Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 29 de noviembre de 2022
  • Actualizado 14:07

La abuela y sus historias. Un cachito de Quijote

Un texto sobre la más reciente obra del colectivo titiritero Títeres Elwaky, que se presentó en la Feria del Libro de Cochabamba
La abuela y sus historias. Un cachito de Quijote.
La abuela y sus historias. Un cachito de Quijote.
La abuela y sus historias. Un cachito de Quijote

Cuando era niña no había nada que deseara más que dormir al costado izquierdo de mi abuela, tibia, suave y sabia, dueña de las historias del mundo. Todo lo que yo soñaba, pasaba antes por el filtro de sus gruesos lentes bifocales de color verde. La abrazaba para sentirme más cerca del mundo, pero mis brazos eran cortos y no alcanzaban a rodear su enorme barriga, eso nos hacía reír a carcajadas, aunque casi todo tenía ese efecto en nosotras. Ella, curiosamente, no me contó la historia de Don Quijote de La Mancha, pero sí las aventuras de su célebre autor, Don Miguel de Cervantes. 

Por los relatos de mi abuela supe del autor, que había tenido una notable carrera militar en la juventud y que en una de las batallas había quedado con la mano izquierda gravemente herida y prácticamente inútil para el resto de la vida. Entre los “rascame la espaldita, por favor” y las tazas de leche saborizada de las noches de vacaciones, me contó que Cervantes había pasado algunos años cautivo, por no tener los recursos para pagar el rescate de un secuestro y más tarde, estando preso y siendo ya mayor, había escrito “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, la primera novela moderna en nuestra lengua y la segunda de su producción literaria.

Qué dulce tiempo y qué breve también, casi me había olvidado cómo se sentían esos días, hasta el encuentro con los personajes de la obra más reciente de la veinteañera compañía de títeres Elwaky: “Un Cachito de Quijote”. En pocos minutos, el universo de Cachito habita todo el teatro, el galope de Rocinante, al unísono de las risas las risas de niñas y niños, marcan el ritmo de una historia, que es la del Quijote y la de cualquiera que, como yo o Cachito (protagonista de la obra), haya tenido la fortuna de ser tocado por los relatos de una abuela. La dramaturgia es generosa pienso, nos conecta a esos vínculos primigenios. 

Cada títere en cada milímetro de su superficie cuenta algo de sí, aportando capas y capas a la breve historia de Cachito, la sutileza entrañable de sus gestos, el cabello blanco y arrebatado del hidalgo caballero, las orejas chiquitas del escudero Sancho Panza en contraste con el volumen de su rojiza nariz, las arruguitas de los abuelos y los enormes ojos del protagonista, cobran vida con las voces de los actores, expertos en el arte de hacerse invisibles. En escena hay una economía de objetos que, en proporción inversa toman la forma y función de casi cualquier cosa que uno pueda imaginar, la que fue cama de Cachito, unos segundos después es biblioteca, repentinamente un molino, un gigante enfrentándose al Quijote y, de pronto es un teatrino que nos trae una función de títeres dentro de la función de títeres. 

Así de vertiginoso es todo en la obra, la mesa (escenario) es como la gran cama de mi abuela, que en la memoria sigue acelerando mi corazón con sus palabras, el recuerdo de sus silencios eternos antes de los desenlaces, siempre impredecibles; su canto desafinado y la pena eterna de haber perdido al gran amor de su vida, son parte de mí. En algún momento de su relato me deja dormida, seguramente sabiendo que en sueños continúa hablándome. 

La función es breve pero el tejido de la historia es tan rico, que da la sensación de haber estado inmerso en ella por un largo tiempo. “Un Cachito de Quijote”, evidentemente es resultado de un proceso de investigación estética y narrativa, en la que se ha embarcado ya hace veinte años la compañía de títeres Elwaky, con un largo repertorio en carpeta y con un horizonte para seguir explorando. 

La autora es teatrista paceña