Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 09 de abril de 2020
  • Actualizado 04:37

Acercamientos a Mi socio: la soledad

Una revisión al filme de Paolo Agazzi, un clásico de la cinematografía boliviana, para ir calentando el próximo estreno de la secuela (Mi Socio 2.0) en marzo.
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Acercamientos a Mi socio: la soledad

Mi socio arranca con un plano secuencia en un mercado popular. El “travelling” nos lleva de la mano a través de puestos, ponchos y polleras. Un hombre compra un perrito a un niño: “cada vez nos estimamos más”, parecen pensar.  Suena una canción: “a las pampas llegaremos / uniendo cambas con collas / con sus gentes compartimos / alegrías y tristezas”. Aparece un camión, un viejo “Vol-vito”. El “cacharro” es mucho más que un camión: es un sueño. Zumba que zumba mi corazón.

Mi socio es cine político de alta intensidad. Las imágenes de la zafra parecen salidas del mejor cine cubano. “Ni aunque me maten trabajaría de zafrero, es un infierno”, dice el Vito –un minero desclasado convertido en chofer- que trabaja con su querido “socio” y un nuevo ayudante con pelota de fútbol. La voz en off de los personajes no ha resistido el paso del tiempo pero el tributo a la bolivianeidad está más vivo que nunca. El retrato de las relaciones laborales de explotación junto a la discriminación nos devuelven imágenes deformadas en el espejo de ayer y de hoy. Y el guion nos deja perlas como ésta: “en Santa Cruz hay plata pero para poquingos”. ¿Hasta cuándo será ley fregarse?

Mi socio es amalgama de cine boliviano. Vemos la mano de Sanjinés (la peli es "made in" Grupo Ukamau) y esa querencia por los primeros planos, los planos detalle, esa idea compartida de montaje y música con el sutil piano del maestro Villalpando. Vemos la mano de Eguino y las noches de trago, apuestas y cueca. Vemos la del gran Jorge Ruiz en las escenas antropológicas de pelea de gallos, juego del sapo y de las bodas, sus bailecitos. Vemos la mano de Loayza y sus "cuestiones de fe". ¿Hasta cuándo la pagarán, prenda?

Mi socio es un grito de esperanza. El “brillo” quiere ser de mayor un camionero diferente, sueña con una Bolivia mejor. Es un canto contra la soledad, la tristeza y la amargura. Es un himno a la amistad y la felicidad a pesar de los pesares. Es una letra y una voz inconfudible (la de Gerardo Arias de Savia Andina): “nuestro destino siempre partir / y en el camino vivir".

Mi escena favorita es un plano medio, es el monólogo de un gran actor, David Santalla. Don Vito se ha chupado la madre (para variar), se ha gastado la plata propia y ajena apostando y sufre un ataque repentino de "ch’aqui" moral. Sabe que es un desgraciado, sabe que la viene cagando desde hace rato y busca redención, una última oportunidad. Entonces el guion –obra a ocho manos de un cuarteto de lujo: Agazzi, Aguirre, Romero y Soria- rinde homenaje a la indestructible Scarlett O’Hara para volver a exclamar: “juro que nunca más volveré a comer sobras”. Santalla no gesticula, no recita, no sobreactúa. La cámara no invade, la cámara respeta el drama ajeno. El plano fijo nos deja congelados. Don vito ha tocado fondo, ha confesado todos sus pecados y ha pedido clemencia: “me siento solo”. 

Post-scriptum: tuvo que ser un boliviano de Cremona -tifosi del A.C. Milán - el que rindiera un homenaje tan tierno y conmovedor a esta patria llamada Bolivia. Fue hace 38 años.

Periodista - [email protected]