Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 22 de septiembre de 2019
  • Actualizado 04:22

SOBRE LA RECIENTE TERCERA SEMANA INTERNACIONAL DEL CORTO

Algunos momentos en común

Algunos momentos en común

El cortometraje es en esencia un puñado de momentos en la vida de alguien, los más importantes, muchas veces los más absurdos, los más significativos y también los más imperceptibles. El tiempo reducido así lo exige (así lo permite). Es difícil contar historias complejas en su desarrollo, con varios personajes, varias locaciones, aventurarse a ello muchas veces termina en fracaso. Es por esto que el cortometraje es singular, sorprendente y a la vez difícil, es una particularidad del cine en donde las imágenes tienen un protagonismo fundamental, en donde la edición es vital y sobretodo el guión, la idea, debe ser posiblemente más creativa, en el sentido de encontrar nuevas formas de contar hechos comunes, conocidos o recurrentes. Aquí la forma guía al fondo, no hay duda. 

Por lo anterior es tan meritorio que los cortometrajes de ficción y documental tengan su propio espacio de difusión (además porque es difícil encontrarle uno). La Semana Internacional del Corto, llevada a cabo hace pocos días en Cochabamba y La Paz, es un acontecimiento que desde 2010 ha formado un espacio para este tipo de cinematografía tan fascinante. La muestra de este año tuvo de todo, variedad de historias, culturas y estilos, cortos excelentes, buenos y no tan buenos. A modo de hacer un recuento menciono algunos que se me han quedado en la memoria a los largo de los cuatro días de programación, en una especie de mini-maratón, en el teatro Adela Zamudio.

La rutina, la pesadez del tiempo y el cuerpo en la vejez son temáticas no muy explotadas como elemento central en “Don Smierci” y “Nonna si debe asciugare”, de Polonia e Italia respectivamente. Se aborda estos temas con ironía y nostalgia. “Don Smierci”, de Matej Bodrik, arranca con una secuencia impecable en donde se describe la continuidad en un geriátrico aislado o periférico, agonizando en medio de la nieve. En la secuencia se describe el espacio pero al mismo tiempo, con destreza, se describe a los personajes. Con unas cuentas acciones podemos entender sus personalidades, cada anciano en su mundo reducido a las cuatro paredes de su cuarto, la sala y el comedor, para ellos pareciera que solo queda la espera. Por ahí están los empleados del geriátrico, una pareja de jóvenes de lívido inquieto, un cocinero sacado de una película de terror y una especie de directora, contenida y resentida en todo sentido, que impone las reglas más duras y controla hasta el más mínimo movimiento. Como parte de la ironía y sarcasmo de este corto, no cabe duda que habría muchos motivos para matarla, si se diera la oportunidad. El giro leve que la historia da hacia la intriga policial y el tono constante de comedia en medio de este escenario deprimente es lo mejor, junto con un montaje preciso y contundente.

Por otro lado, en “Nonna si debe asciugare”, de Alfredo Covelli, la vejez se contrapone en la antítesis con una nueva generación. Una anciana muere y, mientras su cuerpo seca (el tono es igual de cómico y oscuro) en el cuarto, acto previo al velorio, los hijos se pelean en la sala para averiguar dónde guardó su dinero y posesiones valiosas. El referente histórico es grande y las alusiones a este son sutiles y tal vez completamente entendibles solo hasta el final: la anciana luchó contra los nazis en 1943, su espíritu rebelde se manifiesta incluso después de muerta, como un golpe para sus ambiciosos y mezquinos hijos. La secuencia final es la mejor interpretación visual de eso.

Otra temática que se me quedó grabada es la de un mundo aparte que nos da poderosas historias: el mundo femenino, es decir, partir de la percepción femenina de las cosas, para llegar siempre a la perspectiva que el ser humano tiene de las cosas. Un excelente ejemplo de eso es “Lo que haría” y “Salón Royale”, ambos de Argentina. “Lo que haría”, de Natural Arpajou, es posiblemente uno de los mejores cortos de la muestra. Con tan solo una locación y un personaje logra llevar un monólogo a los límites de la angustia, suspenso, tristeza, risa y agobio, tensiones que en otros casos necesitarían movimientos de cámara espectaculares, varios extras, música incidental a cada momento, en fin, toda la parafernalia efectista. “Lo que haría” es sutil y al mismo tiempo contundente; tiene un guión inteligente que la actriz sabe interpretar de manera brillante. Una mujer está sola en su en casa, aparentemente ha roto con su pareja: un cuadro melodramático perfecto. El director rompe con eso. Cuando la mujer recibe una llamada de la compañía de teléfonos, una operadora al otro lado de la línea le ofrece un plan para llamar a larga distancia, esto desencadena todo un conflicto existencial para la protagonista, pues al no poder decir “no” y empujada por la soledad, se inventa toda una vida paralela para “zafar” o tal vez seguir hablando con la insistente vendedora. Pues bien, así de absurdo y genial, el monólogo que se desarrolla a largo de varios días, contados por elipsis, en los que la actriz interpreta todos los personajes del corto, los que se inventa y los que no, siempre dirigiéndose al público, y aun así nos lo creemos todo.

En “Salón Royale” la narración es menos arriesgada pero destila la misma genialidad. Como muchos de los buenos cortos se basa en un par de premisas: Una locación: un auto, y el diálogo de tres amigas, antes y después de salir a una boliche de parranda. El escenario que se plantea es una charla “típica de mujeres”, en donde nunca falta el tema del “look”, rajar contra la amiga que no está, hablar del “ex” y del que podría reemplazarlo y demás problemas amorosos. Todo eso se desarrolla con ritmo bien logrado que solo se basa en los diálogos y la interacción de las tres amigas, el final posiblemente funciona como “anticlímax”, pero el resto es una delicia.

En animación, destaco tres cortos (todos de Argentina): “El gran pequeño” de Maxi Bearze, por la técnica del dibujo y el guión bien construido; “El puente” de Agostina Ravazzola, porque además de la técnica, que en la animación es inevitablemente protagonista, la historia surge a través de sus simbolismo y simplicidad, se destila y nos llega, nos conmueve. “El puente” es un símbolo de la humanidad deshumanizada y su lógica búsqueda por volver a lo esencial. Y por último “La mirada perdida” de Damián Dionisio, que animación tiene solo al final pues casi todo el corto se desarrolla con personajes reales. En el final animado, una indefensa niña con los anteojos pintados de colores sonríe sin saber que un monstruo (un paramilitar) está frente a ella, una de las mejores resoluciones o finales que vi en la muestra. El tema es recurrente y ya un género en el cine argentino: los desaparecidos en la dictadura, sin embargo aún me sorprenden las diversas y brillantes maneras que se ha logrado para contar la misma historia. El corto no podría ser más agridulce e impactante.

Mención aparte para “El último paso”, el corto destacado de la presencia boliviana en la muestra. Se trata de un aporte más de los titulados de la carrera de Dirección de Cine de la Universidad Católica. El corto, dirigido por Juan Pablo Richter, utiliza a su favor el tiempo, el momento preciso a ser contado. Solo unos fragmentos en la vida de Lara y Mateo, sus personajes, que pueden cambiar sus vidas, junto a esto la destreza de manejar la tensión, el ritmo, la cámara, los encuadres, profundidad, capturar el gesto adecuado para que la narración sea precisa. Eso es lo que queda, y ahí está la maravilla de los cortometrajes, como ningún otro formato cinematográfico, capturan el momento, las sutilezas de los instantes, los detalles de lo que pasó o lo que viene después no nos importa por ahora.

[email protected]