Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 25 de septiembre de 2022
  • Actualizado 09:40

EL TRABAJO SEXUAL EN COCHABAMBA SE DESARROLLA EN MEDIO DE LA VULNERACIÓN DE LOS DERECHOS BÁSICOS DE UNA PERSONA. LA DECISIÓN DE ABORTAR NO SIEMPRE ESTÁ EN MANOS DE LAS MERETRICES

“O te deshaces de tu problemita o te vas de aquí”

“O te deshaces de tu problemita o te vas de aquí”



“¿No te has deshecho de tu problemita?, sino vete... ¡te vas!”, es la amenaza de M.D.R.P. a una trabajadora sexual embarazada antes de entrar al motel, del que es dueño.

La explotación y violencia sexual abruma a las trabajadoras por varios frentes y tiene varias caras. Si trabajan de forma independiente están expuestas a los golpes o violación de sus ocasionales clientes. Si permanecen en lenocinios son los propietarios de los locales quienes se llevan la mejor parte de las ganancias. El riesgo de transmisión de enfermedades sexuales es cosa de todos los días, igual que la posibilidad de un embarazo no deseado. La sociedad aún las discrimina.

El dueño les tiene prohibidos los orgasmos porque les limita a hacer más piezas (recibir a clientes). Cobra por todo servicio extra y la exigencia de productividad es cada vez mayor.

Les incentiva al consumo de bebidas porque la ganancia extra es para el dueño y cada trago tiene un precio elevado.

VIOLENCIA SEXUAL Se entiende violencia sexual a todo acto que vulnera el derecho de las personas a decidir voluntaria y libremente sobre su cuerpo y su sexualidad.

Se ejerce con la fuerza, el engaño, la intimidación y seducción, obligando a una persona a tener relaciones sexuales, contacto o acceso carnal, genital o no genital y comercio sexual en contra de su voluntad, dice el tríptico Cómo prevenir la violencia sexual, elaborado por la organización Católicas por el Derecho a Decidir.

Aclara que la violencia sexual es un delito tipificado por el artículo 170 del Código Penal y sancionado con 4 a 10 años de prisión.

Violencia sexual es lo que viven las trabajadoras sexuales todos los días.

EL ESTRENO El motel de la zona de Santa Rosa, en Colcapirhua, jurisdicción Quillacollo, tiene clientes exclusivos. Consigue nuevas trabajadoras con publicaciones en periódicos. Ofrece trabajo de modelo, pero cuando las interesadas se presentan, el dueño les aclara la situación. De cada seis interesadas, al menos una es convencida.

Cuando las jóvenes ingresan, “a veces es el dueño quien las estrena y hasta les bautiza con un nombre de guerra con el que se presentarán ante clientes”, relata Milenka que dice permanecer en esta actividad desde hace unos cinco años. “A veces me quedo aquí, a veces voy a otros moteles o viajo”, cuenta.

M.D.R.P. tiene tres hermanos que se mueven en el mismo negocio de moteles en la zona de Colcapirhua. Pero de todos, solo uno funciona como casa de citas, en la calle Simón Patiño.

POR TODO La hora de sexo normal cuesta 415 bolivianos y 315 por media hora. 200 bolivianos va para el dueño, 200 para la trabajadora y 15 paga el condón y lubricante.

Cobra por el condón, a pesar de que la Ley 3729 señala la obligatoriedad que tiene el dueño del lenocinio de proporcionar de forma gratuita, por cada pieza.

El lubricante les adormece y evita la sequedad, además aniquila espermas.

Es el dueño del local el que se lleva la mejor parte porque al margen de recibir el 50 por ciento de la paga por el trabajo de la meretriz, “cobra por todo”, dice una de las trabajadoras. Usar la ducha cuesta 5 bolivianos; un refresco personal, 5; mandar a comprar algo, 2, igual que la llamada telefónica.

Cuando un cliente llega, las trabajadoras son expuestas para ser elegidas. No importa cuántas piezas pudo haber hecho la persona y no interesa si hay agotamiento. Los clientes llegan y las trabajadoras deben estar dispuestas siempre.

Presionan hasta las parejas

Las presiones para trabajar no solo provienen de los cafishos o proxenetas, sino también de las parejas de las trabajadoras sexuales.

Es el caso de Dany, que con su trabajo paga el alquiler del departamento en el que vive con su novio. La alimentación también corre por cuenta de ella. Está embarazada y fue echada por su pareja para que trabaje.

Pero las náuseas y el malestar son más fuertes. Se queda dormida en una habitación y el proxeneta reacciona de inmediato y la invita a irse.

Nuevamente, le aconsejan el camino para el desembarazo, pero ella decide permitir el nacimiento de su hijo porque dice estar enamorada y considera que es la única forma de mantener cerca a su novio.

INTERNACIONES “Hay chicas que van solo de día. Explican en sus casas que tienen un trabajo en una oficina. Otra, por ejemplo, llega a las tres de la tarde y se va a medianoche”, relata la administradora de una casa de citas, cuyo nombre se guarda en reserva.

Pero también existen personas que deciden quedarse por semanas en la casa. Es el caso de Karla que junto a su esposo contrajeron una deuda ajena. La persona a la que sirvieron de garantes, huyó y les dejó con la carga. Además, los ladrones le dejaron sin nada. Karla decidió internarse en el motel, trabajar día y noche por dos semanas.

A sus 24 años, dejó a sus hijos de tres años y otro de cuatro meses con el papá de los niños. “Le dijo a su esposo que estaba yendo a trabajar al Chapare”, cuenta la administradora. Internarse le permite recibir a clientes a cualquier hora.

Quienes se quedan a dormir en el montel dejan al cuidado de alguien a sus hijos.

Cuando el dueño ve que la joven puede atraer a clientes, le ofrece incluso un cuarto para que deje a sus hijos, mientras la mamá trabaja. La ganancia puede ser interesante por este trabajo. Incluso juegan pasanaku por 330 dólares cada semana.

MIGRACIÓN Las trabajadoras sexuales rotan entre los locales de la ciudad, otros departamentos y países. Esta migración hace sentir renovación constante.

CREENCIAS Las mujeres no dejan de trabajar aún estando embarazadas. A una de ellas, Susana, le va muy bien, no le falta clientes. Sus compañeras hallan una explicación: “tu wawita mujercita es, por eso te siguen los clientes. Cuando es varoncito nos rechazan”.

Ocho de cada 10 meretrices son madres solteras



De 10 trabajadoras sexuales, 8 son madres solteras, una es casada y la otra, soltera.

Es el cálculo que una administradora de una casa de citas realiza.

“Hay chicas que siendo casadas ocultan el trabajo que desempeñan en las noches” dice ella.

El coordinador del Programa ITS-VIHsida del Servicio Departamental de Salud, (Sedes) Freddy Zambrana, señala que el cálculo es aproximado porque eso es lo que se ve cuando las trabajadoras sexuales llegan a sus controles sanitarios en el Centro Departamental de Vigilancia, Información y Referencia (CDVIR).

Pudimos constatar que una gran mayoría de las meretrices tiene sus niños y se nota ausencia de los padres, dice.

Conoce casos en los que la mamá deja al cuidado de una niñera a sus niños, en la noche.

Recuerda a una joven madre que encerraba, dejaba solos y dormidos a sus niños.

NORMA Para ingresar al mundo sexual, una persona debe asistir al Centro de Vigilancia y Referencia de las ITS y VIH (CDVIR), instancia operativa del Programa.

El Sedes realiza inspecciones para verificar si la trabajadora sexual cumple con sus controles sanitarios cada 20 días para enfermedades de transmisión sexual y cada 30 para el VIHsida. La libreta debe estar actualizada, sellada y firmada por un médico del servicio público, o no tiene validez y suspenden el trabajo.

Si en la actividad la persona se llega a infectar, los medicamentos y la atención son gratuitos.

En Cochabamba, hay todo tipo de locales, desde aquellos cuya infraestructura y atención han mejorado, hasta aquellos de bajos recursos.

La población está formada por amas de casa, universitarias y hasta estudiantes de colegio.

El gerente del Programa ITS-VIHsida, Alberto Cordero, rescata un logro conseguido: en 2013 hubo cinco casos de trabajadoras sexuales con VIHsida y este año, tres.

El Ministerio de Salud distribuye gratuitamente el condón que busca:

1. Evitar las transmision de las ITS y el VIH.

2. El cáncer de cuello uterino

3. Embarazos no deseados.

El trabajo sexual: vulnerabilidad y riesgos

Mónica Novillo Gonzales (*)

Activista

El trabajo sexual en Latinoamérica no está reconocido como tal y tampoco cuenta con normas que regulen su ejercicio, dejando a quienes lo ejercen en situaciones de vulnerabilidad vinculadas a una serie de condiciones socio-económicas y culturales.

El movimiento feminista se encuentra sumido en un debate irresuelto entre posiciones “abolicionistas” y quienes reconocen esta actividad como parte de los derechos a la autonomía de los cuerpos (es mi cuerpo y yo decido sobre él); tratando de diferenciar el trabajo sexual libremente decidido, de aquel que es calificado como prostitución forzada, vinculada a delitos como la trata y el tráfico de personas.

El ejercicio del trabajo sexual se encuentra muy marcado por historias de maltrato, inequidad, pobreza y falta de oportunidades. Ubica a las mujeres que lo ejercen en diversas situaciones de vulnerabilidad: violencia (en la calle y de sus parejas), explotación por parte de terceros (proxenetas), exposición al VIH/sida e infecciones de transmisión sexual y el riesgo a enfrentar embarazos no deseados. De igual manera, se registran permanentes denuncias de violencia contra las trabajadoras sexuales de parte de efectivos policiales que las hostigan y extorsionan en permanentes operativos.

El machismo y estigma sobre el trabajo sexual, característicos de nuestra sociedad patriarcal, determinan que las trabajadoras sexuales no puedan ejercer sus derechos, ni los más básicos – y en muchos casos- ni negociar siquiera el uso de condón con sus clientes, exponiéndose a posibles embarazos no deseados, frente a los cuales pueden optar por recurrir a un aborto inseguro, en condiciones de clandestinidad y poniendo en grave riesgo sus vidas.

(*) Es comunicadora social y secretaria ejecutiva de la Coordinadora de la Mujer