Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 31 de octubre de 2020
  • Actualizado 02:32

Ni laico ni Estado

Ni laico ni Estado
Uno de los pretendidos avances de democratización que quedó plasmado en la nueva Constitución es el referido al Estado Laico (Arts. 4 y 86). A 6 años de vigencia, quienes aún ejercen las viejas formas de poder en Bolivia dan señales de un profundo temor a construir una efectiva laicidad en la sociedad y en el Estado. Nos encontramos aún en una situación que podríamos caracterizar como: “ni laico ni Estado”.

No hay laicidad. En las últimas semanas, obispos y dirigentes católicos insisten que el Estado debería pagar el segundo aguinaldo a los trabajadores de instituciones y “obras sociales” de la Iglesia. Argumentan dos aspectos: 1) Los gastos dispendiosos del Gobierno; 2) El carácter supletorio de la actividad asistencial de la Iglesia en tareas que corresponden al Estado. Es decir, interpelan a un Estado pretendidamente fuerte y pudiente en lo económico. Claro está, sin cuestionarse ellos mismos la inoportunidad de su rol supletorio en asistencia social, dado que rige un Estado laico.

No hay estatalidad. Si algo otorga legitimidad al Estado es su capacidad y efectividad para garantizar el cumplimiento de derechos fundamentales. En el caso que analizamos, la precariedad en la atención a temas sociales (peor aún aquellos vinculados a la vulnerabilidad social: discapacitados, ancianos, huérfanos…) señala que no existe ese Estado. ¿Por qué monjitas y curitas tienen que seguir cubriendo esos espacios si se presume que existe un Estado fuerte, con institucionalidad y recursos? La presunción es falsa. Existe un Estado que miente, que aparenta dar solución efectiva a esas necesidades, pero no lo hace. ¿O el escándalo del Hogar Fátima dice lo contrario?

Persiste un Estado para quien los “temas sociales” son cantera de relaciones clientelares con la población. De ahí subsiste el rol supletorio de un para-Estado eclesial, una auténtica persistencia colonial-feudal. La Iglesia se aferra a ese rol buscando una hegemonía ideológica en la sociedad, a la que considera “menor de edad”. Actitud nada más alejada del talante libre y crítico –“sin poder”– de aquel campesino palestino en cuya memoria pretenden fundamentarse (valga como apostilla de Adviento).

Mientras permanezca el Estado de ficción, aquel que no garantiza efectivamente los derechos humanos, todavía los sectores que encarnan la vieja estructura feudal-teocrática revivirán en su pretensión de rectoría en la sociedad. La informalidad del Estado para garantizar los derechos sociales genera la persistencia de una informalidad teocrática, al menos como trasnochada pretensión.

Para caminar hacia una auténtica democratización es ineludible un efectivo Estado laico y unas relaciones sociales laicas en la gestión de lo público y los intereses colectivos.

Ésta es la base para garantizar la vigencia de los derechos humanos, para que los “temas sociales” dejen de ser caldo de cultivo de relaciones de dominación.