Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 01 de marzo de 2024
  • Actualizado 17:03

Apuntes sobre ‘El secretario de su delirio’

Texto leído en la presentación en Cochabamba de la nueva novela de la escritora Alison Spedding
Apuntes sobre ‘El secretario de su delirio’

“Cuando el verbo no existía, el hombre moraba en la tierra y recibía en silencio los poderes de la naturaleza, y sin comprender aún su ley, se avenía a ella. Todo era silencio apaciguable. El ser fluía haciéndose uno con el universo. Luego, la palabra irrumpió y el hombre se hizo poderoso. La palabra adivino y el ser se agitó y ya no fue apacible. Y recibió a la naturaleza sólo para doblegarla, para servirse de ella. La continuidad del ser con la tierra se interrumpiría para siempre. Vinieron luego los dioses oscuros y la luz se llenó de tinieblas. La palabra copuló con el silencio, y de esta unión se engendró el sempiterno abismo que a ella se encadena Desde entonces, librando entre ellos secreta guerra, uno no pudo ya existir sin el otro. La palabra mató a la cosa y el símbolo la tomó en su relevo. Desde entonces, el hombre se hizo menesteroso de sentido y trascendencia, y buscando la palabra, solo acudió a él silencio”.

La clave central frente a la literatura es el enigma. Es decir, el secreto que el texto esconde desde sus engranajes de ficción. De repente, es la diferencia evidente entre la literatura de ficción y las otras literaturas, ya que el desentrañar el sentido no es una exigencia definitiva para el lector; más bien se fortalecen en el hecho de que el sentido ya está previamente enunciado, lo cual genera una disposición específica en el acercamiento, donde el capital del lenguaje queda absolutamente garantizado. Sin embargo, en la ficción, el acercamiento es dirigido por la proyección a la aventura que el texto promete, por eso requiere de una participación de complicidad, en la que todo el contexto queda puesto en suspenso a las variantes de la ecuación que el universo ficcional irá convirtiendo en ciertas leyes de convivencia entre el texto y el lector; por lo tanto, el capital del lenguaje es lo menos garantizado que queda, porque lo que menos importa es la operatividad de señalar las cosas; y lo que sí nos queda, es el vértigo por saber que entre el señalamiento de cada palabra con la cosa, existe un abismo en el cual depositamos todas nuestra ganas de vivir el tiempo por un rato. Desde esa forma de relación, la literatura es un peligro para el que no sabe, o no quiere razonar; o mejor dicho, jugar con el infinito decir del silencio que la ficción convoca y hace. 

Necesariamente ahora voy a narrar la experiencia de la apertura del libro de Alison Spedding El secretario de su delirio, editado por Mama Huaco (2023). Además de la autoridad que impone la novela en una evidente amplia extensión, 465 páginas, más un glosario de seis páginas, la portada del libro nos sobrepone a una especie de visión de La Paz no convencional y más bien en una especie de collage arquitectónico que no acostumbramos en diálogo, que tiene como primer principio de voz, la apertura de epígrafe del encantador Bruce Springsteen, que nos advierte la vorágine de sentidos que se nos encamina: “es difícil ser santo en la ciudad”. 

-¿Nombre? 

-Umm Yeshyá.

-No te pregunto por tu hijo, sino por tu asabiyya.

Mi padre es abdal ibn Mamani ibn kunturi ibn mardanish.

La apertura en forma de diálogo de la novela significa para la experiencia la mirada directa al vacío del sentido. El lenguaje, si bien es posible de leer, es imposible de interpretar, por lo menos en un momento primero. No solo es la apelación a un lenguaje, o a una cosmovisión ajena, sino también el gesto por partir desde la oralidad, a pesar del formato escrito, mantener el eco de la voz y de la garganta que tanto se inflama por ser la que acuna la potencia del contar nuestras historias o en su defecto llevar adelante el tan conflictuado acto de la comunicación. 

El secretario de su delirio nos lleva directamente a convivir con las reverberaciones de la narrativa de una historia de ficción, bajo el punteo de un sonido inicial y primordial; el del dato histórico, que está presente, pero modificándose contantemente.

La reverberación es un fenómeno acústico de reflexión producido cuando un frente de onda o un campo directo alcanza una pared, el suelo o el techo del espacio en el que se encuentra. Cuando llega a cualquiera de estas superficies, el sonido «rebota» continuamente y todos estos rebotes (conjunto al que se le conoce como campo reverberante) pueden llegar a amplificar el sonido. En algunos casos con tal intensidad que hace que este sea ininteligible. El tiempo de reverberación es el período de tiempo que transcurre desde que se desactiva la fuente del campo directo hasta que el nivel de presión sonora desciende de su valor inicial. Los conceptos de eco y reverberación son muy parecidos, pero tienen una sutil diferencia importante: el tiempo que tarda la onda reflejada en llegar al oyente. En el eco, la onda reflejada tarda el tiempo suficiente en llegar de nuevo al oyente como para que este lo perciba como dos sonidos diferentes. En la reverberación, sin embargo, este tiempo será inferior y el oyente no lo percibirá como un sonido distinto al sonido de origen.

Desde “La prueba”, segundo capítulo del libro, en una especie de aquelarre, en la que el contar historias se vuelve el punto central de la ritualidad del compartir en medio de comida y de baile, surge el relato de lo prohibido, generándose la expectación del enigma. La cápsula detonante va a iniciarse desde la reverberación de la trama de la novela con las paredes del dato histórico paralelo y el de fuentes entremezcladas, que terminan posicionando al texto en el campo de la ciencia ficción. 

Es una ciencia ficción que, a diferencia de los rancios proyectos marketineros que en los últimos años han invadido la literatura boliviana, que carecen de profundidad y solo se llenan del disimulo ornamental de cables, tuercas y portadas de periódicos. Esta ciencia ficción al estilo Spedding no requiere de viajar a Plutón, o Júpiter, o inventarse un planeta para disimular lo que se quiere decir, sino al contrario nos confronta directamente a los antecedentes sociales de nuestro territorio, sin perder el vigor que ese género suscita en el lector. Más bien, desde este territorio, en un punto del tiempo, que todavía no era este territorio, sino más bien uno anterior y en proceso de ser lo que hipotéticamente en el pasado termino siendo la señalización de este territorio (referencia a la colonia, previa a la república). De esta reunión iniciática se fortalece el motor de la novela, el contar la historia desde “las tradiciones de las mujeres”, donde “Sayyida Bartolina”, en su fuerza histórica, también patrocinará el simbolismo de los efectos que traerá esta reunión, que dará paso al origen de la firma “Las que arrastran”. 

Amaru, Katari, la tradición del cerco, la emblemática figura de Bartolina Sisa siendo el relato histórico verídico para una ficción relatada como una memoria desdibujada de otra posible historia funcionan como respuesta a la pregunta: qué pasaría hoy, si cambiamos un suceso del pasado. Paradójicamente, a pesar de esa alternativa ficcional, lo datos verídicos de la realidad en la que vivimos también nos resulta ajena, ya que la predilección por el estudio de la historia es siempre un eslogan institucional y no una práctica de hábito, dejándonos pasajes de una lucidez formidable en cuanto al entrecruzado de realidades.  

Este ejercicio fascinante por el rebote del dato, por la viveza de la palabras, que es arrojada al viento desde lo oral, es la virtud estilística que permite que conceptualmente la novela siga su curso; las paredes en las que el sonido se va extendiendo, a veces más ruidoso y a veces menos, llevan el nombre de tradiciones literarias que también son contorsionadas al delirio de ojo parlante de la novela; la aparición de un Quevedo y la fortaleza del ejercicio de la crónica, o del maestro de la novela negra norteamericana Raymond Chandler, que pasa de la crónica de Quevedo en Potosí, al relato testimonial de suspenso típico de la textura policiaca del 40 o el 50, o incluso acercarnos a la vivacidad de una versión de la doctora Polo y sus excéntricos casos. De todas formas, lo que vemos en cada mutación de la expresión, es la profundidad del lenguaje en la fuerza de hablarlo, en cada formato, la característica de la convivencia con el diálogo es fundamental, hasta enfrentarnos a “Los que arrastran”, que, en una explicación del porqué del nombre del grupo de mujeres en resistencia de la novela, se nos aclarará nuevamente el panorama amplificado desde la metáfora de la reverberación.

Finalmente, en el último capítulo, se expresa una nueva condicionante que anteriormente ya se iba dejando rastros, el salto temporal, en un juego lúdico fascinante. Por fin vemos cómo se materializa desde lo fantástico el puente entre la república de Qullastán (la posible versión de un mundo musulmán si es que la historia hubiese sido diferente), a la del Estado Plurinacional de Bolivia, graficado en un elemento simbólico por demás de importante, la fotografía de un carnet de identidad. Ampliando la metáfora de lectura, nada más conflictivo que la identidad, en esos ejercicios tan poco asimilados de lo que es una historia, para un territorio, un colectivo, una realidad impuesta. Se da el salto de la puta grieta como el personaje lo anuncia a viva voz; y quedamos frente al Banco Central de Bolivia, en un abandono total a esa posible Bolivia construida en una historia que ha ganado el lado musulmán y no el católico. 

En un cierre consecuente al inicio del diálogo, nuevamente como espectadores, pasamos a ser los escuchas. La novela termina con un diálogo, esta vez entre seres ajenos, de otros mundos, que comparten la memoria desfigurada de habitar el delirio de un territorio, para dejarnos nuevamente en claro que después del ruido, lo que queda es el silencio. 

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