Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 30 de marzo de 2020
  • Actualizado 22:06

1917, una corrida a través de luces y sombras

Una reseña sobre la más reciente película del director Sam Mendes, ganadora de tres premios Oscar, que continúa en la cartelera nacional.
Un fotograma de la película 1917.
Un fotograma de la película 1917.
1917, una corrida a través de luces y sombras

No quiero cansarlos con una deconstrucción exhaustiva de la cinta de Sam Mendes. Como dicen, para muestra hace falta un botón. Por eso mismo, haré un análisis del filme a partir de una escena muy representativa que refleja muy bien el motivo por el cual Roger Deakins –quien participó en proyectos como Blade Runner 2049, The Shawshank Redemption y No Country for Old Men, entre otras- ganó los galardones a Mejor cinematografía de los premios Oscar, Critic’s Choice Awards, BAFTA Film Awards, y the American Society of Cinematographers.

En un periodo crudo de la Primera Guerra Mundial, Schofield (George MacKay) tiene que recorrer territorio enemigo con el fin de entregar un mensaje a un regimiento militar británico antes del amanecer para evitar que caigan en una trampa tendida por los alemanes. Tras una serie de peligros, el protagonista se encuentra a una ciudad de distancia de cumplir su tarea. No obstante, la presencia de un soldado alemán en las ruinas de un edificio amenaza con acabar con su vida. En un tiroteo a quemarropa en lo más alto de la construcción, el cabo británico cae de cabeza por las gradas y el soldado alemán muere. La pantalla se funde a negro y queda la duda si el héroe del filme sigue con vida.

Ya es de noche y Schofield despierta con la cabeza ensangrentada. La enigmática composición de Thomas Newman comienza a sonar y la cámara se dirige a la ventana. A través de ella podemos ver la ciudad en llamas y unas bengalas configuran el panorama con su movimiento; las sombras crecen y desaparecen conforme las mismas caen del cielo. El protagonista, todavía conmocionado, camina por las ruinas mientras asimila poco a poco su situación. El fuego enemigo hace que comience correr a través de este escenario apocalíptico. La música crece y solo podemos escuchar su respiración, sus pasos y las balas rasantes en este clima de tensión y asombro. 

Debo explicar unas cuantas obviedades sobre los fundamentos del cine con el fin de mostrar la genialidad de esta secuencia. Primeramente, la magia del noveno arte ocurre a través de una ilusión óptica: la sucesión de 24 fotogramas por segundo que generan la sensación de movimiento. En ese sentido, podríamos decir que la fotografía es como un átomo, la unidad constituyente más pequeña de una escena.

La fotografía, un arte en sí misma, consiste en la captura de imágenes a partir de la presencia y ausencia de la luz.  Sé que estas son definiciones bastante reducidas pero nos ayudan a ver los elementos más esenciales del arte cinematográfico: movimiento, luz y oscuridad (ausencia de luz). Precisamente, Sam Mendes junto a Roger Deakins construyen esta escena, y en sí la película, con estos componentes básicos.

En ese sentido, 1917 es una corrida a tientas y contrarreloj por un escenario configurado constantemente por las luces y sombras de la guerra. Un viaje a través de trincheras desoladas y ciudades en ruinas como también de praderas verdes y ríos llenos de cerezos, por medio de una noche teñida de rojo por el fuego abrasador al igual que de un amanecer fresco y azul; un canto confuso sobre la muerte y/o la esperanza de regresar a casa.

Comunicador Social