Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 31 de octubre de 2020
  • Actualizado 19:13

Adela Zamudio no está sola

Autoras bolivianas dialogan sobre literatura en Bolivia y los espacios y ritos propios del machismo ahora respecto a los tiempos de la escritora y poeta cochabambina.
De izquierda a derecha- Las escritoras Liliana Colanzi, Giovanna Rivero y Rosario Barahona.
De izquierda a derecha- Las escritoras Liliana Colanzi, Giovanna Rivero y Rosario Barahona.
Adela Zamudio no está sola

En el momento en el que uno escucha el nombre Adela Zamudio, inmediatamente nuestra mente aterriza en el título de uno de sus más famosos poemas: Nacer Hombre. A través de los años, sus versos, que tienen más de 100 años, se han convertido en la bandera que identifica la lucha femenina contra una opresora sociedad patriarcal. Sin embargo, la extraña y casi desgraciada paradoja que rodea a este poema recae en un tema del que, irónicamente mucho se ha hablado. Con el pasar de los años, Zamudio se ha posicionado como una de las figuras más importantes de feminismo local; y con ello, la discusión sobre cuál es el espacio que la mujer “debería” ocupar en la sociedad. La dualidad entre lo “femenino” y lo “masculino”, entre lo privado y lo público es un tópico que la escritora y poeta cochabambina vivió muy de cerca; y fue justamente eso lo que la persiguió hasta muchos años después de su muerte. Cuando uno busca el nombre Adela Zamudio en internet, el primer término que aparece es el de poeta o poetisa, claramente, el rubro por el que más conocida es. Y es que ¿cómo no ser un ícono del espacio lírico siendo ella una mujer? 

Zamudio, además de ser la autora de Nacer Hombre, es también autora de una obra epistolar titulada Íntimas, la cual es una recopilación de varias cartas enviadas a distintas personas en los primeros años del siglo XX. Entre sus párrafos existe un claro hilo conductor, la crítica a una pequeña sociedad patriarcal como lo era o, sigue siendo, Cochabamba. Como ella misma la llamó, “una novela de mujeres y para mujeres”, Íntimas es la representación perfecta de todos y cada uno de los problemas que la autora tuvo que enfrentar. Específicamente, la forma en que fue encasillada en su papel de poeta porque, “lo lírico es femenino”, resultó en uno de los temas que más problematizó: un espacio de construcción de la identidad femenina. Porque claramente, más allá de haber una poesía de Zamudio, también existió una literatura de Zamudio. 

Adela y su literatura

En el prólogo de Íntimas, escrito por Leonardo García Pavón, el mismo afirma que la obra puede ser catalogada como un “proyecto de construcción de un sujeto femenino”. Situándose en la época de escritores como Arguedas con Raza de Bronce, la literatura de Zamudio se convierte en una especie de catarsis literario, donde finalmente se va a dar la oportunidad de buscar y darle un lugar a la subjetividad femenina; un lugar que, por ser propio de lo público, no encajaba para nada con una escritora mujer. Siendo propio del género epistolar, la intimidad en sus escritos se convierte en la herramienta principal que tiene la autora a la hora de apropiarse de su figura como mujer. Existe un proceso de construcción que debería ser entendido como uno de los primeros ejercicios feministas en cuanto a reivindicación y revalorización de un espacio femenino dentro de la literatura. 

Rechazada y muchas veces criticada en su época, Adela Zamudio demostró, aunque muchos años después, que ella era más que solo Nacer Hombre. Gracias a su elegante e inteligente ironía, dio inicio a la problematización de un tema que, hasta hoy queda vigente. Las fronteras imaginarias entre el territorio de la mujer y el del hombre; específicamente en la literatura, dieron como resultado, con mucha controversia, la búsqueda de una identidad femenina propia que aún no ha sido del todo resuelta. Sin embargo, el valor de su obra reside en la construcción de una base para todas las demás autoras que vivieron, viven y vivirán bajo los mismos prejuicios machistas que, de a poco, están siendo derribados.

La influencia de Zamudio trasciende su época. Es por ello que, con motivo del Día de la Mujer Boliviana, que se conmemora el 11 de octubre en honor al nacimiento de la escritora cochabambina –decretado por la expresidenta Lidia Gueiler Tejada–, en la Ramona conversamos con las escritoras Liliana Colanzi, Giovanna Rivero y Rosario Barahona sobre la literatura femenina en Bolivia y los espacios y ritos propios del machismo ahora respecto a los tiempos de Zamudio. 

Como escritora, y como mujer, ¿consideras que tienes la obligación de reivindicar la figura de la mujer en la literatura, de reivindicar lo femenino?

Liliana Colanzi (LC): Me interesa descubrir autoras que no tuvieron su justo reconocimiento por el hecho de ser mujeres: Clarice Lispector y Rosario Castellanos, por ejemplo, fueron grandes escritoras en el tiempo del boom que quedaron opacadas por sus colegas hombres. En Bolivia han tenido que pasar décadas para que se reconozca a escritoras como Hilda Mundy o María Virginia Estenssoro. Por eso creo que es necesario leer la historia a contrapelo, buscando esas voces que quedaron silenciadas. 

Giovanna Rivero (GR): La literatura escrita por mujeres desde hace mucho que viene atravesando un millón de desafíos. Y lo que hace el sistema es ir haciendo pequeñas concesiones para tranquilizar esa ambición genuina de las escritoras. Una de las primeras concesiones que hizo el establishment cultural es decir que existe una literatura femenina; entonces al otorgarte esa categoría, ese nicho, es como poner un pájaro en una jaula: “aquí está tu jaulita, ahora a cantar tranquilo”, esa es una concesión. 

Luego, cuando las escritoras reclaman que no es así -que no es el género lo que va a determinar la calidad literaria, sino que el campo cultural tiene unas dinámicas que visibilizan un tipo de literatura y mantienen en el margen otra y ese margen está habitado por muchas escritoras mujeres-, se hacen nuevas concesiones: “es verdad, no existe una literatura determinada por el género, es de todos o de todas”. Pero ese “de todos” también es una falacia, porque empieza a visibilizarse un tipo de escritora que, de algún modo, es la que menos incomoda al mercado. Con un tipo de estética, un tipo de prosa o un tipo de imaginación y de mundo que pueden ser muy hermosos pero que de algún modo encuentran su acomodo dentro de lo que es este horizonte limitado, a veces, de la imaginación que la cultura occidental puede establecer. Entonces, estas pequeñas concesiones son con lo que hay que estar atentos, no conformarnos con lo que hemos conquistado y ya está, porque son concesiones graduales que se hacen a la medida en que no perturben demasiado esa zona de pensamiento, esa mirada del mundo que mantiene en ciertos lugares a cierto tipo de sujetos y cierto tipo de creadores.

¿Cómo te enfrentas a esto al momento de escribir y de crear tus personajes, considerando también que escribes literatura histórica?

Rosario Barahona (RB): Quedan pendientes tareas varias, arduas, peliagudas, titánicas. Por ejemplo, dejar por sentado la práctica de la sororidad, porque es la historia de nuestras sangres y de nuestras muertas. Así lo explica Joyce Carol Oates en su novela Mamá: “Esta es la historia de cuánto echo en falta a mi madre. Algún día, de una forma única, será también tu historia; así, la historia de nuestras madres y abuelas son también, de alguna manera, nuestras historias”. 

Por otro lado, es necesario visibilizar las luchas feministas, deconstruir mitos, como por ejemplo el del amor romántico, denunciar la violencia, las desigualdades, particularmente en cuanto al acceso a la educación de las niñas. Tareas que exigen una profunda comprensión del otro, de la otra, de la alteridad, de la otredad. Abordar, entonces, el trabajo literario a partir de los pensares y sentires de las mujeres y sus propios mundos. 

Mi maestro, el doctor en historia Nicholas Robins, estadounidense, pero bolivianista eximio, me advirtió algo que intento nunca olvidar, mientras comentábamos unas cartas de amor del siglo XVIII datadas en La Plata: “Rosario, el problema es nuestra mentalidad: comprende al otro según su tiempo”.

De esta manera, y con el estudio especializado, por supuesto, es posible acudir, ejercer un trabajo literario histórico, ambientado en el pasado. Y (re)crear personajes de otros siglos, con sus proximidades y sus distancias, con sus miserias y desnudeces, con sus resolanas, luces y sombras, pero humanos, al fin y al cabo. 

¿Existe un espacio “femenino” como tal dentro de la literatura? ¿O más bien consideras que no existe la división entre lo masculino y lo femenino?

LC: No creo que exista una literatura femenina, así como no hay una literatura masculina. Un gran retrato de la psique de una mujer como Anna Karenina, fue escrito por un hombre, mientras que una escritora como Sara Gallardo logró recrear como nadie la subjetividad de un hombre en Eisejuaz. Sí creo en la construcción de una subjetividad femenina, en la necesidad de poner en jaque esta subjetividad, de explorarla y de ensanchar sus límites a través de la literatura, y esa es una tarea de la cual deben participar escritores y escritoras. No considero que sea obligación de las escritoras hacerse cargo de un mandato de explorar “lo femenino”: nuestro deseo también puede llevarnos a querer explorar lo masculino dentro de nosotras, de habitar lo masculino en la escritura. 

¿Crees que hay libertad en la literatura boliviana?

GR: Yo noto mucha libertad. Pienso en la literatura de Magela Baudoin que más bien es tan libre que no responde a tendencias a veces pop, o a un tipo de problemática súper urbana. La literatura de Magela mira el espíritu, mira el dolor de la pérdida, los intersticios de la familia. Eso para mí es un ejemplo de libertad y como ella hay otras escritoras que están trabajando así. Yo creo que es papel de la prensa, el periodismo, también visibilizar esas escritoras que escriben más en silencio, que quizás no tienen tanta presencia mediática. Si queremos de verdad conseguir esto de lo que estamos hablando, las acciones en ese sentido tienen que ser concretas.

Respecto a los espacios y ritos propios del machismo, ¿han cambiado en algo desde los tiempos de Zamudio?

LC: Sin duda la sociedad no es la misma que en el siglo XIX, pero muchas de las cosas que denunciaba  Zamudio en su poema Nacer hombre siguen vigentes: el hecho de que el hombre pueda matar por celos, que siga siendo “la cabeza del hogar”, que esté socialmente aceptado que el hombre beba y tenga sus espacios de esparcimiento como un derecho mientras que la mujer no, que siga acaparando el derecho público a decir (no hace falta más que mirar los periódicos para comprobar que las mujeres escriben apenas el 10% de las columnas). 

GR: Las reacciones no han cambiado, pareciera un déjà vu. Pero lo que sí ha cambiado es que obviamente ahora hay mucha más consciencia. Adela Zamudio estaba muy sola, ahora no. Como decimos, con el movimiento #MeToo generaciones de chicas muy jovencitas, niñas, están súper conscientes del momento histórico que están viviendo y eso en ese sentido pone otro escenario de cosas. Es como que hay más esperanza, hay más rutas, apertura. Las reacciones parecen idénticas, pero los resultados no van a ser idénticos porque estamos ante otro escenario. 

RB: Imaginemos a sor Juana Inés de la Cruz en su monasterio de San Gerónimo, escribiendo Primero sueño, con su pluma de ganso recargada con tinta hecha de nueces y azufre, a la luz de un macizo candelabro. Imaginemos a Adela Zamudio, escribiendo su poema Nacer hombre, percibiendo a través de su abierta ventana decimonónica el aroma de los jazmines de su jardín. 

Es posible que ambas hayan escrito desde su ser femenino, desde su propia experiencia de ser mujer y de lo que se comprendía sobre ser mujer en su día, en su momento histórico. En suma, es posible que ambas hayan escrito a partir de lo complejo de la categoría de lo considerado como “lo femenino”, pero los discursos han cambiado, y las consignas también, aunque no tanto como parezca: aún nos parece estar viviendo en la colonia cuando se discute el derecho a decidir sobre el cuerpo femenino, y/o haciendo un somero cálculo, preguntémonos, por ejemplo, por qué la literatura en Bolivia sigue siendo un campo predominantemente masculino. La pregunta no puede quedar inerte, flotando en el vacío, en la noche patriarcal. Hay que tomar conciencia.

Por tanto, hoy resulta indispensable ir más allá: escribir desde lo feminista.

Recientemente, hay mayor visibilidad de obras escritas por mujeres en nuestro país. ¿Crees que esto significa que se ha logrado una mayor igualdad en un campo literario mayoritariamente masculino?

RB: Visibilidad e igualdad, no son la misma cosa. Hay una cierta visibilización, gracias, primero, a la calidad literaria de autoras bolivianas que tan sólo hace tres o cuatro años no se conocían, y segundo, gracias a las redes sociales, sin duda. Pero pecando de pesimista, esto no cambia la figura. 

Por tanto, no se trata exactamente de una primavera literaria “femenina”, sino tan sólo de mujeres invirtiendo autodisciplina, dedicación y tiempo- años, en general, pues las novelan requieren mucho tiempo de perfeccionamiento- además de jornadas laborales de oficina, estudio, organización familiar, cuidado de varios hijos, y un largo, larguísimo etcétera. Ese es pues, el esfuerzo que significa escribir una novela conllevando todo lo anterior.

En fin, mujeres trabajando en sus respectivos proyectos literarios, que, a la larga, como un buen olivo han dado sus apetecibles frutos. Autoras bolivianas reconocidas y respetadas internacionalmente, (y además premiadas en metálico). Hay gente que considera que los premios literarios son un golpe de suerte. “¡Permitidme que me asombre!”, cual Adela, ya que eso no es fruto del azar, a eso se le llama trabajo. 

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Recordada por su literatura, su crítica social y su labor de enseñanza, Adela Zamudio es definitivamente una figura fundamental tanto en la historia de las letras bolivianas como en la lucha por igualdad de la mujer, a través de esas mismas letras. Es también un recuerdo de la importancia de que las mujeres sigan escribiendo, pensando y actuando; del valor que tienen esas voces, como las que mostramos en este artículo. Si bien en ocasiones, al mirar alrededor, parece que nada ha cambiado desde la época de Zamudio, nos quedamos con las palabras de Giovanna Rivero: “Adela Zamudio estaba muy sola, ahora no”.

Licenciada en Comunicación – https://www.linkedin.com/in/adriana-abrego-sivila/