Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 09 de abril de 2020
  • Actualizado 07:12

Alejandro Landes: "La violencia es caníbal: si engendras violencia, el ciclo continúa"

El director colombiano, que debutó con Cocalero, estrena en Bolivia Monos, su tercer largometraje, un viaje al corazón del conflicto armado de su país narrado como una profunda pesadilla. La película estará disponible en la cartelera de Cochabamba, La Paz y Santa Cruz desde el 27 de febrero.
El cineasta Alejandro Landes. EFE
El cineasta Alejandro Landes. EFE
Alejandro Landes: "La violencia es caníbal: si engendras violencia, el ciclo continúa"

Con Monos, su tercera película, el colombiano Alejandro Landes ha dado un salto exponencial no solamente en su trayectoria sino en la tradición del cine bélico. Porque Monos, una coproducción latinoamericana y europea que se estrena en Cochabamba (Prime Cinemas), La Paz (Multicine) y Santa Cruz (Multicine y Cine CBA) el 27 de febrero, según dio a conocer la distribuidora Londra Films, propone una mirada incómoda –y a la vez fascinante– sobre el conflicto armado colombiano, en particular, y, en general, sobre cómo la violencia elimina todo rastro de humanidad posible. 

Premio Especial del Jurado en Sundance 2019 y éxito de taquilla en Colombia, Holanda y Reino Unido, Monos es la historia de un grupo paramilitar formado por adolescentes con la misión de vigilar a una doctora americana a la que han tomado como rehén. Poco a poco, la violencia y la sinrazón harán acto de presencia. Con ecos de Apocalypse Now, la novela El señor de las moscas y otros referentes de la cultura popular, el visionado de Monos sin duda causa un impacto.

El conflicto en Colombia es un tema muy delicado, a causa de las muchas posiciones e intereses. Pero Monos habla de esta situación en términos alegóricos, desde otros parámetros, ¿cómo surge Monos y qué querías contar?

La película nace de muchos lugares, pero especialmente del deseo de retratar el conflicto. No había visto una película que me llevara al meollo del asunto. Y no me refiero a las cuestiones políticas e ideológicas, es decir, el punto de vista imperial. Estamos acostumbrados a un cine bélico que nos habla de líneas de batalla, de posiciones muy marcadas y de buenos y malos; sobre todo porque el cine bélico siempre habla en pasado. Pero la guerra hoy es más difusa y porosa, y creo que esa cuestión caracteriza el conflicto colombiano.

¿En qué momento decides que un grupo de adolescentes sean los protagonistas de Monos?

Mi premisa partía de huir de toda ideología, de escapar de la reproducción de la ideología que suele encontrarse en las películas de guerra y que parece que ofrece razones para que sigan existiendo los conflictos armados. Así, situé la historia de Monos en un espacio negativo, un no lugar, y trabajamos el imaginario de los ejércitos ilegales, clandestinos. Que los protagonistas fueran adolescentes me funcionaba también para difuminar de manera más profunda algunos conceptos morales o sociales, desde qué es el bien o el mal, la víctima y el verdugo, o los conceptos binarios de género. Ahí tienes al personaje de Rambo, por ejemplo, que no sabes muy bien si es chico o chica. Es un juego con los contrastes pensado para difuminar las fronteras, físicas y mentales.

¿Cómo trabajaste con los intérpretes? Hay un abanico emocional muy potente y sus arcos dramáticos son intensos.

El proceso fue largo. Empezamos a ensayar muchas semanas antes en un campo de entrenamiento, realizando danzas o recreando escenas en busca de esa desnudez y esa animalidad. El proceso de convivencia, intenso, también ayudó a forjar las interpretaciones. Para mí era clave conocer cuáles eran los miedos y anhelos de cada uno de los chicos.

Rodar en un entorno tan agreste no debió de ser fácil. ¿Cuál fue el mayor reto de producción de Monos?

Fue muy complicado, porque el terreno era complejo. El rodaje ocupó unas cinco semanas, algo más corto que los convencionales, pero la preparación previa fue muy exigente. En las montañas, sentíamos que no había suficiente oxígeno.

Se ha comparado a Monos con El señor de las moscas, de William Golding, con Apocalypse Now, de F.F. Coppola, y con Beau Travail, de Claire Denis. ¿Cómo has trabajado ese manejo de las referencias? ¿En qué medida has podido huir de ellas?

Las referencias están ahí, sin duda. Vivimos rodeados e influidos por grandes obras de arte que forman parte del canon. Es importante reconocerlas. Te puedo citar más: la filosofía desde Thomas Hobbes; Gummo, de Harmony Korine; las fotografías de Nan Goldin...  Hemos jugado con ellas como elementos reconocibles de nuestra cultura pop. No quería ensalzar ninguna obra en concreto, sino más bien moldearlas y ver cómo funcionaban en una cultura no europea.  

En el corazón de Monos, no obstante, late una crítica brutal en torno a la circularidad de la violencia.

Estamos acostumbrados a ver la violencia como un elemento más del espectáculo y yo quería retratarla de otra manera. Creo que es importante mostrar los efectos de la violencia y cómo, al menos en Monos, acaba engullendo al grupo: lo rompe, rehace alianzas, hay luchas de poder fratricidas. Y, finalmente, esa circularidad de la que hablas. La violencia es caníbal: si engendras violencia, el ciclo continúa. No hay más que ver con lo que ha hecho Estados Unidos en Oriente Medio y Afganistán.