Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 11 de agosto de 2022
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Un aprendizaje literario: ‘El hombre tocado de viento’

Sobre la más reciente obra del escritor Guillermo Ruiz Plaza, disponible en la Feria del Libro de La Paz a través de la editorial 3600
El escritor Guillermo Ruiz y la portada de su libro ‘El hombre tocado de viento’.     CORTESÍA-TWITTER GR
El escritor Guillermo Ruiz y la portada de su libro ‘El hombre tocado de viento’. CORTESÍA-TWITTER GR
Un aprendizaje literario: ‘El hombre tocado de viento’

Los últimos dos libros publicados por Guillermo Ruiz Plaza son dignos de gran disfrute literario: Los claveles de Tolstoi (editorial 3600, 2021) y El hombre tocado de viento (3600, 2022). Al principio de su carrera, el autor pulía textos cortos a los que no parecía sobrar una sola oración. Entonces la visión estética y literaria era la de quien estaba forjando sus primeras armas: había que mostrarse breve y, a la vez, preciso y contundente; de otro modo, uno corría el riesgo, no menor, de quedarse sin lectores. Los últimos tres libros de Ruiz Plaza presentan una diferencia importante con respecto a esa estética: del culto a la brevedad pasamos a un deseo insaciable de proliferación narrativa. Veamos brevemente las etapas que conducen de un momento al otro.

Una vez consolidado su estilo en poesía, ensayo y relato breve, le tocaba a Ruiz Plaza jugárselas en el cuadrilátero de la novela. El primer golpe que nos dio en ese ámbito –para seguir con la metáfora pugilística– fue la voluminosa Días detenidos (Premio Nacional de Novela 2018), con la que se consolidó como autor literario (creo que ese fue uno de los comentarios que hizo al respecto Willy Camacho). Esta novela tiene varios méritos y fue una empresa arriesgada y ambiciosa, sobre todo si pensamos que, como explicó el autor, partía de un cuento breve. La ampliación pasó por una versión nouvelle que, de haberse publicado, lo habría acercado a importantes figuras de su generación (Hasbún, Barrientos, Antezana, Murillo, entre otros), pero Ruiz Plaza optó por extender y ramificar la ficción a través de historias breves y pululantes, entretenidas y llenas de humor, muchas de las cuales podrían parecer digresivas con respecto a la historia principal, lo que contribuye a la definición mínima que podemos dar de toda novela.

El regreso del autor al relato, que se dio con Los claveles de Tolstoi, agrega matices fascinantes a un género que, no por poco frecuentado, resulta menos significativo en la historia de la literatura hispanoamericana y occidental: el cuento largo. Pienso, por ejemplo, en la maravilla que es La mayor, libro de Saer que más bien parece una nouvelle con un bonus por la extensión del cuento que da título a la colección. Los cuentos de Los claveles... dinamizan el universo narrativo de Días detenidos, mostrando alcances insospechados en ramificaciones apenas entrevistas en la novela. En efecto, el cuento extenso permite dar una visión más profunda de algunas historias, ampliándolas y enriqueciéndolas, sin cerrarlas de forma definitiva. La transición hacia la segunda novela de Guillermo no es difícil de explicar: las historias de “Bravo” y “Weber” se prestaban a una elaboración mayor y es esa veta la que explota el autor en El hombre tocado de viento.

En esta novela, el viaje iniciático a Europa de las vanguardias latinoamericanas y la orientación mimética en nuestras artes y cultura con respecto a Francia se despliegan de forma original. Faustino Figueroa anhela consagrarse como el gran escritor y artista boliviano y, para ello, decide embarcarse a Francia con su amigo y seguidor, Felipe Lens. En aquel París de fantasía de los años 50 y 60, ambos vivirán más aventuras de las que habrían podido imaginar. De hecho, a medida que leía la novela, llegué a preguntarme si no estaba ante un delirio de fantasía nostálgica por parte de Lens, quien, ya mayor y de vuelta de todo, refiere esta historia al joven Jairo León en una finca cruceña a fines de los años 70. Delirio nostálgico o memoria fiel, las aventuras de Faustino Figueroa en París cobran tintes legendarios y proporcionan material suficiente para un mito literario.

Ahora bien, si hay algo que Ruiz Plaza cuestiona tanto en los cuentos de Los claveles... como en El hombre tocado... es precisamente esta figuración mítica de los artistas, ya sean plásticos o literarios. Los mejores lentes para percatarnos de la ridiculez de esa aspiración –parece decirnos el autor– son los del humor, la ironía, el sarcasmo y la autoburla. La crítica de esta orientación a la idolatría de nuestros más queridos y venerados autores aparece con más fuerza en el modo en que la novela nos “despinta” parcialmente a famosos escritores como René Char, Emil Cioran y hasta el mismo Camus, tal vez el más entrañable, quien tiene algún gesto esnob o arrogante para con Faustino. Así, no queda ningún héroe intocado en esta historia antiheroica, corrosiva y humorística.

Este es un aspecto fundamental que quiero destacar: el humor en El hombre tocado de viento carece de odios y resentimientos, y sin embargo es capaz de desmitificar incluso lo más mítico y sagrado. Por un lado, la capacidad de hacer caer de sus hornacinas a los ídolos, especialmente a los de nuestra adolescencia y primera juventud, es propio de la novela moderna desde El Quijote; por otro, si la lucidez nos brinda una distancia sopesada y tranquila con respecto a nuestro pasado, El hombre tocado... es una obra de plena madurez, tanto en el plano intelectual como existencial.   

Por último, la manera en que esta novela escenifica la historia de los dos amigos en París a través de otra trama más cercana –la de Jairo León, joven escritor cruceño en La Paz, perseguido durante el golpe militar de 1980– forma parte del encanto de esta historia y no es, como se ha querido ver, un mero “lugar común” de la literatura boliviana. Por un lado, aquí tiene la función específica de anular el romanticismo excesivo que siempre existe en torno a las empresas artísticas y literarias. No es, pues, el caso tópico de una denuncia por las víctimas que produjeron esas dictaduras, sino una forma de simbolizar cómo el deseo de celebridad, fama y excepcionalidad en un joven aspirante a escritor puede conducir a la muerte: en este caso, una muerte realmente absurda. Por otro lado, al apresurarnos en juzgar esta trama como parte del tópico de las narrativas sobre dictaduras en Bolivia, pasamos por alto los juegos intertextuales que llenan de resonancias metafísicas el ascenso de los paramilitares por la vieja casona en cuya buhardilla se esconde León. En la novela misma se nos cuenta con detalle el relato de Dino Buzzati, “Siete pisos”, donde un paciente baja de forma gradual las siete plantas de una clínica, pasando de la salud a la enfermedad y de ahí al desahucio y a una muerte inminente. Invirtiendo esta alegoría, en la novela de Ruiz Plaza los paramilitares (a los que Jairo León se refiere en más de una ocasión como “la muerte”) acometen un lento, largo, tortuoso y en ocasiones cómico ascenso hacia su víctima, llegando a un final poético y simbólico. 

Por todo lo dicho, recomiendo la lectura atenta de El hombre tocado de viento, para que sean los mismos lectores quienes decidan si, como creo yo, estamos ante una novela novedosa y excepcional en el panorama boliviano contemporáneo.