con la crítica y el público se prolongó hasta 2017. Cada nuevo lanzamiento era aplaudido como un paso adelante, pero a Everything Now, su álbum de aquel año, le llovieron los palos. Que era frío decían unos, demasiado pop, otros. El grupo acusó las críticas, aunque ahora lo niegan: “Somos muy duros el uno con el otro. No hay crítica que nos pueda hacer nadie que no nos hayamos hecho nosotros antes. Y una vez que has sobrevivido a esa trituradora…”, dice Chassagne, antes de que Butler tome la palabra. “Una vez, Neil Young, uno de nuestros ídolos, tocó en Montreal en Acción de Gracias y organizó una pequeña cena en un restaurante. Nosotros estábamos grabando por ahí y nos pasamos. Cuando Neil estaba yéndose, se nos acerca: ‘¿Estáis grabando? Vale, pasadlo bien’. Y se marcha. Pero antes de salir se gira y nos suelta: ‘O mejor, pasadlo fatal. Esto no tiene que ser fácil’. Grabar un disco no es divertirse. Te puede dar placer, pero también los momentos más miserables de tu vida. Y, durante 20 años, no vas a saber si es bueno o malo. Puedes conseguir buenas críticas por discos que son una mierda y malas por uno genial. El tiempo es el único juez del que te puedes fiar”. Interviene Chassagne: “Para nosotros, la música no es una afición, es una vocación. Moriríamos por el arte, los dos”. Butler apuntilla: “Algunas canciones requieren 20 años para escribirse, otras 20 minutos y todo lo que hagas de más solo va a joderlas. Es como los hijos. Algunos padres creen que pueden dirigirlos, pero ellos son quienes son, solo puedes intentar no cagarla. No podrás hacerlos más listos ni más guapos, lo único que puedes hacer es amarlos y aprender de ellos. Y la música es similar. Estamos aquí para aprender de las canciones. No nos vemos como si las escribiéramos: somos sus sirvientes. En realidad las traducimos”.

Butler y Chassagne tienen un hijo de nueve años llamado Edwin, igual que su padre, su abuelo y su bisabuelo. “No hubiéramos podido hacer el disco sin él. Estaba siempre con nosotros. Y, lo creas o no, tiene un instinto musical bastante firme”, asegura Win. ¿Otro Butler que va para músico? “Podría ser. Mi abuelo [Alvino Rey] fue el segundo guitarrista de jazz de la historia. Hubo uno antes que él, solo uno. Mi madre [Liza Rey Butler], que canta en el disco, es arpista profesional. Mi hijo podrá ser lo que quiera. La música es un espíritu que se posa en ti. Una vez que te señala y está en ti no puedes sacarlo”.

La familia de Régine es originaria de Haití, de donde huyeron a Canadá para escapar de la dictadura de los Duvalier. En We participa como invitado uno de sus ídolos de infancia, el veterano Peter Gabriel, 72 años ya, primer líder del grupo de rock progresivo Genesis, y después apóstol de lo que se llamó world music. “El tipo de revolución que nació en EE UU con los hippies en los sesenta nunca llegó a Quebec. Estaba todo tan controlado por la Iglesia Católica que el Verano del Amor [1967] ocurrió en los setenta. Por tanto, Genesis fue aquí lo que los Beatles fueron para EE UU. Sonaba a mi alrededor mientras crecía. Después, Peter Gabriel se abrió a las músicas del mundo, a los tambores. Mi familia es de Haití, que es África en muchos sentidos. Pero en Montreal todo el mundo era muy blanco y muy normativo y esos tambores eran mi único acceso a aquel otro mundo. Recuerdo estar en el supermercado, escucharlos y pensar: ‘¡Eh, esto lo conozco!”.

No tardarán mucho en irse de gira. “Si el mundo sigue en pie”, bromea Butler. “Cada día me levanto esperando leer que la Bolsa se ha hundido y que se ha derrumbado el sistema. Mi abuelo estaba en Nueva York cuando el crash de 1929. Tenía 22 años, tocaba jazz por las noches y por el día trabajaba en la obra del Empire State. Y, a pesar de que todo se fue a la mierda, en 1931 terminaron el edificio. ¿Te lo puedes creer? Todo estaba jodido y ellos siguieron. Todo el arte que importa nace de los peores momentos. Viene del estrés y es durante los malos tiempos cuando cuenta más. De eso va la música. Cuando escucho un disco, no una canción sino un disco entero, veo el mundo a través de otros ojos. Al final, se trata de mantener el contacto con la humanidad”.